miércoles 26 de agosto de 2009

Apología de la maldad



curre que el mexicano común es malo por naturaleza. Es torpe, no tiene modales, no sabe lo que es la urbanidad. En su intento por encajar en un mundo que le exige portarse con civilidad, lo único que se le ocurre es derramar los cafés, criticar al primo hermano del jefe sin saberlo, comerse la torta antes del recreo y cajetearla en general. Avanza como puede en una sociedad que le exige portarse bien y al mismo tiempo le va lanzando muebles y otros obstáculos en su camino, le manda taxistas que no saben cómo llegar a su destino, hace que un policía lo cache tomándose una cerveza en pleno Paseo de la Reforma y, en general, lo obliga a rebelarse y convertirse en un hijín de puta.

Todos somos malos, asquerosos, petulantes. Todos pegamos el chicle debajo de la mesa, lanzamos el envase vacío y nos importa muy poco si no cae dentro del bote, miramos a la gente y nos burlamos con risitas de su atuendo y peinado. En esta inadecuación, en esta inhabilidad de comportarse como la gente decente, se encuentra implícito el deseo de ser mejor.

Todos pensamos en ser mejores. Todos quisiéramos ser más bondadosos, tener más inteligencia, y vivir en un mundo mejor. Pero la imposibilidad de la perfección está dada, porque el mundo es hostil: la gente de la que nos burlamos también se burla de nosotros, y a veces no son ellos sino otros. Y los taxistas se meten por lugares recónditos con el único ánimo de cobrar más; y los policías te “cachan en la movida”, convenientemente, con el único objetivo de llevarse una mordida, y la gente que te dice “no eres tú, soy yo”, en realidad quiere decirte “no es cierto: sí eres tú, siempre fuiste tú”.

¡Qué momentos tan hostiles vivimos! No hay agua, no hay dinero, no hay trabajo, no hay esperanza. La vida se convierte de pronto en un campo minado en el que debemos cuidarnos de no salir dinamitados, y para ello tenemos que pagar cierta fianza moral: ser mejores, porque el sufrimiento es el boleto directo a la redención y al paraíso.

¿Pero cómo, si somos mexicanos? Y a pesar de no tener agua, nos levantamos más temprano que los vecinos para sacar toda el agua de la llave; y todavía nos burlamos, y ahogamos las penas en alcohol, y vamos tirando el camino de la maldad por doquier.

Pero a veces, cuando veo que aún siendo buenos nos va ir de la chingada, prefiero la maldad. Pienso en la gente que es buena, en la gente que es buena de a de veras, y no los comprendo. La verdad, pienso si tienen un poco de sangre en las venas. Pienso si alguna vez se han dado el lujo de ser malignos per se. Criticar a una tipa porque el pantalón le hace ver las lonjas. Decirle a alguien que no sencillamente porque le aburre. No brindar ayuda porque no se les da la gana. Ser malos: malos por la maldad en sí, porque es más divertida que la bondad, porque no le temen a las consecuencias ni sienten temor de ese sujeto llamado “karma, el vengativo”.

Una de las ventajas de ser un hijín/hijina de puta consiste en perder la capacidad de crítica. Saber que, sencillamente, uno es peor que los demás. Ergo: no exigir, no juzgar, no alzar la ceja con indignación ni enfado. No escandalizarse. Y por lo tanto, ser bonachones, dispersos y amables. Ser bueno al ser malo: dejar de ser mejores, porque ya no podemos ser peores.


domingo 2 de agosto de 2009

Reír Un Chingo, el lenguaje en internet



SÓLO PARA INTERNAUTAS AVANZADOS
. SI NO SABE NADA DE INTERNET, MEJOR NI LO LEA.




n el internet, cuando a la gente algo le parece muy hilarante, escribe LOL. El acrónimo no tiene sentido en español (el bendito laughing out loud, que las juventudes de hoy en día usamos indiscriminadamente), pero ha trascendido el idioma para institucionalizarse como la marca de la gracejada por excelencia. Ni siquiera es necesario escribirlo como respuesta instantánea a un anónimo interlocutor: el LOL funciona solo, sin cortapisas.

“Hola, mamá. Ya vine, LOL”
“Qué bueno está tu peinado, LOL”
“Tu comentario LOL”
“LOL LOL LOL”

A pesar de haberse consagrado como un signo semiótico ya establecido, los que aún le rendimos cierta pleitesía a Miguel de Cervantes Saavedra nos introducimos con cierta reticencia a la moda del lenguaje de la web 2.0 (caritas felices, risas estruendosas y redes sociales incluidas).

Se me ocurrió, por tanto, una alternativa más autóctona al bien ponderado LOL. Algo con la misma fuerza musical, con la misma contundencia y voracidad. Algo que gritara LOL en español, y fuera más cómico, y mejor estructurado, y con más energía.

Así nació RUC: Reír Un Chingo. Era una idea filológicamente extraordinaria: contenía la esencia del internet en tanto que su inmediatez, fácil comprensión y escritura le abrían las puertas para que fuera usado por decenas de millones de adolescentes en sus charlas comunes. Tenía una explicación misteriosa, pero adecuada una vez revelada. Carecía del tufillo de la corrección política que tanto daño le ha hecho a nuestro idioma, sin esa carga eufemística que nos lleva a decir cosas como “te admiro tanto por ser madre soltera” cuando en realidad quisiéramos decir “eres una pérfida sin futuro”.

Ejemplos de su uso:
  • Se acaba de morir Michael Jackson: RUC.
  • El peinado de Enrique Peña Nieto: RUC.
  • Calderón, a secas: mega RUC.
…Sin embargo, una vez superada la fase inicial de emoción y prueba y error, la realidad nos aplastó con su crudeza.

El RUC no funciona… porque es igual de estúpido, hueco y banal que el LOL. A nadie le interesa cambiar los modelos preestablecidos en la red: ¿quién inventó el LOL y sus variantes? ¿Quién decidió que la red fuera libre y modificable? ¿Quién pudo haber pensado que el RUC desplazaría lo que todos conocen y legitiman?

Cambiar el orden preestablecido tiene tanta utilidad como untarle mantequilla a una suela de zapato y esperar que cese el hambre en el mundo. De igual forma, ante la avasalladora realidad de la modernidad, los que se han quedado helados ante estos ejemplos pueden muy bien ir yendo por su cocol y sus pantuflas, para admirar de lejos y sin participación el inexorable curso de la vida. Ante lo que no entendemos, no queda más que asentir con gesto circunspecto, alzar el dedo índice y decir “sí, claro”.

Porque internet… es ese desconocido (pero sólo para los que nacieron antes de 1981).

miércoles 22 de julio de 2009

La insoportable levedad de ser… Loret de Mola




A menudo me pregunto qué se siente ser Carlos Loret de Mola. La cuestión no me quita el sueño, ni me hace tener pesadillas tiro por viaje en las que el reporterito se aparece y hace un chistorete de mal gusto en pleno horario matutino, cuando nadie está de humor para hijodeputeces. Sin embargo, cuando algunas mañanas tengo ocasión de ver su noticiero, ciertos pensamientos se aglutinan en mi cabeza.

¿Qué se siente ser Loret de Mola? ¿Cómo lidiar con la dualidad de ser lacayo de Azcárraga Jean y los Gómez… y al mismo tiempo presentarse como un periodista serio en las filas de El Universal? –periódico que, por otra parte, se perfila para sustuir al Alarma!, La Prensa y el Óooorale! en el nicho del periodismo sensacionalista de pacotilla–.

Sobre todo en estos días aciagos en que el dinosaurismo vuelve, y entonces el señor Loret tiene oportunidad de mostrar sus dotes de “escrutador de la realidad”. Nada le calza mejor que portarse incisivo cuando se lo propone, como cuando en vivo le preguntó al virtual gobernador de Sonora, Guillermo Padrés Elías, si había ganado “por la guardería”. Así, a bocajarro. Nada de “felicidades, cómo se siente usted, es un honor tenerlo en este espacio, cómo estuvieron las elecciones, qué tanto calor hace por allá, qué desayunó hoy”. No. Debajo de su pregunta había una sentencia muy clara: “yo no temo hacer preguntas incómodas. Yo no temo poner en aprietos a Bours. Yo no temo nada porque soy un periodista completo, verdadero, tenaz, y además estoy bien guapo (o eso dicen)”.

Tiene, según él, pruebas para sustentarlo. Su columna, “Historias de reportero”, funciona a pie de cancha: se pregunta, como el resto de la población, qué pasaría si AMLO hubiera ganado la presidencia, qué si Salinas aceptara que hizo fraude, qué si Elba Esther le quita las manos de encima a básicamente todo en el país. Y lo hace como reportero, porque es más humilde que si lo hiciera como “periodista reconocido” o “titular de noticiero”. Es tan condescendiente, tan políticamente correcto, que casi dan ganas de vomitar y luego vomitar sobre lo vomitado, porque es casi seguro que su trayectoria con Ricardo Rocha, en Afganistán o San Salvador Atenco, es gloria que sólo al pasado le pertenece.

Sin embargo, toda esa construcción gramatical que de lejos se ve bien y deja a todos contentos, se desmorona como castillo de naipes cuando él mismo se presta para la estafa mayúscula de Televisa (tan evidente y tan cínica que hasta resulta un poco de mal gusto mencionarla).

Se dice que cuando entró a Noticieros Televisa, Leopoldo Gómez le dio total libertad para elegir los contenidos del noticiero. ¿Y todo para qué? Para que al día siguiente de la muerte de Michael fóquin Jackson, la primera nota en la sección de espectáculos fuera de… Enrique Peña Nieto. Priorización de noticias, que le llaman.

Hace algunos años, Loret de Mola le dio una entrevista a un amigo muy cercano. Le dijo que “a veces el cristal de la pantalla te puede llevar a lugares insospechados, olvidas que lo tuyo es ser reportero y yo no aspiro a ser un lector de noticias”. Bello en palabras, pero triste en los hechos.

Debe ser difícil habitar el cuerpo de Loret de Mola. Pretender ejercer con honor un oficio cuya médula está en otra parte, en un lugar que el reportero ya olvidó. Y después obrar con una agenda tan oscura, impuesta, en la que aparece una virulencia elitista. La ponzoña de Loret de Mola es exclusiva, y obedece a otro mandato.

¿Reportero o lector de noticias? Ninguno, salvo lo que su empresa disponga. El dilema de ser Loret de Mola.

domingo 5 de julio de 2009

La amenaza bestial














o me he preocupado por fomentar las reglas de convivencia en mi edificio, así que no conozco a mis vecinos. El sentimiento es mutuo: lo que yo imagino de ellos, ellos deben imaginarlo por triplicado y con detalles sórdidos derivados de la hora en la que apago las luces, mis visitas, las costumbres para tirar la basura y los sonidos expelidos en un radio de cuatro metros cuadrados.
En tales circunstancias, una noche mientras tomaba una siesta, escuché unos ruidos extraños del piso de arriba. En la duermevela, donde todo es más intenso porque se mezcla con la ficción anticipada, me pareció que se trataba de una mascota con unos grilletes en las patas: la criatura saltaba de un lado a otro, y recorría la extensión total del departamento en segundos.

En lugar de miedo, sentí curiosidad. No sé quiénes habitan el departamento de arriba, y nunca me he molestado por averiguarlo. Luego entonces: tuve que hacer un ejercicio mental para imaginarme qué clase de pelafustanes tendrían una mascota de esas proporciones y conducta en un departamento tan pequeño, y por qué la dejarían andar libremente en lugar de meterla en una jaula, suministrale un fármaco psicótropo o darle un tiro a una distancia considerable.

En medio de la ensoñación apareció un ente indeseable: Enrique Peña Nieto, el atlacomulquense de peinado caricaturesco cuyo asesor le recomendó, según lo que establecen los chismes más calientes, deshacerse de su esposa y casarse con una estrella de televisión (porque ya se sabe que todo mundo quisiera tener a la Gaviota como primera dama). No recuerdo la función de su aparición en el sueño, ni si tenía frases jocosas en él, pero ahí estaba: sentado en primera fila en un evento de Televisa en el Zócalo de Toluca, escuchando a sus niñas cantarle una canción horrible.

Luego supe que eso tampoco había sido un sueño. De pronto, la bestezuela volvió a la carga: corrió como si la hubiera embarazado un demonio, de aquí para allá. Entonces sí sentí miedo, porque lo desconocido es campo fértil para la imaginación –y la imaginación casi siempre tiende a transitar por el terreno del horror, sobre todo si una ha alimentado esa imaginación con películas de zombies y música satánica de los 15 a los 17 años.

En ese momento, como si en el 2012 tuviéramos que aceptar que el señorito Neutrón se convirtiera en nuestro presidente, tuve ideas desgarradoras: la convivencia con el enemigo en un lugar donde usualmente deberíamos sentirnos protegidos… es casi un hecho. Aceptar de pronto que, si la funesta circunstancia toma lugar, seremos un país de caricatura también: con un presidente cuyas simpatizantes cuelgan sus pósters de campaña como si fueran de actores y cantantes; un país cuya representación femenina recaería en una tipa que anuncia cremas para piel reseca en la tele, y cuyo porcentaje de credibilidad se quedaría en ceros –como siempre–.

Y entonces lo supe: la mascota de mis vecinos no era una alimaña común y corriente. Era, sencillamente, un dinosaurio cachorro esperando a convertirse en una bestia voraz.


lunes 20 de abril de 2009

The Invention of Solitude


Ayer terminé de leer The invention of solitude, de Paul Auster. Me gusta mucho y creo que tal vez es uno de mis autores favoritos vivos, pero de tal tema no quiero hablar por el momento. Lo que me conmovió en verdad fue la historia de su hijo, Daniel. Esa visión nueva, ingenua acaso, sobre los hijos pequeños: bebés de no más de dos, de tres años, que son puros y bondadosos y en los que todo está por verse, por estrenarse, y por saberse. Daniel era un niño tierno, por lo que alcanzo a comprender a través de la prosa de Auster, un niño listo que repetía frases escuchadas tres meses atrás al pasar por cierta calle, que apreciaba el Pinocho de Collodi, que dormía tranquilo en la habitación de arriba y del que Auster fue, si no separado tajantemente, sí apartado por el inminente divorcio de su esposa.

Lo primero que quise investigar fue el destino de Daniel. Y lo primero que me arrojó Google fue una noticia alarmista, un encabezado aparatoso sobre prisión y libertad provisional, un asesinato a un latino drug dealer en cuya escena del crimen Daniel estaba ahogado, sumergido en una sicosis profunda, totalmente aniquilado por las pastillas de éxtasis o por la cocaína o por la heroína. Tenía 20 años.

Poco después, encontré un texto de Andie Miller, una autora sudafricana que reflexiona sobre estos mismos temas con mayor elocuencia y mejores fundamentos, como un análisis sobre una novela de Siri Hustvedt, la actual esposa de Auster, en la que se recrea la -por decirlo de algún modo- juventud rota de Daniel. También están las minificciones de Lydia Davis, primera esposa de Auster y mamá de Daniel. Y cómo todo esto puede apuntar directamente al destino del maltrecho Daniel, un "chico tatuado muy cool" -como lo describe un fotógrafo que lo retrató- y que parece, en lo aparente, tomarse con calma el hecho de estar rodeado de figuras literarias.

El final del texto de Andie es también muy conmovedor. Del mismo modo en que yo lo hice, se pregunta por el destino de Daniel y se siente un poco triste, quizás algo decepcionada, pero sobre todo consternada por el modo en que las cosas resultaron. Porque eso es lo que sucede: las cosas resultan para bien o para mal, y en el caso de un personaje contenido en un libro, que es real y es tan cercano al autor como puede serlo un hijo, nos obligamos a pensar que creció para convertirse en el hijo pródigo, talentoso, agradecido e incluso, si cabe suponerlo, exitoso como por ósmosis.

La realidad es que ni siquiera el amor, el cariño y la lealtad de un padre pueden ayudarnos a caer en el abismo. La realidad es que ni siquiera siendo el hijo de Paul Auster, uno de los autores anglosajones vivos más importantes, podemos evitar abandonarnos a la decadencia y dejarnos ir, como peces en un estanque: drogas, robo, prisión. No importa cómo nos haya retratado ese padre confundido (atormentado por la presencia física pero lejana de su propio padre, "un bloque de espacio, impenetrable, con la forma de un hombre"), las palabras amorosas que emplearía para retratar nuestra infancia más temprana, porque irremediablemente crecemos para convertirnos en algo que no estaba en los planes de nadie, ni siquiera en los nuestros.

Andie concluye con algunas reflexiones certeras, que parafraseo a continuación:

En el libro de Siri, el padre muere de un corazón roto. Auster está lejos de representar dicha imagen, pues es más productivo que nunca.

Sin embargo, al menos en mi caso (Lilián, no Andie), no puedo dejar de pensar en Auster como padre, y también un poco (aunque veladamente) en Auster como figura pública. La tristeza en el primer caso, y la vergüenza soslayada en el segundo. En ambos casos, una decepción avasalladora, infeliz.

Más adelante, Andie recuerda algunas anotaciones sobre Daniel en The invention of solitude:

"Past two in the morning. An overflowing ashtray, an empty coffee cup, and the cold of early spring. An image of Daniel now, as he lies upstairs in his crib asleep. To end with this.

"To wonder what he will make of these pages when he is old enough to read them.

"And the image of his sweet and ferocious little body, as he lies upstairs in his crib asleep. To end with this."

Y antes del final, resume lo que yo torpemente quise decir aquí:

It was these words that touched me, and made me curious to investigate what had become of this little boy. Now I am filled with a profound sense of sadness.


martes 17 de febrero de 2009

Bon Voyage - Parte III


En la mañana, cuando aún Alonso y Andrea dormían, Amaia despertó para encontrar a Nico en la orilla de la playa, hablando con unos pescadores. Se había hecho muy amigo de dos de ellos, Maximino y su hijo Kevin Rafael, y lucía feliz y tranquilo. Amaia sintió esa nostalgia anticipada ante lo que está a punto de perderse, pero no dijo nada.
De pronto, sin embargo, tuvo coraje, mucho coraje. Miró el cuerpo larguirucho, adecuadamente bronceado, de Nico y luego pensó en su banda, en esa estúpida banda con un nombre tan tonto como “Los cerillos fugaces”, que sólo se había presentado en el Hard Rock una vez y cuyo próximo video ella había proyectado dirigir. No ahora.
O sí: se le ocurrió filmar un video intencionalmente abyecto y torpe, en el que Nico apareciera con los pantalones hasta los tobillos, bebiendo el líquido de un coco y con sombrero de paja. Pero eran sólo ideas, porque a éstas le sucedían otras: las iniciales de los cuatro sobre la arena, que no formaban ninguna palabra, ni siquiera un anagrama interesante. NAAA. ANAA. AAAN.
- ¡Amaia! –gritó entonces Nico, ajeno al caos que su cuerpo propiciaba. – Te presento a Kevin Rafael.
Amaia se apresuró a donde los pescadores departían, solícita.
Los pescadores la llamaron Amalia, hicieron un comentario sin mala fe sobre su peso y le escupieron baba al reírse. Amaia regresó a la tienda de campaña furiosa.
Nico reía.

✻✻✻

Por la tarde fumaron marihuana. Se tendieron en la arena. Intentaron formar una fogata, pero no tuvieron la pericia suficiente. De nuevo se tendieron en la arena, con las piernas abiertas y los dedos de los pies separados. El sol se ponía. No hablaban entre ellos, y su silencio era raro e incómodo por cuanto nadie comprendía el motivo de la tensión.
El viaje pacheco duró poco, y cuando se repusieron, ya de noche, recibieron una visita: se trataba de Daniela y su novio Luis Román, un profesor de teoría social de la UNAM con barbas blancas y una panza enorme que se le desbordaba de sus bermudas estampadas de palmeras. Nico lo odió apenas lo vio y se dedicó a soltar comentarios que él creía ponzoñosos, pero que no eran ni siquiera molestos, o mordaces. Sólo eran palabras de borracho, frases torpes acomodadas unas después de otras, intercaladas con groserías y términos como “rojillos de mierda” y “la izquierda es una mierda” y “la UNAM es una mierda”. Luis Román lo veía con genuina ternura, conmovido por su ignorancia ominosa. Daniela sólo lo ignoraba.
Pero Amaia veía, dilucidaba, interpretaba. Podía darse cuenta de la raíz del problema, del por qué Nico estaba tan incómodo y molesto, y le dolía. Así que, en venganza, se puso a hablar con Luis Román de ciertas adaptaciones de novelas a películas y por qué algunas, plasmadas en celuloide, le parecían más hermosas y valiosas que en el texto. Creía que esta conversación intelectual asustaría a Nico, o por lo menos lo haría sentirse excluido y un poco tonto.
Luis Román le prestaba atención sólo porque pudo darse cuenta, con un vistazo, de que se trataba de una gordita brillante.
En cuanto a Andrea y Alonso, el amor había llegado a un punto muerto. Había transitado por una carretera no del todo sinuosa, sino recta y tediosa, en cuya última caseta estaba la cuota final: incompatibilidad de caracteres. O, más propiamente dicho, dos soledades encontradas por conveniencia. El beso que se daban y que nunca terminaba, para asombro y fastidio de todos. O el sexo aburrido, silencioso, sin gritos ni gemidos, que ocurría a vista de Amaia y Nico sin que ninguno lo advirtiera: porque, por ponerlo de algún modo, así de divertido era.
Andrea estaba aburrida, en realidad. ¿Qué podía ofrecerle Alonso, además de la comodidad pequeñoburguesa que tanto detestaba? ¿Un crédito Infonavit, vacaciones pagadas, préstamos de caja Libertad para el enganche de un coche? (¡un Pointer, por el amor de Dios!). Además, ¿a qué desastroso y vergonzante nivel intelectual tendría que reducirse para poder conversar con él? ¿De qué tratarían todas las charlas sucesivas? ¿Cómo ponerse de acuerdo para ver una película? ¿Qué dirían sus amigos de este prospecto, vestido con Docker’s color crema y demasiado gel en el pelo? ¡Que alguien le haga el favor! Había sido tan ciega, tan tonta, había estado tan caliente como para advertirlo entonces. ¿Y ahora qué? ¿Qué podía hacer al respecto? ¿Cómo deshacerse de la plasta que se había echado encima?
Por supuesto, Alonso qué podría entender de estas poderosas razones. Para él, Andrea era la chavita cagada que usaba colores escandalosos en su ropa, terminaba todas sus frases con un güey, y cocinaba muffins de marihuana que repartía por todo su edificio. No era tonta, vamos, no era ni siquiera molesta: era la compañía perfecta de fin de semana, el depa al cual caerle luego de una peda de antología, la noviecita simpática que llevaría a los brindis de la empresa y luego mandaría en un taxi a su morada para largarse con el jefe a un table dance. ¿Y después qué? Pues después nada, la inevitable ruptura. La diferencia era que, para él, este momento estaba previsto dentro de un lapso mayor, digamos otros cuatro meses. El destino operaría entonces a su debido paso, tomaría la batuta del amor y le asignaría una muchacha más adecuada, una más discreta y más cultivada, una que de verdad apreciara el arte, una obra de teatro, una buena copa de vino, vamos: una mujer con la que de veras pudiera casarse.
En esto pensaban cuando Daniela se levantó de un salto (operación en la que salpicó de arena a todos los concurrentes) y propuso jugar póquer-de-prendas. Por qué no.

✻✻✻

Al finalizar la primera ronda, la pareja de franceses apareció casi mágicamente. Habían ido a cenar al pueblo, aún ostentaban un bronceado rojizo temible, y se presentaron como Geneviève y Jean Guillaume. Daniela les hizo espacio y los sentó entre ella y Luis Román, y Amaia y Nico.
Cincuenta minutos después, Nico estaba cubierto tan sólo con una trusa. Una trusa de la que, por cierto, todos tuvieron ocasión de burlarse -hasta los franceses, que decían que parecía un culotte de mujer. Luis Román había prescindido de las horribles bermudas estampadas, Daniela se había quitado la blusa; Alonso, los shorts; Andrea, todos sus accesorios (un par de aretes, ocho collares, quince pulseras, tres anillos y el falso piercing de su labio); Geneviève, la camisa y la falda; Jean Guillaume, las sandalias, y Amaia, en todo su esplendor, aún tenía puesto su traje de baño completo -negro, estampado con flores rojas- y un chal calado que le había tejido una prima. Era la triunfadora indiscutible.
- Eres lo máximo, estúpida -dijo Andrea, animada por las cinco cervezas que se había bebido en el transcurso del juego. Luego se volvió al francés y le espetó:
- A ver, Juan Memito, no te quedes atrás. Propón otro juego para divertirnos.
Finalmente, ligeros de ropas, jugaron a pasarse el as de copas con los labios, emocionados ante el pueril juego: el coqueteo con lo peligroso, lo inmoral, los excitaba como si tuvieran trece años otra vez y estuvieran escondidos tras los bebederos de su secundaria jugando al doctor.
Las parejas terminaron por besarse, cada una en un rincón, mientras Amaia y Nico se veían con ojos como platos, sin decirse nada. Después de todo, tras un acuerdo tácito en el que ella no había tenido mucha participación, ya no eran una pareja. O al menos eso es lo que daban a entender.
- ¿Estás aburrida? -preguntó Nico.
Amaia contestó que no, se cruzó de brazos y apoyó el mentón sobre sus rodillas recogidas. Nico se levantó, se puso frente a ella y le extendió una mano.
- Vamos a dar un paseo.

✻✻✻

Caminaron por toda la orilla, hasta donde la marea nocturna chocaba contra las rocas. Amaia estaba nerviosa, no quería hablar. Deseaba que ese momento se alargara indefinidamente, y se convirtiera en el territorio de la vida misma, en la circunstancia única y definitiva respecto a ella y Nico.
Él no estaba tan seguro. Tenía una certeza, desde luego, y era la de que ya no deseaba estar con ella. Al mismo tiempo, no obstante, no le costaba demasiado esfuerzo recordar cómo la veía cuando recién la conoció. Lo que opinaba de ella, lo que sentía cuando la tocaba, lo que pensaba sobre el futuro un tanto brumoso en el que ambos estaban envueltos. Y respetaba eso, tenía la firme convicción de serle fiel a esas pocas semanas juntos, semanas que pudieron haberse alargado, pero que inevitablemente habrían conducido al mismo lugar. La separación era inminente, previsible, semanas o meses antes, semanas o meses después. El viaje había sido el punto de inflexión, quizás demasiado apresurado, que le había hecho tomar una decisión irrevocable.
Así que comenzó por el lado equivocado:
- Amaia: yo te quiero muchísimo…
Estas palabras, pronunciadas en tales circunstancias, surtieron el efecto contrario. Amaia sabía qué significaban: no eres tú, soy yo. Palabras condescendientes, huecas, manidas, que en el fondo gritaban: no es cierto, sí eres tú.
La chica gordita, la chica que solía proclamar que ella era muy segura de sí misma, que no necesitaba las bondades de un cuerpo escultural cuando podía disfrutar las de una mente prodigiosa, la que pensaba en dietas que nunca llevaba a cabo y proyectaba ejercicios que nunca culminaba, la que había decidido, a una edad temprana, dedicarse a labrar el intelecto en lugar del físico, la muchacha sensible, orgullo de su generación, hija pródiga, amiga irreprochable, ejemplo de su colonia, documental en Cinépolis, talla trece, mirada hermosa y transparente… La chica que no hace poco Nico besaba en una fiesta, con la ciudad a sus pies, se transformó en un monstruo de lágrimas e improperios en una fracción de segundo.
Nico sabía que la naturaleza de Amaia la conduciría a una escenita, pero no estaba preparado para el espectáculo que sus ojos horrorizados, incrédulos, presenciaron esa noche frente a las rocas que contenían la marea. Los ojos inyectados, rojísimos, furibundos, desconocidos. La voz gutural, cruel, vulgar por momentos: las groserías se multiplicaban como larvas, abrían paso unas a otras, se engendraban de la nada o conducían a otras, nuevas, que Nico jamás había escuchado.
Él escuchó todo en silencio. Dejó que ella se explayara, que sacara toda la contaminación y se drenara por dentro. Así fue: la tortura no duró poco, pero cuando por fin terminó, fue tajante y rotunda. Amaia había dicho lo que tenía que decir, que no era mucho: reclamos genéricos, ordinarieces de poca monta, acusaciones homosexuales, burlas sobre una futura disfunción eréctil, autoconmiseración humillante y flagelación en carne viva. Creía que iba a estar sola hasta el día en que la encontraran muerta en su departamento de soltera, sesentona, rodeada de gatos. Nico no la contradijo, aunque no lo creía sinceramente.
Después caminaron de regreso al campamento. Los dos franceses habían quedado como muertos a la intemperie, ahogados de borrachos. Daniela y Luis Román se habían ido. Andrea y Alonso se besaban por última vez.

✻✻✻

Muy temprano, al día siguiente, llegó el salvador: “Fernando” había manejado durante cinco horas desde el Distrito Federal hasta los confines cuasi-vírgenes de Maruata, para recoger a su amiga y hermana. La llamada recibida la noche anterior lo había dejado preocupado y temeroso, así que manejó. Sin propósitos ni explicaciones. Era un caballero, un caballero homosexual actor de telenovelas de Televisa, producciones de época, galán elusivo que no aparecía en la TvNotas, y que adoraba realmente a Amaia. La protegía como una madre al cachorro, con el mismo sosiego, el mismo cariño desinteresado, el mismo temor de encontrar al protegido cubierto de heridas provocadas por la propia garra.
“Fernando” no estaba equivocado: le pareció que Amaia había bajado diez kilos desde la mañana en que salió de su departamento cargando un morralito con bloqueador solar y cuatro trajes de baño. Feliz, entonces. Desgraciada, ahora.
La tomó por los codos y la condujo al automóvil. La pobre se dejó hacer, como un enfermo mental sin fuerza ni voluntad. Antes de partir, Andrea se acercó al actor de telenovelas y le preguntó si no tenía espacio para otro ocupante. “Fernando”, galante como siempre, le aseguró que ella y sus amigos eran absolutamente bienvenidos.
- No te preocupes: sólo sería yo.

✻✻✻

Nico y Alonso pasaron un par de días más en Maruata. Jugaron volibol con un grupito de graduados de universidad que tenían un bungalow rentado. Bebieron cerveza hasta vomitar. Fumaron marihuana y rieron hasta que las costillas les dolieron. Hablaron mucho, sin interrupciones, sobre cómo la vida había cambiado tanto para ambos, desde los rezos matutinos, las misas de los viernes, las calificaciones de álgebra, los laboratorios de biología; en fin, la vida de preparatorianos cristianos y de buena familia que compartían cuando se conocieron. Nico acabó por confesarle que perdió su virginidad con la Nena, una gorda de quinto semestre que era muy querendona y popular en su barrio.
- Seguro de ahí viene tu gusto por los cuerpos enormes.
- Seguro. Me gustan las gordas porque son más auténticas, más ganosas, más entronas para todo. Y porque siempre dan el 110% en cualquier cosa que hacen. Seguro sienten que si no dan todo su esfuerzo no valen nada.
- Mientras aplique para el sexo también, está de poca madre.
- De poca madre, sí.

✻✻✻

Amaia se recuperó, a la larga. Llegó a comprender que no había sido malo después de todo, que al menos había sido la novia oficial de un rockero por tres semanas completas, y a partir de entonces no dejó de mencionar el dato en las reuniones y cocteles a los que fue invitada.
Alonso encontró una chica que apreciaba una buena copa de vino, una buena conversación y una buena salida al teatro. Se llamaba Cristina, graduada de Contaduría, y vestía en Suburbia.
Lo curioso, lo hermoso de la historia es lo que sucedió al final con Nico y Andrea. Amigos por la proximidad de sus chozas de sesenta metros cuadrados, afines en los gustos poco ordinarios (“fuera de lo común” es una expresión un poco vieja, ¿no es así?), condechis orgullosos de serlo, marihuanos no confesados, adeptos a las cantinas de mala muerte por encontrarlas decadentes, empleadores malogrados del concepto kitsh y, en resumen, almas gemelas sin saberlo… se miraron con sorpresa dos días después de la llegada de Nico a la ciudad.
Al abrir la puerta, al mirarla adentro, sin decirse nada, sin comunicarse gran cosa, Nico vio a la mujer que era Andrea y Andrea vio al hombre que era Nico. Compartieron un gallito y se sintieron en las nubes, sin decírselo, sin gritarlo al mundo, hasta que poco a poco pudiera dibujarse el boceto de un amor. Del eterno viaje sin retorno y de por vida al destino llamado A.M.O.R.


FIN


lunes 2 de febrero de 2009

Bon Voyage - Parte II

En el camino se pararon dos veces. La primera de ellas fue en una gasolinera, parada lógica. La segunda vez, Nico detuvo el coche y se quedó inmóvil a mitad de la carretera. No había otros automóviles a la vista. Alonso y Andrea peleaban furiosamente, por culpa de Paco Stanley.

- Te juro que si no quitas ese disco, me bajo en este momento y tomo el primer autobús al DF -había dicho Alonso, sin pensar, mientras le daba una última leída a un periódico Reforma que había comprado antes de salir de la ciudad.

Andrea lo acusó de enrarecer el ambiente de camaradería que reinaba entre los cuatro.

- Eres totalmente anti-zen, güey.

- Anti-zen mis huevos -respondió él, con fastidio.

Andrea lo miró con fijeza, concentrada en transmitir una sensación apenas lo suficientemente cercana a la herida que su recién adquirido novio había abierto. Empezaron a gritarse. Ella lo acusó de ser un "pequeño-burgués venido a menos". Él no dijo nada, pero abrió la plana del Reforma y la desplegó frente la cara de Andrea con brusquedad. En la plana estaba una encuesta sobre la calidad de vida en el Distrito Federal, la ciudad de la esperanza.

Después Nico continuó manejando. Si había alguien verdaderamente zen en ese vocho 1992, era él. Se sentía uno con el todo y en comunión con el mundo. Iría a la playa. Nadaría en el mar. Tenía a su novia a un lado, una gorda brillante que no dejaba de mirarlo, y las posibilidades se le aparecían factibles: la decadencia del rocanrol, las sobredosis de cocaína, el dinero y la fama.

Llegaron a Maruata al mediodía, exhaustos. En cuanto vieron el mar, todos se sintieron felices. Se pusieron a armar su casita de campaña junto a una pareja de franceses que parecían muertos y escalfados sobre la arena: su epidermis estaba rostizada y teñida de un rojo intenso, que los cuatro encontraron bastante graciosa (una piel graciosa: el nuevo concepto en comedia). Se dijeron entre ellos que los franceses parecían buena gente, y en secreto tuvieron la esperanza de que tuvieran algunas drogas que quisieran compartir. Si una cosa llevaba a la otra, lógicamente.

Había, sin embargo, un frijolito en el arroz de su aventura: Amaia se sentía estúpida. De pronto, todo su intelecto parecía inútil y residual en medio de una tarea tan decisiva como armar un refugio de plástico anclado en la arena. Era una inepta. No sabía enganchar los palitos, no entendía cómo tender los costados y empezaba a experimentar una frustración cercana a la vez que no la admitieron en la escuela de cine que ella quería. Estaba a punto de rendirse.

Entonces lo comprendió: mientras veía el torso desnudo de Nico (el perfecto, bronceado y ejercitado torso desnudo del que hasta entonces ella insistía en llamar su Novio), supo que ahí estaba una vida a la que ella no pertenecía. No era posible que ella pudiera encajar en la postal del músico guapo y joven, vigoroso y fuerte, gallardo y feliz. Nico era feliz. Ella no. Ahí estaba la primera ruptura, una fisura a través de la cual se drenaban las escasas semanas a su lado. Un tiempo hermoso y nebuloso, en el que la amenaza pudo ser negada, pero jamás exterminada. En todo ese tiempo, a fuerza de ignorar lo evidente, había perdido la noción de que, sencillamente, hay cosas que nos están vedadas. Tenía que darse cuenta a 500 kilómetros de distancia.


✻✻✻


Todo pareció mejorar entre Andrea y Alonso. Otra vez se besaban durante lapsos de tiempo decididamente ridículos, como un par de adolescentes que, enganchados con el momento, se aferran a los residuos de algo que ya perdió interés. Como continuar lijando una madera indefinidamente, ante el conocimiento de que no sabemos qué hacer con ella después. Sin embargo, resultaba oportuno que no hicieran nada más, porque los cuatro compartían la casa de campaña (que era grande, pero que carecía de compartimentos al fin y al cabo).

La primera noche fue definitiva. Nico nadó durante dos horas cuarenta y tres minutos (cronometrados por Amaia, quien lo veía desde la orilla con el celular en la mano). Los franceses resultaron tener unas tachas de reserva, que consintieron en permutar por 50 gramos de marihuana. No hablaban una palabra de español y lucían estúpidos con su bronceado extremo. Esta percepción era injusta, desde luego, porque como extranjeros no tenían las herramientas para defenderse. Puede que, incluso, fueran unas lumbreras en su natal Toulouse, pero acá ostentaban un carácter de lerdos indisolubles. Andrea estaba encantada con ellos.

Hasta que, por supuesto, ocurrió el cisma. La primera señal fue una comezón. Andrea estaba sentada junto a Alonso, quien la tenía sujetada por el cuello. Enfrente estaban los franceses, riéndose por ningún motivo. Al centro había una fogata, que chisporroteaba. Después, un cosquilleo. Andrea retiró indulgentemente el brazo de su amado y se rascó con toda discreción posible. Al rato, lo mismo. La persistencia la hizo levantarse: la picazón era gradual. Andrea se despojó de su blusa y comenzó a rascarse con fruición, hasta rasguñarse la piel. Alonso la miró atónito y luego la alumbró con la luz que emanaba de la pantalla de su celular.

Ya no hubo dudas. Andrea estaba invadida de ronchas. Intoxicación mortal. Un viaje de seis horas, con dos paradas, una pelea, una torta de jamón en una lonchería y tres proclamaciones marxistas, para que al final resultara que estaba enronchada. Era el colmo de la vergüenza y de la desgracia. Por cuanto a ella concernía, el viaje había terminado en ese mismo momento.

La segunda admonición ocurrió al día siguiente. Mientras Nico estaba en el pueblo surtiéndose de provisiones (y una pomada para las ronchas), se encontró de frente con quien había sido su sueño personificado durante ocho largos meses.

Daniela era una modelo argentina que vivía en México hacía un año. Se dedicaba a trabajar como edecán para una marca de cervecería y anunciaba un cereal bajo en fibras en la tele. Medía un metro ochenta, tres más que Nico, y su cuerpo era tan escultural que resultaba degradante a la vista, pues ponía de manifiesto todos los defectos del ser humano promedio.

Nico la amaba con fervor. O lo había hecho durante algún tiempo, desde el día en que la conoció en una agencia de cásting hasta el día en que se despidió de ella a la puerta de un gimnasio y repentinamente le pareció que ya no era tan linda como antes. Claro que ese pensamiento dejó de ser válido ahora que la encontraba en la farmacia, en todo su esplendor inalcanzable y playero. Qué coincidencias habían operado, y en qué formas tan caprichosas, para que la encontrara a tantos kilómetros de distancia: ahí, en una playa virgen.

Pero estaba el asunto de Amaia. La gordita era simpática, no valía la pena poner en peligro una relación que le reportaba tantos beneficios (principalmente porque vivían en el mismo edificio y eso, al principio de una relación, resulta muy conveniente) y además era casi seguro que Daniela lo batearía en el momento en que él hiciera patentes sus intenciones.

También en eso estaba equivocado. Por la tarde nadaron durante una hora trece minutos (cronometrados por Amaia, quien los vigilaba detrás de una roca sosteniendo el celular con la mano temblorosa). Después salieron del agua, se secaron, Daniela recogió sus cosas y se fue al lado de su pandilla, unos verdaderos bohemios que al menos sí habían leído a Marx (y que Andrea hubiera deseado tener como sus amigos más que a nada en el mundo).

- Te vi, infeliz lameculos. ¡Te vi! - le espetó Amaia, con el mentón trémulo, en cuanto logró darle alcance.

- ¿Me viste dónde?

- ¡Te vi con esa estúpida!

- ¿Andrea?

Nico sabía a qué se refería, pero podía optar por tantas tangentes como quisiera, pues ella le daba la opción. En el fondo se sentía muy contento de que Amaia destapara el Daniela-gate. Al final, todo lo que ocurriría era que ella misma estaba induciendo el sabotaje amoroso, que eventualmente ella sola sería la culpable de que él huyera despavorido... y por consiguiente, estuviera en todo su derecho de buscar consuelo en la argentinita. Mientras la veía, mientras veía las gotitas de sudor que le saltaban en la frente con cada reclamo, no dejaba de pensar en cómo los seres humanos son curiosos. Él estaba dipuesto a serle fiel, lo había sido hasta ese momento, pero de pronto llegaba esta mujer insegura a reclamarle por crímenes que él ni siquiera había cometido. Destruía por sí sola algo que, con un actitud diferente, podría haber continuado sin trabas. Cometía el suicidio amoroso. Y él se lo iba a permitir. Ahora. En este momento.

- ¡No te hagas! Estabas con esa argentina inmunda, esa estúpida y vulgar anoréxica, esa hijita de puta arribista y xenofóbica -continuaba Amaia, echando mano de todo su bagaje de insultos de ocasión.

Nico la miró inmutable. Al final, sin expresión, pronunció dos palabras que sonaron como hielos:

- Oquei. Perfecto.

Luego se dio la media vuelta. Amaia se quedó inmóvil, con los puños crispados. Sufría espasmos en el cuerpo entero, la piel era un pedazo de papel de china atado en la cornisa de un techo: temblaba sin parar. Contenía las lágrimas, porque no era tristeza lo que sentía exactamente. Era pura y llana rabia. Una rabia inacabable, insondable, que parecía no tener fondo. Era la rabia nacida del amor.

✻✻✻


(segunda parte de más, MÁS)

viernes 23 de enero de 2009

Bon Voyage


Nico, Andrea y Amaia vivían en el mismo edificio, en la calle de Veracruz. Se trataba de una construcción antigua, de los años 50, con pisos de parquet descuidados y azulejos verde ocre en las cocinas diminutas. Había un patio común, donde se reunían involuntariamente todos los inquilinos: en el edificio de la calle Veracruz habitaban actores de Televisa, escritores becados por el Fonca, periodistas de La Jornada y Letras Libres, bailarines, directores, representantes del rock en tu idioma... Para no ir más lejos, Nico tenía una banda llamada "Los cerillos fugaces", Andrea diseñaba una revista literaria y Amaia era una cineasta brillante.

En una fiesta tres calles abajo, Nico se apareció con Alonso. Eran amigos desde la preparatoria, y aunque sus vidas se habían bifurcado apenas conocieron la independencia, procuraban juntarse a menudo y contarse de qué trataban sus vidas. Nico siempre ganaba: aunque su fama era más bien local, y era evidente que su talento musical se reducía a unos pantalones de cuero que le llegaban a la cadera, sus anécdotas tenían como común denominador el sexo, las drogas y el alcohol. Alonso, en cambio, trabajaba como contador en un emporio de Interlomas. Sus conversaciones giraban en torno a la culona de Finanzas, el culero de Sistemas y la enculada de recepción. Pero se querían, como amigos, y pasaban de largo sus diferencias intrínsecas en pos de la fiesta y "el desmadre". Se consideraban "desmadrosos", les gustaba repetir la palabra, y no entendían por qué la gente los miraba como si fuera el año 2008 y ellos usaran atuendos del 2007. Temporada pasada: entes indeseables.

Amaia y Andrea, que eran vecinas inmediatas y trabaron amistad progresivamente, tenían mucho en común: ambas consumían marihuana en cantidades ingentes. En lugar de tocar en la puerta de al lado para pedir una tacita de azúcar, lo suyo era apelar por la bachita sobrante y fumársela en compañía. Qué mejor forma de romper el hielo que reír como taradas durante dos horas y mientras miraban un pedazo de tela colgando de la ventana. Además, llegaban a pie a todos lados. No había fiesta a la que no acudieran, ni reunión en la que no se aparecieran subrepticiamente y sin ser invitadas.

Aunque... Es necesario acotar que Andrea, más que guapa, era una muchacha con mucha personalidad. Tenía unos ojos muy expresivos, que en las fotos la hacían lucir muy inteligente. Se cortaba el cabello ella sola y tenía un flequillo muy corto que le daba un aire retro (o vintage, en sus palabras) y extraño. Era atractiva, pero su atractivo residía en otra parte: en la ropa que se ponía (de colores vivos y texturas extrañas), los gestos que hacía o las palabras que decía.

Amaia, en cambio, era bonita... pero gorda.

- No eres gorda, sino rellena.

Le dijo Andrea una vez, sentadas sobre el parquet en torno a un pastel de mota que habían compartido con todo el edificio. Luego se rieron durante exactamente treinta y ocho minutos, sin motivo.

Amaia sabía que era gorda, pero no le importaba. Era brillante. Era cineasta. Había hecho un documental que se exhibía en un Cinépolis de la delegación Álvaro Obregón, y eso era lo importante. Podía hacer lo que quisiera con su vida: conseguirse una liposucción, incluso. Así que no importaba que fuera gorda, siempre que fuera brillante. Y ella estaba segura de serlo.

En la reunión tres calles abajo, Amaia y Andrea bailaban "La isla bonita", absortas.

- Me encanta esta canción. No me puede encantar más -repetía Andrea, envuelta en un baile profundo y ensimismado.

Amaia la imitaba y asentía. "Sí, es preciosa, es preciosa". Cuando se acabó la canción, obligaron al anfitrión (un publicista amargado que no las había invitado) a ponerla de nuevo. Esta vez Amaia cayó exhausta en un sillón.

Nico, que bebía cosmopolitans cerca del baño, la observó. Perdido en la dulce embriaguez de su bebida para maricas, como la había descrito Alonso antes de beber dos litros de cerveza de barril, empezó a encontrar una belleza exótica en Amaia. Empezó a imaginar cómo sería desnuda y si es verdad que las gordas son más cachondas que nadie.

Esa noche, Nico y Amaia se besaron hasta perder el conocimiento en una recámara. Tenía unos ventanales inmensos y a través de ellos veían la ciudad. Todo lucía estático, feliz. Amaia le preguntó si no era maravilloso vivir. Ahora. En este preciso momento.

Nico no supo qué responder y se levantó a orinar. Al salir del baño, Amaia lo esperaba con una sonrisa idiota en la cara.

- ¡Estúpidaaaaa! -gritó una voz borracha, femenina, desde el otro extremo de la habitación.

Era Andrea, con una boa de plumas atada al cuello. En una mano, con prodigiosa habilidad, sostenía un cigarro y una cuba. Con la otra formaba olas en el aire, como si estuviera partiendo el aire con los dedos.

Nadie sabía (ni tendría por qué saber) que Amaia y Andrea se decían estúpida de cariño. Eran excéntricas -querían ser excéntricas- y la palabra les parecía simpática, por qué no.

Andrea trastabilló, derramó centilitros de cuba sobre la duela y tosió por las plumas del trapo que se había encontrado en las escaleras. Amaia enrojeció violentamente.

- ¡Estúpidaaaa! ¡Te presento a Nico!

Andrea señaló a Nico con la punta del dedo. El rockero en tu idioma se quedó inmóvil, como si estuvieran representando una obra cuyo guión no le había llegado por correo. Le extendió la mano a Amaia y dijo "mucho gusto", sintiéndose muy tonto al hacerlo. Amaia le correspondió y lo vio a los ojos con extrañeza, casi con decepción, como si se preguntara por qué habría de seguirle la corriente a una borracha que recogía prendas olvidadas en el piso.

- Seguro se van a caer muy bien -predijo Andrea, y luego se dio la vuelta y vomitó sobre la mesa: un vómito ambarino con pedacitos rojos; como un panqué de frambuesas.

Al amanecer, Nico, Amaia, Alonso y Andrea se comían unos tacos al pastor con Coca-Colas. Andrea estaba cruda y le puso mucha salsa roja a los suyos. Alonso no quería ensuciarse el traje, así que se colocó una servilleta de papel en el borde de la camisa. Nico los miraba a todos mientras le sostenía la mano a Amaia por debajo de la mesa y pensaba que tal vez, no entendía por qué no, era maravilloso vivir. Ahora. En este momento.

✻✻✻

Dos semanas después, se encontraban todos muy cómodos en sus respectivas relaciones. Alonso y Andrea, a pesar de tener personalidades tan disímbolas (o más bien, a pesar de que Andrea tuviera mucha personalidad y Alonso casi nada), congeniaron a la segunda Coca-Cola. Su relación era muy ligera, como esos yogurths que hacen que vayas al baño más seguido.

- Cero complicaciones, güey -dijo Andrea, convencida, y luego fue por harina para preparar más muffins de marihuana.

Amaia estaba muy de acuerdo. Ella, en cambio, se sentía muy enamorada de Nico. Tan hermoso, tan etéreo, tan inalcanzable, tan pantalón de cuero a la cadera. Era todo lo que una mujer gorda, pero brillante, podía desear.

Amaia vivía con un actor de telenovelas, que era homosexual. Dolorosamente homosexual. Algunas compañeras actrices, que por su anuencia sexual vivían ahora en fraccionamientos lujosos al sur de la ciudad, odiaban trabajar con él por las trabas que el sujeto anteponía a la hora de las escenas "candentes" o "subidas de tono".

- Si beso, sólo con los ojos cerrados. Y no quiero que me hagan close-ups. Y Carlita, o sea, por favor: que la escena no dure más de un minuto.

Pero Amaia lo quería. El tipo tenía un buen corazón en el fondo, y además era lo suficientemente conformista como para seguir viviendo en un edificio casi derruido en la Condesa y compartir la renta. Era homosexual y era sincero. Y en cuanto se enteró que Amaia estaba de novia con Nico, casi sufrió un infarto.

- Bárbara -fue todo lo que dijo.

El tipo (llamémosle "Fernando") era homosexual, pero no afeminado. De hecho, era bastante varonil. Las conductoras de programas de chismes decían "¡es tan guapo!", mientras dejaban ir dos suspiros -uno sincero, el otro nada más para verse bien.

Fueron días buenos. Había constantes reuniones bohemias en el edificio. Una bailarina enloquecida solía salir todas las madrugadas a gritar que se iba a morir y que ya no aguantaba más. Lo único que deseaba era que algún vecino le marcara a su ex novio con notoria preocupación, y después endilgarle la escenita a él. Todos la querían mucho.

Al término del primer mes, en que la vida en la ciudad de pronto se antojó aburrida y monótona, Nico tuvo la mejor idea de su vida. Estaba sentado en una silla, con las piernas abiertas, el torso desnudo y una cerveza oscura en la mano. Al principio, sólo miraba el piso. De pronto, levantó la cabeza y abrió los ojos desmesuradamente. Andrea y Alonso se besaban en el sillón: el mismo beso húmedo y de tres movimientos una y otra vez, como un disco rayado. Ni se cogían ni se detenían: sólo se besaban. Amaia, en cambio, estaba sentada junto a Nico y lo veía arrobada, enamoradísima, como si él fuera la representación carnal de la Belleza y el Honor.

- Vámonos a la playa. Vámonos a Maruata. Vamos a acampar a la orilla del mar.

Amaia, casi instintivamente, aplaudió emocionada.

- Qué idea tan excelente, ¡vamos! -dijo, como una niña a la que le dicen "te invito a la fábrica de dulces y a la casita particular de Santa Clós".

Andrea y Alonso, que interrumpieron el beso número 79, movieron la cabeza afirmativamente, casi sin emoción, y continuaron besándose.

Dos semanas después, los cuatro se subieron a un vocho 1992, equipados con un disco de Gustavo Cerati y los poemas de Paco Stanley, que Andrea consideraba cagadísimos.

✻✻✻

(primera parte de... varias. No sé cuántas)

jueves 5 de junio de 2008

SunYin



1.
Todos los días despertaba con la misma consigna: disimular su incapacidad para comprender a los demás. Quizá en el fondo podía, pensaba, porque no era una tarea que se le dificultara en su ciudad natal.
Aquí era diferente.
SunYin despertaba todas las mañanas con el mismo dolor indistinguible, inexplicable, que lo hacía levantarse con una modorra desesperada, y luego lo empujaba por inercia al lavabo en el baño.
Los objetos no podían hablarle, no proferían sonidos, pero encerraban cierta inflexión feliz. Como si en secreto le dijeran: te entiendo.
Así debería ser el mundo, pensaba, todo sin idiomas. Las mismas palabras aquí y allá para designar objetos genéricos.
Ka para mesa en Japón y en México. Ro para amor en el Distrito Federal y en Kioto. Así todo sería fácil, rápido, animoso. Así no despertaría con esa opresión estúpida y silenciosa que le pesaba sobre los hombros durante el día entero, mientras fingía con movimientos de cabeza afirmativos que entendía a su interlocutor.
Lo peor era cuando sí. Porque entonces se le ocurrían mil respuestas, mil caminos, mil razonamientos. Imaginaba en su cabeza, siempre en su idioma primigenio, intrincadas respuestas y argumentos que noquearían mentalmente al otro. Al imbécil de ojos agrandados que soltaba risotadas a sus espaldas y solía llamarlo taka taka cuando no estaba presente en la habitación.
Vivir así era humillante.
Por eso todas las mañanas se despertaba como si adivinara (y así era en la mayoría de los casos) el caos y tristeza que le depararía el día, como si pudiera saber -sin verlo- el dolor de saberse burlado y disminuido.
Era el jefe, pero qué podía importar: no hablaba su idioma, apenas comprendía algunos conceptos inferidos por el movimiento de las cejas o lo exhaustivo de las manos, y por lo tanto no tenía el derecho de réplica.
Permanecía apocado en su escritorio, con los ojos fijos en el monitor de la computadora, mientras observaba por los espacios del vidrio poroso los rostros siempre sonrientes, exultantes y multicolores de sus empleados.
Los subordinados.
Vivir en aquella ciudad era como vivir en un sueño. Un surrealismo sin espacio para la recreación, como estar dentro de una pesadilla que no termina ni siquiera cuando despiertas y luego vuelves a dormir. Miles de anuncios fluorescentes, con trazos irregulares y grotescos, como ensangrentados por voces distorsionadas que lanzaban peroratas continuas.
Al caminar, se le ocurría con frecuencia que el señor que vendía chicles lo estaba insultando. Maldito extranjero, o taka taka perdedor. Podía ser que no, podía ser que sólo anunciara su mercancía, pero SunYin no podía evitar pensar que en el tono del merolico había cierta protesta por su presencia. Por la presencia del intruso.
Así que caminaba temeroso, reticente, esperando que en cualquier momento apareciera un indicio lo suficientemente notorio de que debía irse. Tan rápido como le fuera posible.
Un hombre que lo asaltara, por ejemplo. SunYin esperaba lo que el resto de la ciudad temía. Caminaba con descuido por las zonas que, a su juicio, resultaban las más peligrosas (no podía saber que sólo se trataba de la periferia del conjunto de oficinas y edificios corporativos en los que transcurría su vida). Subía el elevador, rumbo a su hogar provisional, con la guardia baja: los brazos a los costados, escurridos, la mirada fija en el frente. Así parecía, según sus convencionalismos, un sujeto de asalto.
Un taka taka perdedor.

2.
No hablar.
Así había sido su vida siempre. En su cabeza no había otro recuerdo que el de la incapacidad para emitir sonidos. Sonidos articulados, en realidad, porque con frecuencia escapaban de su boca gruñidos y estertores de los que se avergonzaba. Sobre todo cuando lo hacía enfrente de cierta gente que, como reacción automática, fruncía la nariz con desaprobación.
Una muda. Una discapacitada. Un ciudadano de segunda o tercera clase.
No es que se hubiera acostumbrado con el tiempo: usar tal palabra sería un error. Más bien, era una condición que ni se aceptaba ni se rechazaba. Estaba ahí y eso era todo.
Uno no acepta ser mexicano, nacer con padres humildes, ni calzar del número cuatro. Las circunstancias en que nuestra vida está circunscrita son de raíz, y ante ellas no hay nada que pueda hacerse.
Por eso, siempre pensaba en la frase de Ortega y Gasset, “El hombre es él y su circunstancia”, que una vez vio inscrita a la entrada de una oficina pública. Ella era Inés y su indefectible circunstancia, de la que no escaparía ni con 100 años de tortura.
Podía recibir un insulto descarado y, como única arma, esgrimir una mirada asesina. Los gestos no le alcanzaban, y caer en la tentación de hacer un berrinche había dejado de ser atractiva a los 13 años.
¿Cómo saber si era bonita si no tenía a nadie a quién preguntárselo? Por lo tanto, su mundo interior era ilimitado y todopoderoso. En su silencio todo cabía, todo era interpretado a su modo, todo se recibía de acuerdo a su criterio.
Clasificar la vida no era fácil.
Lo que sucedía con más frecuencia es que estuviera en algún lugar, por caso parada en el metro camino al Zócalo, y algún sujeto la mirara con insistencia. Entonces ella pensaba que en ese trayecto podría ser cualquiera, desprenderse de su circunstancia por un momento, hacer creer que -si lo quisiera- sólo haría falta plantarse frente a él y decir “hola”. Conservaba y alargaba el momento mágico tanto como le era posible, sin engañarse con que en realidad estaba mejor así: muda.
Porque en el fondo le gustaría ser todo lo osada que sus dedos políglotas le negaban. Decir hola y saludar a quien quisiera. Cantar, incluso. A menudo se preguntaba, con esa ironía propia del que se autocompadece diariamente, cómo sería su voz si cantara.
Qué clase de cantante sería y si habría un futuro para alguien como ella.
O actuar. Algo que sí estaba a su alcance, como esa cantante ciega que no podía darse cuenta de su patetismo al comportarse con una fingida naturalidad en el escenario.
Ella podía sólo estar ahí, a cuadro, sin mirar directamente a la cámara. La instrospección sería juzgada como una actuación maestra, y en el momento de recibir la estatuilla dorada se limitaría a sonreír y asentir con la cabeza.
El mundo la adoraría.
Aunque por el momento sólo atendía su ocupación como conserje en uno de esos corporativos gigantescos sobre avenida Masaryk. Llegaba muy temprano en la mañana, en un pesero, y luego regresaba por las noches para aspirar las oficinas y lavar los baños.
En el undécimo piso siempre se encontraba con un chino silencioso. Podía alcanzar a distinguir, en el monitor plano de su computadora, una serie de símbolos ininteligibles sobre un fondo amarillo pálido. El chinito los miraba arrobado, como si buscara encontrar un significado oculto en las patas de hormiga acomodadas unas debajo de otras.
Inés siempre se sorprendía del ensimismamiento del taka taka. De su soledad, acaso. Porque aunque no era el único en la oficina (un par de mexicanos ruidosos y otro chino de mirada escrutadora), podía percibirse el aislamiento absoluto que lo envolvía.
No era difícil imaginar que el chino era un tipo inteligente y de mucho rango en la empresa. La oficina era gigantesca, dividida en innumerables cubículos antisépticos, pero su oficina estaba divida por una pared de cristal ahumado. El chino siempre lucía derrotado, sin fuerzas, con los brazos caídos, mientras miraba por la ventana el conjunto desigual de edificios, tiendas y anuncios multicolores.
Inés lo definía como anhelo.

3.
Había algo que a SunYin le gustaba: mirar el paisaje híbrido de la ciudad. El Distrito Federal no era tan distinto de Kioto: surcada por montañas, cosmopolita, efervescente en actividad cultural y política. Por otro lado, la gente marcaba algunas diferencias. Mientras aquí todo eran gritos y carcajadas, en su ciudad la gente solía ser más reservada y silenciosa.
Apreciaba el silencio. No todos los mexicanos se comportaban igual: había unos demasiado ruidosos y charlatanes, mientras que otros -los menos- exudaban una sutileza infrecuente.
Podía darse cuenta, a pesar de todo, que en la empresa predominaba la hipocresía. Todos sus empleados se dirigían a él cortésmente, pero estaba seguro que al virar la cabeza aparecía la mofa instantánea.
Por eso no era inusual que se quedara hasta la madrugada en la oficina. Le gustaba el silencio y mirar por la ventana: dicha conjunción de elementos era lo mejor de haber sido enviado desde Japón como el vicepresidente de la oficina.
Todo lo demás era secundario, accesorio. Aunque también le gustaba un poco caminar por un parque a cinco cuadras, lo mejor de su día era el momento en que la oficina se vaciaba y podía contemplar hacia fuera sin ruidos de ningún tipo.
A veces había interrupciones, como la muchacha que hacía la limpieza en la noche. Aunque era callada, y resultaba evidente que trataba de disimular su presencia, SunYin no podía evitar mirarla con algo de rabia. Interrumpía la mejor parte del día y lo peor de todo es que él no sabía las palabras exactas para pedirle que se fuera.
Así que la miraba.

4.
Sin duda la muchacha era peculiar, pero en realidad todas aquí lo eran. La recepcionista anodina del corporativo y la modelo altísima del espectacular le parecían igual de extravagantes y sorprendentes. Incluso hermosas. Para él, que estaba acostumbrado a las mujeres circunspectas y reservadas de su país.
La muchacha no era ruidosa, pero tampoco discreta. Se atrincheraba en un pasillo y pasaba la aspiradora una y otra vez, con una mirada recelosa y aguda que brincaba de un lado a otro. Podía limpiar el mismo metro cuadrado de alfombra ocho veces con tal de no perder detalle de lo que SunYin tecleaba furioso en su computadora. Por supuesto, él sabía que ella no entendía, y ella no disimulaba el hecho de que en realidad esperaba que ocurriera algo más, un incidente estrafalario, una prueba definitiva de que la diferencia entre ambas culturas era abismal.


5.
Leyó “la mirada es lo más profundo que hay” una vez, de pasada, dentro de un libro escrito por una mujer llamada igual que ella.
¿Cómo decírselo a SunYin sin voz, sin saber que él no entendería los sonidos que su boca profiriera?
¿Cómo entender, de verdad, que la mirada es lo más profundo que hay?

6.
Primero fue la mirada. Luego un choque accidental en el umbral de su oficina. Después otra mirada, diferente.
SunYin no sabe cómo acabó de rodillas en el baño de las mujeres, en el espacio reservado para minusválidos, con las piernas de la intendente enroscadas en su cuello. Sólo sabe hechos aislados: lo que toca, por ejemplo. Y a esta sensación le sucede otra: besa con sorpresa y angustia. Después percibe movimientos fascinantes, escucha ruidos entrecortados, y la vista se le nubla.
Recuerda algún proverbio japonés, pero lo desecha de inmediato. En la sensación se funde un recuerdo aislado, casi al borde de la extinción: cerezos en flor en Tokio, un paseo en bicicleta, la mano de la que habría sido su esposa. Besa con más fruición, no para alejar el pensamiento, sino para asirlo a la experiencia y volverlo indisoluble.
Está convencido de que por un momento alcanzó el paraíso. No escucha la voz de la mujer, y no lo necesita. Creyó haber escuchado palabras dispersas, pero luego comprobó que era su imaginación. No hubo frases entre ellos. Sólo miradas.
Las miradas lo habían llevado a ese lugar.

7.
Inés se da cuenta de que SunYin quiere acariciarle el cabello y no puede porque está adornado con pasadores multicolores en forma de mariposas y libélulas. Nota que SunYin sonríe. Ella quiere explicarle, y mientras lo abraza forma con los dedos las palabras, pero él no la ve, no entiende, no importaría en todo caso.

Porque la mirada es lo más profundo que hay.

jueves 28 de febrero de 2008

Todas las fiestas de Miguel Cane

Estás atado y amordazado, mientras se come tus intestinos y tus venas, las mordisquea y chupa la sangre, es un parásito que te consume todo, y no puedes hacer que se detenga. Sólo despiertas en la madrugada y lloras, y lloras y lloras hasta que crees que ya no puedes llorar más pero igual tú le sigues, porque no hay modo de parar.



Estefanía Larios, una semidiosa ataviada al estilo Jackie Kennedy va a Dallas, compara el amor con un tumor que duele en el cuerpo, en algún sitio indefinido, un dolor que pronto se convierte en el clima de la vida. O peor, porque antes “sólo ha estado dentro de ti; pero ahora estás dentro de él”. Con una intrepidez arrebatadora (casi dolorosa), y una fuerza narrativa que con justa razón ha sido elogiada a pesar de ser ésta su primera novela, Miguel Cane escribe Todas las fiestas de mañana con la certeza absoluta de que el amor y el sufrimiento se funden para al final volverse indistinguibles uno del otro.

Una historia fragmentada que revele a cuentagotas los matices y las esquinas de un secreto que encierra en sí mismo la magia del amor postergado: Luciano Reed es un crítico de cine que ama con intensidad y coraje; tanto más difícil en su caso: un joven gay en un mundo dominado por aquellos que salvaguardan las buenas costumbres y prefieren todo, dejarse matar incluso, antes que perder la compostura. En ese viaje que, en cierto modo, es su vida misma y en el puente que separa un acontecimiento de otro, Luciano se ve reflejado también en los demás: Estefanía, su amiga de siempre, su confidente y hermana; Isabelle, de belleza no tan etérea pero sí más terrenal (a ella “sientes que puedes tocarla”) y, por fin, Alejandro Almanza: el objeto de deseo impreciso y volátil cuyos sentimientos son todos ininteligibles y desconocidos, y por lo tanto más deseados y preciosos.

La novela, como es de suponerse, transcurre íntegra en fiestas. Una boda, una presentación de algo (los motivos no importan; la celebración, sí), una comida en un jardín japonés… Lugares disímbolos que contrastan entre la frivolidad y la profundidad, entre el glamour y la miseria, el amor y el desamor. Miguel Cane conoce este mundillo que se quiere elitista y que al final termina siendo vulgar y ramplón; lo describe con algo más que cinismo, sin admiración, para demostrar que en la superficie sólo está sostenido por alfileres. Para demostrar acaso que, al final, lo único que permanece son los sentimientos que se proponen ser sinceros y que se lo juegan todo por una certeza.

Plagada de referencias cinematográficas, musicales y literarias (toda una vida representada mediante metáforas y alusiones), Todas las fiestas de mañana es algo más que una novela posmoderna –lo que sea que el término signifique. Sí, retrata una generación desencantada que huye del amor con el mismo fervor con el que lo busca, una generación fundada en las apariencias y las sensaciones rápidas, una generación eternamente deprimida que quema todos sus cartuchos demasiado pronto, porque simplemente no puede esperar. Sin embargo, lo que la distingue de otras historias del estilo es el afán del autor por demostrar una tesis que es, por lo menos, en extremo passé. En este mundo sin tiempo, sin ilusiones, sin moral (el proverbial árbol que da moras), creer que el amor es la única salvación… tiene que ser ingenuo y pasado de moda. Pero no para Miguel Cane, y no para Luciano Reed, con todo y su imperfección. De hecho, el que el personaje principal sea tan temeroso, tan anticuado y tan renuente a las aventuras es lo que lo hace universal. Cualquiera podría sentirse un poco como el hombre cuyos recuerdos son capaces de provocarle una crisis nerviosa y un torrente de lágrimas y culpas que no puede acallar con nada. Porque en el fondo todos habitamos, sin cuotas y de por vida, en nuestro propio jardín de la soledad.

Si todos tus mañanas comienzan aquí, como sostiene Cane a lo largo de la obra, se está haciendo tarde para vivir una vida verdadera… Una en la que podamos elegir el amor y la forma en que queremos experimentarlo. Después de todo, las fiestas quedan para el mañana.

viernes 22 de febrero de 2008

La Pirámide Maldita -título tentativo, idóneo al rechazo editorial

Alejado de San Juan del Río, la cabecera municipal, y unido solamente por un puente tendido por encima de la autopista México-Querétaro, el barrio de la Cruz está enclavado en lo que parece un gran despeñadero –el cerro desgajado, explican luego, recortado para la construcción de la carretera.

En la comuna no hay más que algunas callejuelas miserables con empedrado, de nombres románticos como Manzanos y avenida La Cruz. Una calle serpenteada conduce a un portal cerrado con un zaguán. Después de penetrarlo, cuesta arriba, se llega a una especie de explanada algo miserable, a cuyo lado se encuentra la mítica pirámide resguardada por tiras de plástico. Se trata de una construcción exigua –no deben mediar más de 10 metros de la base a la punta– construida con toba careada (de consistencia similar al fango) y baba de nopal. En la punta hay un cuartucho que hace las veces de capilla, con una cruz en la cúpula.


Los lugareños suben cada cuando a la cima del cerro, pero por otro motivo: a un costado de este centro ceremonial, cuyos orígenes son inciertos, se encuentra una capilla católica de aspecto humilde y recatado. Fue construida en 1940 y está adornada con azulejos que retratan pasajes de la pasión de Cristo.

Los habitantes del barrio de la Cruz le rezan al “Santo Entierro”, un santito que viene de visita y ahora se despide de ellos en la convivencia. Afuera, justo frente a la puerta de la iglesia, hay una cruz enclavada. Dos niños juegan al pie.

En ese sitio exacto, hacia donde quiera que se mire, se tiene una vista panorámica del inmenso valle de San Juan del Río.

Las evidencias indican que era un sitio estratégico para los pueblos que habitaban el otrora sitio sagrado.


Una leyenda, una historia

Andrea Hernández, una lugareña de 43 años, lleva casi la mitad de su vida en el barrio de la Cruz. Mira a la pirámide como algo que se da por sentado, un objeto que ha estado ahí desde tiempos inmemoriales y cuya cercanía pronto se convierte en costumbre y hasta en motivo de tedio. Dice que las historias alrededor de la pirámide son muchas y que “jamás terminaría de contarlas”.

Sabe que la pirámide está acordonada desde el año 2000, a causa de la intervención del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Si ella está ahí, explica, es porque los niños vinieron al catecismo. Mientras lo dice, a menos de 10 metros aparece un Jetta rojo que se estaciona junto a la pirámide. Enseguida el conductor es interceptado por el policía encargado de la vigilancia, y discuten acaloradamente.

“Mi hija, por ejemplo, trajo a un amigo de Querétaro para enseñarle la pirámide y todo. Y en la puerta del caminito se encontraron con el policía y no los dejó entrar”, cuenta.

¿Por qué la reticencia?

El INAH ha hecho investigaciones constantes desde 1986, a cargo de los arqueólogos Juan Carlos Saint-Charles y Ana María Crespo, en las que se liberó y consolidó la fachada norte y sur del basamento piramidal.

“Encima del cerro está el centro ceremonial, y en la parte baja del barrio está el asentamiento propiamente dicho, como áreas habitacionales y demás. Gran parte de esta área de habitación y asentamiento prehispánico empezó a quedar bajo las casas y calles del barrio desde las décadas de los sesenta y setenta”, explica Saint-Charles.

“Es en ese sentido que hemos tenido que hacer varios rescates en algunas calles y predios de La Cruz. Cuando se hizo en 1990 la introducción del drenaje, y la colocación de empedrado en el barrio, intervenimos y en algunos puntos del barrio recuperamos ofrendas y entierros, lo cual también ocurre en algunos lotes baldíos. Uno de los más importantes fue en 1999, cuando iniciaron las excavaciones para unos cimientos de una casa habitación, y aparecieron objetos de culturas prehispánicas, como ofrendas”.

Sin embargo, algunos lugareños tienen otra historia qué contar.

Andrea Hernández revela: “Nosotros hemos encontrado toda clase de objetos, desde pipas hasta vasijas. Incluso antes nos traían de la escuela para que buscáramos en la pirámide. Hay algunos vecinos que tienen colecciones en sus casas mejores que las de cualquier museo”.

Su compañera, que no quiso revelar su nombre, concuerda con ella. Entre las dos intentan descubrir uno de los objetos más recurrentes: una especie de muñeco de barro de poca altura que aparentemente es la representación de los enterrados. Los hay de diferentes tamaños y complexiones; todos se refieren a ellos como “los monitos”.


“Pero no le digo nombres, porque si se sabe que tienen estas piezas, se las quitan. Eso es ilegal”.


Construcciones inciertas

No obstante, la versión del arqueólogo Juan Carlos Saint-Charles es diferente:

Yo conozco ese lugar desde 1986 y desde entonces no ha habido saqueo, eso sí te lo aseguro, porque yo ahí he estado. Antes de esa época no sé, pero a la fecha no ha habido saqueos. Al menos no arriba. Y la mayoría de la destrucción que tuvo el centro ceremonial fue anterior a la intervención arqueológica”.

Existe un patrón de asentamiento disperso; es decir: hay algunos lotes, algún edificio, en otro lote no hay nada, en otro sí, en otro no… Es como jugar al jueguito este de las minas. Entonces, muchas veces alguien hace alguna excavación para construir una letrina o lo que sea, y aparecen figurillas, alguna vasija. Pero en muchos de los casos nos informan y nosotros vamos”.

Aclara que desde entonces se tiene el proyecto de construir una unidad de servicios que a la larga se convierta en un museo de sitio, que sirva como centro de divulgación y exhibición de todos estos objetos. Esta unidad contemplaría una caseta de vigilancia, taquillas en su caso, bodegas de bienes culturales y de servicios sanitarios, así como una sala introductoria al edificio.

Por el momento, se ha continuado con el trabajo de laboratorio y de gabinete, que implica el análisis de los fragmentos de cerámica, de huesos, de piedras, y de todo lo que se ha encontrado en las excavaciones. También está en puerta un proyecto de documentación, que reúna todos los datos recabados en un libro, y que signifique un “cierre de cuentas”.

Pese a todo, el cerro sigue parcialmente inexplorado.

“Toda la cima del cerro de la Cruz, que son alrededor de 10 mil metros cuadrados, está construida, y son diferentes etapas de construcción y también de ocupación por parte de grupos distintos”.

Algunos habitantes del barrio creen que el cerro está hueco, pero el arqueólogo refuta esta tesis. Indica que la matriz del cerro es volcánica: cantera maciza.

“Muchas veces se habla de túneles y oquedades; a veces sí existen, como aquí en la ciudad de Querétaro, donde se dice que hay túneles por debajo, pero en realidad se trata del gran colector de aguas residuales que construían a principios del siglo. En el caso del cerro de la Cruz, sin embargo, es muy difícil que esté ahuecado”.

La edificación indica que debajo de la pirámide hay cimientos de un edificio, sobre el que se construyó la estructura. En teoría, debajo de la pirámide que se observa a simple vista, hay otra que cubría toda el área del cerro, incluso la que fue cortada para la construcción de la autopista.


Ocupaciones prehispánicas

Quizá la pregunta más obvia, y al mismo tiempo la más difícil de contestar, es la concerniente a las culturas que construyeron y ocuparon este asentamiento prehispánico.

Juan Carlos Saint-Charles admite:

“Solamente cuando se trata de asentamientos muy próximos a la época de la conquista es cuando se puede hablar de grupos en especial. Yo no me animaría ni siquiera ahora a decir que eran grupos otomíes o cualquier otro. Hay algunas evidencias, pero son precisamente las más tardías, las que son cercanas a la época de la Conquista por parte de los españoles”.

“Hemos distinguido por lo menos que hay una primera ocupación en el periodo formativo superior: estamos hablando de 500 a 100 años antes de Cristo, seguramente por grupos que comparten la tradición con grupos de Chupícuaro, cuyos asentamientos nucleares estaban en el área de Acámbaro, Guanajuato”.

“Después, en la estratigrafía y en la arquitectura, hemos apreciado que en un momento cercano al año de Cristo hubo la intrusión de grupos provenientes de la cuenca de México. Fue entonces cuando se construyó el primer basamento piramidal que rellena prácticamente todo el cerro. Hay después un vacío de ocupación, porque aparentemente el sitio fue abandonado del año 200 al 700 a.C. Los edificios quedaron en ruinas”.

“El sitio fue reocupado en el 700 ó 900 d.C., pero ahora por grupos que compartían una tradición cultural con otros que se hallaban asentados tanto en el valle del Mezquital, como en el valle de Tula”.

El arqueólogo explica que en épocas más recientes se encontraron vasijas indudablemente mexicas, pero cuyo descubrimiento no significa que los aztecas hayan ocupado la región. Podrían ser, dice, visitas esporádicas a través de los siglos.

En ocupaciones más cercanas al periodo colonial, cuyos habitantes construyeron sus casas habitación con materiales perecederos, se ha encontrado que los restos óseos presentan deformación craneana y mutilación dentaria.

Algunos lugareños creen que la pirámide solía ser un centro ceremonial dedicado a los sacrificios humanos.

Leyendas históricas y creencias populares

El único hecho reconocido por la mayoría de los habitantes de la Cruz es la leyenda “de la princesa”. Algunos dicen que era tolteca, otros que era hermana de Conin, y otros que era prima de Juan Mexixi, el primer gobernador de San Juan del Río: un indio otomí que vino desde el reino de Xilotepec a establecerse como mercader, y que llegó a un acuerdo con los españoles para fundar la ciudad.

De la princesa, poco o nada se sabe. Algunos afirman que fue enterrada, por razones desconocidas, dentro de la pirámide. También se dice que resguarda un tesoro que le dará al primer hombre que la despose.

Como nadie ha querido aceptar el reto, el fantasma de la princesa se aparece cada primero de mayo.

Las mujeres comentan:

El que sabe más de eso es don Acacio, dueño de una tienda, aunque es muy cuentero. De niño, él siempre andaba en la pirámide ayudándole a un viejito que arreglaba las bardas. Dicen que la princesa quería casarse con este viejito, pero él no quiso. A veces, por la noche, se escucha el grito de una mujer”.

Y luego uno de ellas concluye:

“Yo nunca lo he escuchado y qué bueno: dicen que se oye bien feo”.

viernes 8 de febrero de 2008

Un viernes de luto

(cuentito escrito hace años, pésimamente ideado, que no tiene ninguna similitud con la vida real. Inspirado en los Delux cuando no eran famosos y no salían en Emtiví. Todo es pura casualidad)


1. Estamos caminando a través del puente de Cinco de Febrero. No quiero pensar. Ya no quiero pensar. En la condición humana, en la insípida moral del hombre, en los medios de producción y la ética protestante, en cuán lejos estamos de nuestro destino final. Deben ser las cinco o seis de la tarde. He perdido la cuenta del tiempo. Ya no uso reloj. Desde hace unos tres meses decidí que nadie iba a medir mi tiempo y mi vida y mi hora de llegada y salida. A veces no sé ni qué día es, ni si tengo cita con el dentista o quedé de verme con Eugenia. Hoy desperté y recordé que es viernes. Sí: quedé de verme con Eugenia. Fui por ella a la facultad, esperé sentada frente a su salón, arrancando los pastos que crecen alrededor de la jardinera. Por fin es viernes. Estamos caminando a través del puente y la noche, delante de nosotras, es larga y prometedora.

No puede decirse que un viernes es propiamente un viernes si antes no ha oscurecido por completo. No puedes profundizar en las emociones venideras si los rayos anaranjados de sol aún te rozan la frente, no puedes pensar en lo que te aguarda, no puedes mirar a Eugenia y preguntarle dónde será esta vez. No sonaría auténtico.

Prefiero esperar y ahogar el tiempo comentando, superficialmente, mis deseos de ser libre de nuevo, de renunciar a las ataduras del noviazgo formal.

- No te quejes –me dice–. Ya querrás luego estar atada otra vez.

Le creo. Pero primero me digo que no con él, no así, no ahora. En la parada del autobús hay dos muchachos y una mujer esperando el camión que va para la terminal de autobuses. Me pregunto cómo será formar parte de la población flotante de esta ciudad. ¿Quién desearía estudiar aquí si es tan aburrida y mojigata y sosa? Anoche soñé que estaba en Rusia. El sueño comienza mientras yo contemplo el agua cristalina de una fuente, en Moscú. De pronto, una chica se me acerca y me pregunta de qué país vengo. México, digo orgullosa y me lleva a su casa. Nos comunicamos en inglés. Su casa es pobre y la madre carga vigas desde la cocina y las tira por el balcón. El aire frío entra y me doy cuenta de que estoy en Rusia, de que es invierno y no traje abrigo. Cuando su hermano entra, un bigotón alto y fornido, siento una soledad inmensa. Creo que es justo en ese momento que me doy cuenta de que estoy muy lejos, de que aquí todo es distinto. Eugenia escucha mi sueño, mirando por la ventanilla. Después no tenemos nada qué decir, ella y yo. Los silencios no son incómodos, sin embargo. Hemos pasado horas recargadas en el sillón de su casa, escuchando a Rick Wakeman y su Viaje al Centro de la Tierra, sin pronunciar palabra.

Pregunto a dónde vamos y quién va a tocar.

- Una banda tijuanense. Se llaman DeLujo o algo así.

La cosa es hasta la colonia Agapito, más allá de Pasteur, donde ni siquiera hay empedrado en las calles. De lujo.

Cuando bajamos del camión, empieza a lloviznar. Lo bueno es que mi sudadera tiene gorra incluida. Al principio no veo nada, salvo un coche estacionado y unos tipos recargados en él. Después salen decenas más, de quién sabe dónde. Se reproducen como una plaga. El rosa es el nuevo negro: nunca había visto a un punk con una playera rosa mexicano (¿fiucsa, me diría él?). Es extraño, como todo a esta edad. Eugenia y yo nos sentamos en la banqueta, esperando a que la tocada empiece. Me comenta que ella ya ha venido aquí, al cumpleaños de su amigo el Chiflo. Se quita los lentes, los limpia con la manga y vuelve a ponérselos.

- ¿Quieres una cerveza?

La tiendita más cercana está a una calle, pero antes tenemos que atravesar una jungla de lodo y charcos. Llegamos empapadas. Eugenia saca dos latas de Modelo del refrigerador y las paga. Yo espero frente al estante de Marinela, incapaz de decirle que a mí no se me antoja una cerveza helada, que yo tengo hambre y preferiría unos Platívolos. Pero no. Qué mal me vería, a punto de entrar al Gran Concierto De Lujo (literalmente), con mi bolsita de galletas en la mano. Lo ideal es mantener la compostura. La tienda tiene una de esas campanitas que suenan cada vez que alguien entra. Una bola de amigos, cada uno cargando un cartón de cerveza, se divierte cruzando el umbral una y otra vez, provocando un campaneo insoportable. El viejo que atiende les dice que vayan a hacerse pendejos a otra parte. Eugenia y yo nos reímos y regresamos a la banqueta, ella saboreando su cerveza y yo dándole traguitos minúsculos, hasta que eventualmente se quema y tengo que tirarla en un poste sin que Euge me vea. La llovizna se convierte en una lluvia sucia y fría.

- ¿De veras puedo quedarme a dormir en tu casa? ¿No se enoja tu mamá?

Eugenia niega con la cabeza. Ni se va a dar cuenta, me dice. Qué alivio. Le dije a mi mamá que me iba a quedar a dormir con Andrea, mi prima. Ya mañana en la mañana le hablaré por teléfono para explicarle la movida y suplicarle que no me acuse después.

Llega una camioneta negra, de lujo. Es la camioneta de DeLujo.

- Se llaman DeLux –aclara un puberto insulso, al lado de nosotras, y se acomoda su gorra de camionero que le abarca toda la cabeza y se le resbala hasta las cejas.

De la camioneta sale un tipo altísimo, con una gorra similar a la del imberbe que nos ha iluminado con su sabiduría. Detrás de él le siguen un gordo pelón, un tipo de lentes, un flaco que no está nada mal y unos señores cargando cables y triques, o sea su staff. Todo es de lujo.

Uno pensaría que la famosa tocada está por comenzar, pero no. Todos se arremolinan junto a la entrada del local y yo pienso, mientras permanezco detrás de Eugenia, que si la entrada no sale en veinticinco pesos, como decía en el volante, yo ya valí. Sólo traigo un billete de cincuenta. Lo suficiente para la entrada, el camión de mañana y quizás un vaso de cerveza. Más no pago.

Pasan unos minutos interminables que, bajo la lluvia, nos parecen horas. Si yo ni conozco a estos desgraciados DeLux y aquí me estoy mojando de a gratis, nomás por verlos. Ni siquiera me gusta el punk. Me siento como una intrusa, frente a sus calcetines de rayitas y sus pulseras con picos y sus cinturones de estoperoles y yo que parezco que estoy lista para mi examen de admisión. Si hubiera etiqueta rigurosa para esta clase de eventos, definitivamente yo me quedaría afuera, dibujando monitos con el dedo sobre el lodo mojado.

¡Ni que fueran Led Zepellin!, grita un tipo, al final de la fila, iracundo y empapado. Todos lo estamos. Por fin abren la reja de fierro. Las mismas caras de siempre. Se sienten los promotores de conciertos de toda la maldita ciudad. No lo entiendo. ¿Ganarán algo o lo harán nada más por el deleite de cobrarnos la entrada y las cervezas, para sentirse importantes? Todos son fresitas del Tec de Monterrey que, claro, pueden gastarse todo su domingo en discos originales de MixUp y encima pasearse por la ciudad en los coches que les regalaron por su cumpleaños dieciocho y aparecerse por manadas en el cine, haciendo escándalo antes de entrar a la sala y tirando palomitas si la película no les gustó. Los odio. Están en todas partes: caminando agarrados de la mano en el centro, manejando a todo lo que da por el boulevard Bernardo Quintana, gastándose su sábado en una interminable juerga que abarca todos los antros y bares de la ciudad. Pululan. Son la verdadera epidemia de la ciudad, del país, del mundo. Son bichos y nadie los aplasta ni les echa insecticida. Incomprensible.

- Son veinticinco –me dice la pelirroja, arete en la nariz, delineador negro alrededor de sus ojos de sapo reverdecido y esa pinta de “nací con varo, pero me sublevo” y entonces me extiende su fina mano, abrazada por mil y un colguijes, por pulseras carísimas y reloj de marca. Siempre la veo. En todas las fiestas y tocadas permanece en un rincón, abrazada de su novio. Al principio. Cuando se le suben las cervezas se pasea alrededor del lugar, sin soltar al tipo que, de no ser por esos ojos inyectados y rojos, como si estuviera en perpetuo estado de narcosis, me parecería ligeramente atractivo.

Le pago. Adentro hace un calor insoportable. El espacio es pequeño: un polígono rectangular, sin esquinas, sin recovecos, sin una maldita puerta que sugiera la entrada a un baño. No. Si tienes ganas y las cervezas te hacen efecto –como seguramente sucederá–, tendrás que orinar afuera, junto a un poste, procurando que nadie te vea. Y de seguro alguien te verá. La ley de Murphy y esa mala suerte con que ciertas personas nacen, supongo.

El calor es inhumano. El aire, viciado. La gente ha empezado a exhalar e inhalar y llenar el ambiente de vapor y de humo. Porque fuman. No les importa que estemos atrapados, sin ventilaciones ni termostato. Fuman. Eugenia no dice nada. Se limpia los lentes, que se han empañado, y mete las manos a los bolsillos de su pantalón. Cuando no tiene nada qué decir ni qué agregar, usualmente hace eso. Eso y simular que chifla, mientras hace bizcos con los ojos y me mira como esperando a que yo diga algo, a que salve la situación. Pero yo tampoco tengo nada que decir y antes al contrario, empiezo a preguntarme qué hago aquí. Iban a pasar El Planeta de los Simios en el cinco. Versión original. Mejor me hubiera quedado a verla. Calientita en mi cama, comiendo palomitas, sin que nadie me moleste. Y en lugar de eso, estoy aquí, empapada y acalorada, confundiendo el sudor de mi espalda con gotas de lluvia que han resbalado por el cuello de mi sudadera. Los mismos de siempre. Las mismas caras. No sé sus nombres, ni su edad, ni a qué se dedican o qué hacen de su vida, pero los veo siempre, cada viernes, en todas las fiestas y todas las tocadas. De seguro ellos olvidan mi rostro un segundo después de verme, no importa si es la tercera, la cuarta o la quincuagésima vez que nos atravesamos. Así es esto.

Lo malo de no tener reloj es que no puedes mirar tu muñeca y hacer como que estás muy molesta porque la tocada no empieza. Sólo puedes tamborilear tu pie contra el piso, y sin embargo esto puede confundirse con un rítmico movimiento provocado por la música que pusieron, para confundir a los presentes y hacerles creer que ya van a tocar las bandas. Veamos. ‘Colchoneta’. He visto a esa banda como mil veces. Ya hasta me sé sus canciones de memoria. “Que si voy caminando por las calles de esta ciudad, que si toda la gente es igual”. Aburridos. Pero claro. Son muchachos bien, del Tec, todos ellos guapos y misteriosos y virtuosos en sus respectivos instrumentos. Antes me gustaba el baterista. Pero luego cayó de mi gracia, por algún misterioso motivo. El que canta es el líder y, por supuesto, tiene su legado de admiradoras. El guitarrista es un monote de casi dos metros y su novia es una hippiosa de pelos verdes que baila arrebatada mientras tocan, como si su música fuera un canto místico y espiritual. Les sigue ‘Lado A’. Se creen que tienen una calidad interpretativa inigualable y la verdad es que el vocalista balbucea las palabras y al final uno no sabe si la canción se trató de un amor de secundaria o de la insoportable levedad del ser. Pero no creo que sean tan profundos, de todos modos. La última banda -aparte de los lujosísimos DeLux- es ‘Truck’ y la verdad es que yo no puedo respetar a unos tipos que se hacen llamar camión y cuyas canciones no tienen letra, según ellos porque son instrumentales, pero la verdad es que no han conseguido a alguien que le dé al micrófono. Se supone que después de todo eso va a tocar DeLux. Trajeron su mercancía: gorras con el logotipo (¿un anillo de oro? Por favor), pins, playeras y tazas. Parece que estamos en Reino Aventura. No entiendo cómo es que pueden proclamar por todo lo alto ser ‘unos anarquistas’ (sic) y luego caigan en la tentación de vender baratijas. Incomprensible.

Eugenia rompe el hielo diciendo que esto va para largo. ¡No!, ¿apenas te vas dando cuenta? Se nos acercan unos tipos, chorreando agua de la ropa. Que vienen de Celaya, que sólo quieren ver a DeLux y que como lo más seguro es que salgan hasta el último, a ellos se les va ir su camión. Que si no les podemos dar alojo. Uy, no. Qué lástima y discúlpame, pero no; de hecho nosotras venimos de Hidalgo y nos vamos a quedar con la prima Clotilde y ustedes ya no caben. De veras qué lástima.

Se ve que son buena onda. Como que les gusta Querétaro, dice uno y yo no puedo dejar de pensar en cuán equivocados están. Si vivieran aquí, no les gustaría tanto. Pero no puedo decírselos, porque se supone que somos de Hidalgo.

- ¿Y de qué parte?

Pues de Hidalgo, ¿qué más datos quieren? En este momento no puedo recordar que Pachuca es la capital del estado y permanezco muda, esperando que Eugenia arregle la situación con sus chistes malos y su chiflido falso y sus ojos bizcos. Nos invitan una cerveza; ella acepta gustosa, yo me resigno. Pero hace calor y me la tomo. Luego se van, porque la plática es de veras monótona.

No hay dónde sentarse. Permanecemos de pie, escuchando por enésima vez la canción de la ciudad y de la gente que siempre es igual y los de Colchoneta no parecen percatarse de que ya todos estamos hartos de ellos y de su música. Hagan nuevas canciones, ¿pues qué es tan difícil? Además, con la lluvia afuera, difícilmente puede distinguirse una vaga melodía. Le confieso a Eugenia que ya me aburrí. Ella está de acuerdo, porque a ella sólo le gusta ‘Truck’ y es que su amigo el Chiflo toca ahí.

- ¿Pues qué hacemos? ¿Otra cerveza?

Siempre y cuando ella la pague, por supuesto. Camino a la barra, nos topamos con Humberto y su amigo el gordo. ¿Cómo puedes saber el nombre del gordo si siempre está junto a Humberto, que debe ser el hombre más apuesto de toda la ciudad? Por fortuna tomó una clase con Eugenia y le cae bien. Nos saluda y sonríe a todo lo que da. Luego habla. Mejor debería permanecer callado. Su voz es chillona e infantil, y además dice cosas doblemente infantiles. Pero no importa mucho, porque una vez que cierra la boca pueden contemplarse esos ojos verdes y perdidos y los caireles que le rozan el mentón, sin pensar en la sarta de sandeces que acaba de proferir. Ellos terminan pagando las cervezas.

- ¿Quieren salir? Aquí ya está insoportable.

Ya no llueve tanto. Salimos y, para mí, el frío es igual de insoportable. Hablamos de la prepa, de esos tiempos aquellos y del maestro Aquiles y su eterna tacita de café. De los extemporáneos y los talleres, del examen de Física II y de qué buenas estaban las tortas de la cafetería. La añoranza de tiempos que, solamente ahora, nos parecen mejores. La universidad no es lo mismo. Puedes cursarla toda sin la necesidad de un verdadero amigo. Supongo que aún estamos demasiado melancólicos respecto a la preparatoria, habiéndola abandonado apenas un año atrás. Aún no asimilamos que todas esos rostros, desde los más vagos hasta lo más matados, ahora se encuentran repartidos en todas las facultades, o en trabajos de medio tiempo, o en sus casas, esperando a que algo suceda y los despierte del eterno aletargamiento en el que sus vidas se han convertido.

Durante todo el número de ‘Lado A’ no hacemos otra cosa que platicar sobre películas. A ellos les encantan las de acción; a Eugenia le aburre cualquier género y yo prefiero decir que sí a todo. Ésta: buenísima. La otra: aún mejor. Aquélla: un clásico. Así no van a pensar que soy una payasa o una pedante, como suele suceder.

No sé si son las cervezas, el frío de afuera o el ambiente sofocante de adentro, pero me parece que Humberto está más cariñoso que de costumbre con Eugenia. Se ríe de sus chistes malos y ambos sueltan sonoras e irritantes carcajadas a la menor oportunidad. El gordo –que se llama Juan Carlos, según acabo de escuchar– permanece inmóvil, con una sonrisita críptica pegada a la jeta, que me pone de nervios. Nos rolamos una caguama de Sol que Humberto sacó de su coche y así nos la pasamos, en abierta fraternidad y humana solidaridad.

Antes de advertirlo, el Chiflo se nos ha unido. No aporta nada, pero igual reímos. A veces ni siquiera alcanzo a escuchar, pero igual me muestro divertida, como si en mi mundo no hubiera nada más importante que el aquí y ahora, y no una bola de simios educados y segregacionistas. Y su planeta del futuro.

De esta manera descubro que el Chiflo vive justo al lado del polígono deforme y sin baños que hace las veces de foro musical. Entonces le pido que por favor, ¡por favor!, me deje entrar a su baño. Muy amable me dice que sí y hasta me acompaña. Su mamá está en la cocina haciendo gorditas y me comenta de pasada que ya está acostumbrada al ruidazo de “estas pinches tocadas”, como ella las describe. Cuando salgo, no veo ni al Chiflo ni a la señora y me embeleso observando recuerditos de quince años y bodas, en los jugueteros de la sala. De pronto siento una mirada pesada sobre mí; lo sé aún estando de espaldas a quien me mira. Es Lorenzo.

Debe haber notado mi mueca de sorpresa, pues en seguida me explica que él es hermano del Chiflo.

- ¿No lo sabías?

No. No lo sabía. Me pregunta por qué no me he aparecido en el taller de cine.

- He estado muy ocupada –le miento.

Dice que la otra vez vieron ‘One Flew Over the Cuckoo’s Nest’ y que todavía está shockeado. Me maldigo por dentro y procuro cambiar el curso de la conversación: una trivialidad no puede hacerme sentir doblegada. Aún no proceso la información que acabo de recibir. Los atrapados sin salida y Lorenzo hermano del Chiflo. No se parecen nada... ¿Y él quién carajos es para saber más que yo? No me queda otra opción más que emprender la graciosa huida. Es mi recurso predilecto en situaciones como ésta.

- Voy a buscar a Eugenia.

Huyo. Lorenzo frunce el ceño –supongo– y permanece recargado en la pared, demasiado intelectual, demasiado digno como para darse una vuelta por la tocada. Como salgo dando tumbos, en el patio tropiezo con una maceta y la tiro. No se rompe, para mi fortuna, pero la tierra mojada se esparce por el piso. Me agacho y la recojo con las manos y luego arrastro la tierra que queda con el pie. Es un desastre. Junto a la reja están los amigos de Catalina, la hermana del Chiflo y –apenas lo descubro– de Lorenzo también. Me miran en complicidad y, con un gesto cómico y patético a la vez, les ruego que no digan nada.

Afuera Eugenia sigue charlando con Humberto y el gordo y descubro que se entretienen entrando y saliendo del rectángulo, puesto que los lentes de Eugenia se empañan y desempañan con una rapidez asombrosa. Y les da risa. Yo también quiero ver. Después de tres veces, el juego se torna aburrido. El gordo propone retirarse en cuanto antes y ‘caerle a una fiesta en la Burócrata’. Eugenia acepta y no me queda más remedio que hacer lo mismo. Y su celular suena. Es Maribel, hablando desde un bar de mala muerte, exigiendo que la acompañemos en su borrachera. Pero ingenua he de ser. Apenas me doy cuenta de que Eugenia está borracha también y no articula ninguna idea y ninguna frase. No sabe cómo responderle. No sabe cómo colgarle. Le arrebato el celular y hablo con Maribel.

- Estamos Yajaira y yo en una cantina por la Cruz, ¿no quieren venir? –me dice.

No. No queremos ir. Le propongo en cambio que ellas vengan, que nos veremos en la Burócrata en media hora. A regañadientes acepta. Doblo el aparato por la mitad. Los teléfonos celulares son curiosos. Este, particularmente.

Eugenia me mira con los ojos inyectados. Explico brevemente la situación. Caminamos hacia el coche de Humberto, estacionado cerca de la tiendita de la campana. El gordo va a manejar. Pues lo que sea. Humberto y Eugenia atrás, hablando de bajos y cellos, de la banda tal y el concierto fulano; mientras el gordo mantiene la vista pegada a la carretera y yo asumo el inútil papel de copiloto. Me siento incómoda, pero lo oculto. Me río, aunque no digan nada. Soy condescendiente y a todo digo que sí y todo me parece gracioso: la vida es un carnaval y de todos modos algún día moriremos.

El gordo es un auténtico cafre. Casi nos estrellamos por el Circuito Moisés Solana. Otros cafres, no menos enjundiosos, le metían al acelerador con el mismo ímpetu que el maldito gordo. Pero la libra y no hacemos más que reír. Yo, por dentro, estoy al borde del colapso nervioso: los miro con rabia, con las encías brillantes y los ojos achicados, soltando unas carcajadotas estúpidas y atroces. ¿Cómo pueden reírse, si casi se parten su mandarina en gajos? ¿Qué no ven que en esta vida todo es pasajero y efímero, que la vida misma es un cristal frágil que se rompe a la menor oportunidad? Pero me río, qué más da.

El gordo da vueltas, Humberto le indica alguna dirección y llegamos a una callecita empinada. Estoy a punto de bajarme, cuando el gordo se me adelanta y me dice por la ventanilla que aquí no es. Aquí son las chelas clandestinas, faltaba más.

Regresa con dos caguamas Indio bien frías. Las acomodo en mi regazo y a los dos segundos ya estoy tiritando. Malditas cervezas heladas, pienso, y este pensamiento ocioso y negativo me produce una calma enternecedora, como si súbitamente yo fuera superior a ellos, como si a mí las chelas me hicieran lo que el viento a Juárez y la adolescencia no fuera más que un paréntesis que he de recorrer por la sola y absurda razón de que el cuerpo humano se compone de fases. En lo que a mí concierne, pueden tragárselas todas y terminar en el hospital por congestión alcohólica. No me importa un carajo.

La casa de la supuesta fiesta está dos cuadras adelante. La reja está abierta, así que nos metemos con toda la naturalidad del mundo. Desértico. La sala, a oscuras. La música, nuestra respiración. Aparece la anfitriona con cara de pocos amigos, pero esforzándose por sonreírnos. Entiendo. Sus papás están de viaje o una mafufada por el estilo: toda la casa es suya. Escucho voces desde la cocina, pero evidentemente no me atrevo a hacer acto de presencia y saludarlos. Después de todo, no soy más que una gorrona más. Nos sentamos en los sillones de la sala: de esos de madera que tienen cojines de tela encima, al estilo rústico. Eugenia no ha dicho palabra y hasta me preocupo. O se le bajó o para ahorita anda de lo más briaga. En la mesa hay nueces. Abrimos la primera caguama y la rolamos. No hay música. Sólo nosotros (la anfitriona ha desparecido de nuevo). El gordo aplasta una nuez con su zapato y me la ofrece. Sí, gracias. Con el hambre que tengo, hasta una triste nuez es bienvenida. Humberto rompe una con sus dientes y en fin, que nos la pasamos tomando chela y comiendo nueces, sentados en los silloncitos rústicos y hablando de naderías. Me imagino que estamos en una de esas películas setenteras de vedettes y cabarets, con galanes estilo Mauricio Garcés tomándose una copita de coñac al ritmo de una rola de Napoleón. Bohemísimo. Charolas de tecate y manteles de cuadritos. Señoras que bailan pegaditas a un viejo panzón y patilludo. Humberto que le toma la mano a Eugenia y yo que no lo creo. Me parece que sólo esperan a que el gordo y yo desaparezcamos para que ellos hagan lo suyo y básicamente lo suyo sería fajar durante un buen rato. Voy al baño. El pasillo conduce a la cocina y veo siluetas de hombres sentados en una mesa, con la anfitriona como pieza principal, exhibiendo sus encantos y celebrando lo que aquellos digan. El baño, un cuartito debajo de la escalera. Trapeadores, cubetas y productos de limpieza: por lo que veo nadie debe usar este baño. Es una vil bodega.

Una vez terminados los menesteres propios del lugar, me dispongo a abrir la puerta. Y sucede que está atorada. La empujo, la pateo y me pongo histérica. La anfitriona por fin se acerca y me dice desde el otro lado que tengo que girar la perilla en la dirección contraria. Pero yo en mi desesperación no escucho nada y sigo con mi empujadera. Lo repite. Y casi lo grita. Por fin capto y logro salir. Los de la cocina se ríen. Que se ríen, se burlan. Es obvio. Digo, la torpeza se me da. No hay por qué negarlo.

El gordo me espera, por alguna razón. Su rictus entero se ha transformado en una perenne sonrisa estúpida y sus ojos en dos canicas amaestradas que vigilan cualquier movimiento mío. Que si tengo novio. , le contesto. Ah, no lo sabía. Pues ya lo sabes. ¿Quién es? No lo conoces. ¿Qué tal que sí? Lo dudo. Pruébame. ¿Qué te pruebo? A ver si lo conozco. Te digo que no. Ándale. Pues se llama Armando y tiene una tienda de artesanías en el centro. Ah no, no lo conozco. Te dije. ¿Y lo quieres mucho? Y a ti qué te importa. Sí me importa. ¿Y por qué chihuahuas te importa? No, nomás preguntaba. Pues no preguntes. Oye, ¿y por qué eres así? ¿Así cómo? Como mala onda. ¿Mamona? ¡No!, no quise decir eso. ¿Entonces qué quisiste decir? Pues que eres medio… medio difícil. Chingá, ¿y cómo quieres que sea? (esto no lo dije, pero lo pensé). Pero también eres como muy interesante. Pues gracias. De qué. Va. ¿Y luego? ¿Y luego qué? Pasó un borrego. Ah. ¿Ya te aburriste? ¿Qué, se me nota? Algo. Pues mejor. ¿Dónde vives? En mi casa. No, ¿pero en dónde? ¿Y para qué quieres saber? Por si tengo que llevarte. No, gracias. En serio. Que no. Bueno. Voy al baño. ¿Otra vez? La chela me hace daño. Sale, va.

Me levanto. El gordo es una plasta, encima de todo. Mi plan es permanecer en el baño unos buenos quince minutos y luego decirle muy sutilmente a Eugenia que “ya es muy tarde”, a ver si capta el mensaje. Pero antes de llegar al pasillo, su celular suena. Como sé que su condición es deplorable, corro hacia ella y lo contesto yo. Es Maribel. Que dónde está la casa. Pues no sé. Le pregunto a Humberto y luego a la anfitriona y todos terminan diciendo que es la calle tal, número tal, como si la fiesta estuviera de veras animada como para traer más gente. Ingenuos.

Prefiero esperar a Maribel y a su amiga Yajaira afuera, en la calle. Suena de nuevo el celular (decidí cargarlo yo). ¿Dónde estás?, pregunta. En la calle, contesto. Yo también, replica. No la veo. En cambio, noto un grupo que se aproxima hacia mí. Ten cuidado, le advierto. Parecen una bola de chacos, caminen con cuidado. -Yo no veo a nadie. -Están aquí enfrente de mí, insisto. Cuando decido meterme de nuevo a la casa, advierto que el grupo de chacos son en realidad Maribel y Yajaira… caminando con unos chacos, amigos de la última.

-Ah, son ustedes. -Ah, esa eres tú; debí reconocer esos cabellos parados. -Gracias por el cumplido. -De qué.

Maribel me abraza en cuanto me ve. ¡Cuánto tiempo, qué milagrazo, estás cambiadísima…! Yajaira se ríe de lado y el piercing de su labio se tuerce de un modo que me parece, honestamente, repugnante. Los chacos permanecen atrás, y me saludan levantando la ceja. Hago lo mismo. En eso estamos cuando Eugenia emerge de la reja, alardeando del regocijo que le provoca ver a Maribel de nuevo. Antes de acercarse a ella y abrazarla, sin embargo, vomita sin remedio sobre la banqueta. Uno de los chacos, obeso como costal relleno de papas y tatuado como postal navideña, suelta una ruidosa carcajada que, lejos de parecerme hilarante, me pone en un ánimo francamente iracundo. Tomo la ofensa como propia, aún cuando Eugenia trastabilla y se disculpa con grotescas risotadas. Maribel suelta un comentario cómico y la situación se relaja un poco, pero yo no puedo dejar de mirar con odio al chaco barrigón. Entro a la casa, voy al baño y saco un trapeador, procurando por supuesto que la anfitriona no se dé cuenta. En el patio hay una cubeta con agua y la arrojo hacia la vomitada, empujando los restos con el trapeador. El obeso sigue con su batea de babas. ¡Qué asco!, dice, y entonces sí me prendo. No te hagas el digno, chaco de mierda. Me mira asombrado. Yo misma estoy asombrada. Lo dije más para mí y, sin embargo, el aludido alcanzó a escucharlo. Qué satisfacción. Qué ganas de ser así más seguido.

Cuando entro de nuevo, Humberto está completamente dormido en el sillón y el gordo tomándose los restos de las caguamas, sin inmutarse. Escucho las voces de Eugenia, Maribel y Yajaira, que están en el baño. Me acerco. Euge, en cuclillas, le explica a Maribel que “no está borracha, sino ligeramente mareada”. Yajaira, para variar, se ríe entre dientes y torna los ojos cuajados de maquillaje hacia el techo. Me acerco. Eugenia parece consolarse sólo de verme. Dile que no estoy borracha, me ordena. Antes de abrir la boca, por un reflejo, volteo hacia la cocina. Y ahí está. Lo miro absolutamente anonadada. ¿Qué hace él aquí? Sólo estoy mareadona. ¿Cómo no lo vi antes? Ayúdame a levantarme. ¿Me habrá visto? ¿Y tú me estás escuchando? La tomo de los brazos, sin despegar la vista de la cocina. Erguido y con la cabeza en alto parece mucho mayor, exhalando humo de tabaco y observando a la anfitriona que le dice cosas al oído. Esboza una sonrisita, que juzgo cínica, y se recarga de nuevo sobre la silla. No me ha visto, estoy casi segura.

- ¡Es que ya se descubrió el pastel! –sentencia Maribel, mientras saca unos pañuelos desechables de su bolsa.

- No digas sandeces –dice Yajaira y me doy cuenta de que es la primera vez que abre la boca en toda la noche.

- ¿Cuál pastel?

Que la mamá de Eugenia ha estado hablando a casa de Maribel, por horas. Que dónde están. ¿Acaso no iban a quedarse a dormir todas en el mismo lugar? -El celular está apagado. -No es cierto, lo traigo yo. -Entonces la vieja miente (me lo dice con voz queda, para que Euge, ahora sentada en el excusado, no escuche nuestra conversación). -Pues yo no sé. -Pues yo tampoco. Eugenia se levanta torpemente y exige una explicación al descarado secretío. -Tu mamá ya te cachó. -No inventes. -No invento. -En serio, no inventa. -¿Y ahora?

- Llamen un taxi –propone Yajaira, con fastidio. Luego se mira las uñas pintadas de negro y se saca la mugre metida, silbando y arqueando las cejas.

Eugenia se rehúsa, pero Maribel la convence. Yo, mientras tanto, sigo embelesada observando anónimamente a quien tantas veces recogió mi víscera cardiaca del suelo, la sanó y luego la mató; la sanó y la mató, la sanó y la mató…

- ¿Qué ves? –pregunta Eugenia, siempre al tanto de mis reacciones.

Cierro los ojos. De pronto, el mundo ha dejado de girar en torno al viernes, a este viernes. Advierto mi posición en este mundo, mi nimia importancia, la inexistencia de lo divino, la sinrazón de la vida. Todos los viernes salgo en busca de una aventura: a veces lo logro, a veces no. Hay noches en las que termino durmiendo en el jardín de un tipo que acabo de conocer, aferrándome a la creencia de que así es la adolescencia, de que así es como debe ser. Hay noches en las que termino completamente borracha y deprimida, llorando en un rincón, reprendiéndome por mi ausencia de carácter. Todos los viernes busco una fiesta, una tocada, una reunión, lo que sea. Y todos los viernes, en algún punto de la noche, comienzo a hacerme las mismas preguntas. ¿Qué hago aquí? ¿Quién soy yo? ¿Por qué no me quedé en casa haciendo otra cosa? Encuentro la lucidez más absoluta en medio de un estado etílico. O... No sé divertirme. Quizás ésa sea la respuesta. Me engaño y me digo que hoy será diferente. Que no tengo por qué ver a Armando, que él lo entenderá. Me zafo de sus abrazos y de sus besos ensalivados, conteniendo la ira y el asco, obligándome a sentir algo. A ser normal. Espero a Eugenia todos los viernes, prometiéndole que esta noche ambas alcanzaremos el clímax al unísono. Y luego ella ríe y baila, se pasea alrededor del lugar y yo no hago más que hundirme en mi rincón, envidiando esa capacidad que tiene ella de desconectarse del mundo entero, de ignorar lastre alguno.

- Nada –le digo–. No es nada.

Maribel ha hablado a dos taxis de sitio. Ahora están esperando en la calle. No nos despedimos de la anfitriona, ni de Humberto, ni del gordo, ni de él. No sé por qué, pero de pronto tengo la sensación de que ya sabe que estoy aquí. Puede sentirme, de la misma forma en que yo lo siento a él. Y no hago nada al respecto. No hago nada porque, cuando pude hacerlo antes, me quedé de brazos cruzados. Ya es tarde.

Antes de tomar su taxi, Eugenia tropieza y cae de rodillas frente a la puerta. El taxista la ayuda y yo le prometo que le hablaré, que va a estar bien, le digo que no tenga miedo. Conozco su mirada: sabe lo que la espera. Sabe de los regaños, sabe de la infamia, de la humillación y el castigo que la esperan. Sabe de todo eso y de otra cosa más, que yo intento ignorar: la he traicionado. Me ha rogado miles de veces que no vuelva a caer, que no la deje nunca, que no la traicione. No lo dice pero, es evidente, no esperaba que yo me largara con Maribel y su amiga Yajaira. Suena trivial, pero encierra las terribles paradojas de la amistad. He roto un pacto que juramos sólido e inquebrantable. Me voy con alguien más. La dejo sola, la entrego a las huestes enemigas.

- No te preocupes –murmura Maribel, mirándome de frente– Todo está bien.

Todo está bien. Enorme consuelo. Las sigo, ¿qué otra cosa me queda? El mundo es tan efímero, tan inexplicable y absurdo que... las sigo. Voy detrás de ellas. Maribel toma el control de la situación y Yajaira me mira como su subordinada. Estoy a sus órdenes: haré lo que digan, me dejaré guiar por su palabra. Abordamos el taxi. Ha llegado el punto en que tomo conciencia de mí misma, en que dejo caer una risotada y luego me torno melancólica mientras miro por la ventanilla. La ciudad es tan pequeña, pero la gente me parece tan grande e inescrutable... No pregunto por los chacos; me alegro de que no nos sigan. No pregunto por Eugenia; me alegro de que no esté aquí. Me alegro de no tener que cuidarla, aunque nunca tenga la obligación de hacerlo; me alegro de que su noche se haya acabado ya y la mía apenas comience.

- ¿A dónde vamos?

A una fiesta.

- ¿Quién se murió? –pregunta Yajaira clavando sus ojos en los míos.

No entiendo.

- Parece que vienes de luto.

Ahora lo entiendo. Mantengo viva la ilusión de que no estamos solos en el microcosmos, de que no sólo somos organismos pluricelulares que nacen, se reproducen y mueren. En polvo eres y en polvo te convertirás. Ahora lo entiendo: todos los viernes... son viernes de luto.

lunes 28 de enero de 2008

Discovery


Un artículo escrito por la periodista inglesa Rebecca Atkison para el periódico The Guardian. La columna se llama "Losing sight, still looking", en referencia a una condición diagnosticada en la adolescencia: "te harás ciega gradualmente; puede ser en un año o en veinte".

Llegué hasta ella a través de una serie de eventos circunstanciales. El principal: fue novia de Nick Nyro, un DJ inglés que me envió los mejores "mix tapes" (cedés, en realidad) que he recibido en mi vida.

The infant months of a relationship are imbued with discovery. You're Christopher Columbus and your lover is a map of the world. Each time you meet, you notice new islands of moles among the waves of blue and green ink as you snuggle into the folds of their tattooed skin. Each time they speak, things you've never heard before emanate from their mouth; and each time they laugh, the muscles in their face move to form new shapes and expressions under their skin.

You lie awake together at night, learning new things: how they ran away from home in 1982 and didn't return until 1987, and how they once galloped through a field in the dark with their pockets stuffed with squealing baby guinea pigs, liberated in the name of animal rights.

At the end of your three-month voyage of discovery, you either don't like what you've found and set off for more bountiful shores; or, like me, you find they've colonised your heart, but you can't spit out the three sticky little words that you want to say through fear that it's just too early to share them.

But then one sunny morning in July, I was in a building when a bus blew up outside. The fragility of human life lay before me on the road. That night I went to tat man's high rise, sailed up in the lift and let the suppressed 'I love you' escape from my mouth. Life suddenly felt too short not to.


miércoles 24 de octubre de 2007

Los extremos de la noche

Joaquín la miró dormirse. Estaban en un hotel en la Roma, era ya de madrugada y la habitación olía a plástico quemado. Esto lo desconcertó: creyó haber notado un olor a viejo apenas abrieron la puerta, pero la sensación se evaporó casi inmediatamente.

De súbito, sin que ningún factor importante incidiera en ello, recordó la primera vez que se acostó con alguien. La sensación fue vívida y precisa. Tuvo en la punta de la nariz el olor a látex de los condones y luego el golpe, entre salado y amargo, del sexo una vez que lo tuvo abierto frente a sus ojos.

Después le dieron ganas de llorar. Con este recuerdo vinieron otros, más antiguos. Lo primero fue una calle larga y angosta; estaba desierta y llena de basura. Después la reja de la preparatoria y algunos rostros amigables de antaño. Sintió que los ojos se le aguaban y entonces un estado de beatitud lo envolvió desde la punta de los pies hasta la frente. Hacía calor. Pero se dijo que si podía recordar todo eso y verse en aquella situación entre incómoda y molesta de no poder lograr una erección, no todo estaba perdido. Todavía tenía algunos escrúpulos y un poco de decencia, si es que eso importaba un poco.

De los recuerdos ligados llegó al momento en que conoció a la chica que dormía plácidamente a su lado. La miró una vez más y se le ocurrió de repente que era una desconocida: dormida, ajena, fue como si ese rostro al que se había acostumbrado en los últimos meses no fuera más que la careta de alguien totalmente extraño. Se sintió incómodo; situación que aumentó cuando reparó en que los pies de ella sobresalían de la cama. Había poca luz (apenas una lámpara de la avenida que arrojaba un haz directo a su almohada) y tuvo que entrecerrar los ojos para admirar mejor aquello. No cabía duda: Argelia tenía unos pies tan enormes que no cabían en el colchón. Le pareció un poco cómico, y quizá un poco aterrador también, nunca haberse dado cuenta de ese detalle. Tantas veces habían dormido juntos, incluso en circunstancias totalmente favorables, y sin embargo él nunca había notado que su amante tenía unos pies desmedidamente grandes.

- Jodidamente grandes –corrigió con un hilo de voz.

Continuó mirándola en la penumbra. Tenía el cabello muy fino, como fideítos quebradizos. La nariz afilada, pero respingada en la punta: eso fue lo primero que llamó su atención. Con algo de suerte podían observarse los vellos en las mucosas y a Joaquín eso le parecía excitante (un fetiche oculto, le dijo un amigo alguna vez). Los labios eran la mejor parte, sin embargo. Algo en ellos siempre húmedo y expectante, como una invitación manifiesta, cínica de ser besados. Y el cutis de un adolescente afortunado… El término le parecía idiota. Una piel apenas expuesta, no perfecta, pero lozana. Como si respirara.

La amaba un poco, por eso. Tenía un aire… ¿vikingo? Otra definición idiota. Caminaba bruscamente y era algo torpe: muchas veces le había sucedido que, sentados en un restaurante, Argelia derramara las bebidas o se golpeara la rodilla con la pata de la mesa.

Sus piernas estaban llenas de moretones.

Y sus pies, esos pies enormes que apenas ahora veía en su justa dimensión, tan antiestéticos a pesar del calzado femenino que invariablemente los cubría.

Recordó después que, el día que la conoció en la oficina de un proveedor, Argelia llevaba unas zapatillas estampadas de leopardo. Era imposible no notarlo (y es probable que ese sea el único calzado de ella que Joaquín identifique con precisión) y Argelia parecía orgullosa de despertar esa vaga curiosidad.

¿Cómo algo tan frágil podía cubrir algo tan monstruosamente grande?

Y así fue que llegó el pensamiento.

Rápido, volátil, implacable y sombrío.

Todo esto pudo maquinarse en menos de un segundo: el pensamiento se formula mucho más rápido de lo que puede manifestarse en palabras.

Sintió que una mano se le adormecía. Joaquín volteó hacia la ventana y alcanzó a distinguir un anuncio de Coca-Cola a 300 metros. La impasibilidad de la ciudad lo tranquilizó. Pensó en la avenida moteada de árboles, las banquetas anchas y cuarteadas, los aldabones de algunas casas antiguas y los cafecitos en los que solía desayunar con Argelia, con lo que le vino una sensación de hambre insoportable.

Movió la mano.

De nuevo apareció la reja oxidada, color rojo sangre, de la preparatoria. Un martes a mediodía, con los salones desiertos, y una bola seca en la garganta. Sabía que estaba un poco borracho y sabía que eso era lo que menos le importaba; algo dentro de él se había fracturado para siempre.

Un puñetazo en el estómago, tan real que Joaquín tuvo que enderezarse sobre la cama.

Estaba sudando. Se levantó, caminó hacia el lavabo y se mojó la cara repetidas veces. El chapoteo del agua hizo que Argelia se revolviera en su lugar y gimiera un poco, pero no despertó. Joaquín se sintió aliviado por ello y de pronto no supo por qué. Se recargó en la pared, débil, y la observó de nuevo.

Todo tenía una razón.

Frente a sus ojos estaba su sonrisa de niña perdida. También estaba el modo en que desviaba la mirada cuando algo la abochornaba. El pudor una vez desnuda.

La odió tanto por mentirle.

Se dejó caer sobre la alfombra.

¿Era igual a esa decepcionante primera vez?

La sensación de vacío, el sudor en la espalda, la boca seca, los puños crispados. Durante dos años se repitió que todo era culpa de la borrachera y apenas cuando tuvo una novia constante pudo olvidar (¿olvidar? Sólo una cosa no hay: es el olvido, había dicho Borges una vez) la vergüenza, quizá insulsa, de sentirse un maricón frente a una mujer.

Sí, fue muy cruel, y pudo entenderlo siendo un adulto.

Todo estaba superado ahora. Volvió a la cama, se acostó y le dio la espalda a Argelia. Intentó dormirse, pero en la duermevela lo asaltaban imágenes de una gran pelea con su amante y casi podía verse con la nariz rota y la sangre manando a chorros por su camisa. En una ocasión saltó al imaginar a los de la oficina literalmente muertos de risa al verlo al día siguiente con la camisa ensangrentada y los coágulos macerados en el labio.

Y todo un torrente de maledicencias.

La mataría, por deshonesta. Y él que la amaba: la había llevado a un congreso en Acapulco, le había regalado un vestido carísimo que ni en sueños hubiera pagado, la hacía acompañarlo a las fiestas de la oficina (la cena de diciembre y la conmemoración del aniversario y cuando todos celebraron en un restaurante marroquí por una cuenta que creyeron inalcanzable) y además la presumía sin tregua alguna.

¿Cuántos no debieron advertirlo antes que él?

Se odió a sí mismo, mucho más de lo que creía ya odiarla a ella.

Y lloró. Esta vez fue un llanto entrecortado, plagado de manerismos, que le recordó el momento más humillante de su vida y cómo lo confrontó llorando como un imbécil.

Esos pies. Esos pies tan extraordinariamente grandes simbolizaban su derrota. Esa fractura que nunca había sanado del todo.

Cuando Argelia despertó temprano por la mañana, Joaquín la esperaba sentado en un sofá frente a ella.

Supo de qué trataba cuando él le dijo, sin mover las pestañas:

- Es hora de golpearnos de hombre a hombre.

Apenas una niña

Tú también eras apenas una niña cuando te conocí. Acababas de entrar a la universidad, lo que significa que ya tenías tu buena dosis de vida recorrida. Sin embargo, a mis ojos, siempre fuiste una niña. Supongo que en eso residía el encanto de mi atracción por ti.

Eras una alumna regular, ni buena ni mala, y creo que fue un error de mi parte abordarte desde el ángulo académico. Yo no tenía ni un año en Santiago, acababa de hacer una maestría en Filología Hispánica en Madrid, y la sangre me hervía por poseerte. La clase era, aún lo recuerdo, “Las Grandes Corrientes de la Literatura Iberoamericana”: nombre ciertamente pretencioso para la hora y media que empleaba en divagar sobre los vericuetos de la vida y mirar tus piernas desnudas en el otro extremo del salón de clases.

Decías que yo tenía un cierto parecido a Zapata, pero ahora sé que era el único personaje mexicano que conocías y que por tanto me asociabas con él y esperabas de este modo congratularte un poco con el tipo pedante e ingenuo que yo solía ser.

No rechazaste mi primera invitación, pero me dejaste plantado en el cafetín a un costado del Palacio de la Moneda. No dije nada apenas te vi en la universidad al día siguiente, pero te devolví un ensayito humilde que habías hecho con un siete en tinta roja. También escribí, a un costado de tus notas bibliográficas, “Y la próxima vez procure no quedarme mal”.

Te llevé al cine Hoyts dos semanas después, pero ya no recuerdo ni qué película daban. Empleé todo ese tiempo en besarte el cuello y acariciar tu antebrazo, embriagado por esa mezcla de perfume dulzón y esencia femenina que desprendías con cada aspiración. Me atraía sobre todo esa inocencia perversa de tu conducta, ese aire de niña mojigata que en la oscuridad de la habitación accedía a todas mis órdenes y depravaciones. Y luego era realmente excitante mostrarme desenfadado en el aula, mirarte con lujuria y luego preguntarte, sin el menor recato, qué opinabas de El sí de las niñas y otras obras que por supuesto no te habías tomado la molestia de leer.

No sé si alguna vez estuve enamorado de ti. Casi tengo la seguridad de que nunca lo estuve. Al cabo de cuatro meses se había esfumado la chispa y no podía dejar de verte como la niña idiota que suponía eras y entonces me retraje al grado de evitar tu presencia en la medida de lo posible. No sé, no me lo preguntes, si alguna de esas veces tuve el mínimo indicio de culpa. Supongo que, después de extraer todo el jugo de tus entrañas, dejé de encontrarte atractiva y deseable. Sencillamente, habías dejado de ser un enigma para mí.

El siguiente semestre tuve que regresar a México, en plena crisis del 94. Empaqué mis cosas, renuncié a la universidad y tomé el primer avión disponible. No supe de ti más y me entregué a mis nuevas ocupaciones, que incluían un puesto burocrático y la coordinación de un suplemento cultural en un periódico apenas emergente. Con toda franqueza, tu recuerdo llegaba sólo en los momentos de mayor lucidez, los que ocurrían raras veces. Eso me permitió concentrarme en lo verdaderamente importante: ganar fama intelectual y conquistar veinteañeras ilusas no bien la ocasión se presentara propicia.

Una vida envidiable en lo aparente, ¿no te parece?

Es tan extraño lo que ha sucedido con nosotros. Hace algunos años me enteré que habías publicado una novelita de dudosa calidad y que vivías de forma decorosa, lo que me tranquilizó en cierta medida. No sé por qué. Ahora comprendo que los años (y la madurez que debía llegar con ellos, aunque en mi caso aquél era un proyecto irrealizable) me habían enseñado el poder de la culpa y le retrospección.

¿Y qué sucede?

Regreso a Chile después de casi quince años y me encuentro contigo convertida en una mujer adulta y autosuficiente. La noche que recibí tu llamada, en el hotel Fundador, apenas pude reconocer tu voz. Más que eso: me sorprendió, de una forma agradable, el modo en que te expresabas ahora. No cabía duda de que eras una mujer instruida y experimentada. De pronto quise poseerte de nuevo y comprobar si aún conservabas ese olor tan específico que solía excitarme tan gustosamente.

Me citaste en el restaurante del hotel. Pensé, si me permites tal ingenuidad, que buscabas atraerme de nuevo con la nueva mujer que eras y que acaso la llamada significaba un regreso evidente a nuestros escarceos eróticos.

Sin embargo, al verte atravesar el amplio salón del restaurante, me encontré con una mujer apagada y prematuramente envejecida. Quise contener mi emoción, pero todo lo que afloró de mí fue la llana decepción. Incluso llegué a pensar (recuerdo amargo y súbitamente estúpido ahora que lo sé todo) que sería mejor no aceptar propuesta alguna de tu parte y fingir que yo me había casado en México y que había inaugurado la sana costumbre de la fidelidad.

No esperaste a que trajeran los cafés. Lo soltaste ahí mismo, con la mirada gacha.

- Tu hija acaba de morir.

No entendí. No quise entender. Procediste a explicar luego que esas noches en moteles (a los que yo previamente te había arrastrado con toda alevosía y ventaja) habían terminado en lo único bueno que te había sucedido en la vida. Y lo recalcaste: “lo único bueno que he tenido en mi vida”.

Sólo atiné a decir:

- Pero... pero entonces era una niña.

- No había cumplido los quince –dijiste sin despegar la vista del mantel.

Quise preguntar tantas cosas. Luego quise gritarte, pero comprendí casi de inmediato lo imbécil que hubiera sido aquello. No revelaste su nombre y yo no me atreví a averiguarlo. Permanecimos en silencio hasta que el mesero vino y dejó las tazas sobre la mesa. Las miré sin emoción. Iba a decir: “No te creo”, pero luego pensé que era absurdo hacerlo. ¿Por qué mentir ahora, después de tantos años? Quizá la venganza... Pero tú no eras capaz. Tú no eres capaz de tantas cosas, Gabriela, y ahora lo sé.

Qué hubiera dado por saberlo entonces.

¿Es absurdo pedir perdón? Tu visita me hizo olvidarme hasta del propósito que me hizo regresar a Santiago. Espero no tomes esta breve nota como un recurso grosero de mi parte, ni como la escapatoria fácil que, sospecho, en el fondo es. He permanecido la mañana entera recluido en la habitación del hotel, con las cortinas cerradas, y a pesar de que lo intento, no puedo hallar una explicación a los hechos. Me he decidido por este recurso vulgar (espero el camarero te haya entregado la nota con la mayor discreción posible) y, aunque sé que no lo merezco y es lo menos que puedo pedir, he resuelto hacer una última petición:

Por favor, antes de irte, deja su nombre escrito en el papel.

Entrevista con María Polette Arzola López

María Polette Arzola López, una estudiante del séptimo semestre de Artes Escénicas con línea Terminal en Danza Contemporánea, se preguntó un día “¿Cómo puedo hacer algo por la escuela si la escuela no me está dando nada?”. Había solicitado una beca en la Universidad Autónoma de Querétaro, donde estudia, y se le dijo que no había dinero. A punto de graduarse y sin un proyecto definido, se le ocurrió escribir una obra que involucrara a la danza y a la ópera: sus dos primeros amores artísticos. Así surgió “Danzando Puccini”, acreedora al estímulo artístico otorgado por el Instituto Queretano de la Cultura y las Artes (IQCA).

“Tuve la necesidad de hacer algo porque ya voy a salir y no sabía qué iba a pasar. Me dije que era necesario ponerme las pilas para darme a conocer; entonces comencé a pedir consejos con gente que había ganado becas y me aconsejaron pedir el estímulo de 30 mil pesos que otorga el IQCA”. La obra, comenta, abarca 8 de las 13 óperas que el compositor italiano Giacomo Puccini escribió. “Son historias trágicas donde el peso lo lleva la mujer. La Vida Bohème, por ejemplo, son tres piezas: la primera es alegre; la segunda es sobre el sueño, el amor y la ilusión. La tercera es la muerte de la protagonista, que es el clímax”.

Arzola López, quien coreografió la obra completa y además la dirige, relata el proceso creativo: “Empecé a escribir ideas en el aire y ponerles coreografía. No quise meterme con la dramaturgia, porque la desconozco. Introduje, en cambio, algunos poemas de Lord Byron y de Becker porque expresan lo que yo quería decir, además de que no resultan confusos para que los actores los memoricen”. En ese sentido, explica, “me rodeo de gente que sepa del campo. A veces a los artistas nos gana el ego y queremos hacerlo todo, pero es importante pedir ayuda”. “Trato de buscar a gente que tenga ganas de hacer las cosas, que sea joven aunque no tenga experiencia. Invité a bailarinas y actores que apenas empiezan. Tienen ciertas tablas, pero no son ningún Jaime Blanc, ninguna Guillermina Bravo… Sin embargo, por algo se tiene que empezar”.

La obra, que se estrenará a mediados de noviembre en el Museo de la Ciudad, ha prosperado gracias el esfuerzo conjunto de todos los involucrados: “He trabajado muy bien con mi equipo, todos tienen una disposición que inyecta energía. Trato de que la esfera de trabajo esté equilibrada: les pregunto si se sienten cansados, si están enfermos, si han comido. A veces hay directores muy malvados, pero yo soy alumna y he sido dirigida. Por lo tanto, no exijo, sino que los trato como me gustaría que lo hicieran conmigo. No soy una dictadora: ellos están, a final de cuentas, ayudándome.

Voy con un término medio, avanzando lento pero seguro para que al final todo quede muy claro”. Y es que, para la coreógrafa y directora, “ya no es sólo mi proyecto, sino de todo el equipo”.

El apoyo de la facultad de Bellas Artes también ha sido decisivo para el proyecto, según relata Arzola López: “La coordinadora de la Licenciatura en Artes Escénicas, Alma Rosa Martín Suárez, nos ha echado la mano muchísimo: hace sugerencias, nos presta los salones para ensayar incluso los fines de semana, nos da permiso de llegar tarde a las clases. Ha sido una ayuda maravillosa”.

Aunque el camino ha sido pesado -ensayos los sábados y domingos, entre semana al salir de clases-, Polette Arzola está convencida de que los sacrificios han sido fructíferos en gran parte, también, porque han recibido apoyo de otras instituciones: el Museo de la Ciudad, por ejemplo, que les otorgó seis fechas en el foro de usos múltiples, con la iluminación incluida.

“En Bellas Artes se sufre mucho de falta de dinero y a veces los artistas tenemos que dar de nuestro propio dinero”, afirma. “En general, no hay espacios para ensayar danza”.

El camino de la joven directora y coreógrafa no siempre ha estado unido a la danza:

“Puede sonar extraño, pero la carrera me eligió a mí y yo me dejé llevar. Desde chiquita, pensé que lo mío era la música. Vengo de una familia de músicos, formados en el Conservatorio de la ciudad de México, donde hay uno que toca la flauta; otro la guitarra; otro el piano, etcétera. Siempre estuve encaminada a ello, pero hice el examen para la carrera de música y no quedé, aunque de alguna manera sabía que quería estar involucrada en el arte”.

Explica que entró al propedéutico de la carrera de actuación y fue ahí que algunos maestros le recomendaron entrar a la licenciatura en Danza Contemporánea. “Yo sólo había bailado en fiestas, pero me dijeron que tenía aptitudes. Entonces me dije que no tenía nada que perder”.

“Fue difícil al principio, me costó mucho trabajo. En esta carrera tienes que aprender a pensar con el cuerpo, aparte de con la mente. Fueron crisis conmigo misma para entender los mecanismos del baile, sobre todo si tienes un mal maestro. Pero, poco a poco, fui tomándole amor a la danza, que no a la técnica. En la escuela, comúnmente, te enseñan la técnica: cómo usar las herramientas del cuerpo, cómo mover un pie o la mano”.

De esta manera, el camino hacia la creación no fue incidental:

“Desde que hice mi primera coreografía me gustó mucho y supe que lo mío era crear. Hice una para el Foro Experimental de Danza, que se llevó a cabo en mayo en Cómicos de la Legua”. En la facultad les pidieron montar la coreografía, pero en su caso “todo fue muy claro, lo tenía en la mente desde el principio y lo curioso es que pude explicarlo y darme a entender con mis compañeros, así que terminamos muy rápido. Apenas acabó el foro quise hacer otras cosas de inmediato, no esperar a que llegara el siguiente”. La oportunidad llegó en la Semana de la Cultura, en Celaya, donde Arzola López coreografió una obra basada en la vida de Frida Kahlo que tiene, como directriz, la pintura Las dos Fridas. “Trata sobre su vida, sobre su amor por Diego (Rivera), por pintar; ella tenía muchas ganas de vivir y luchaba a pesar del sufrimiento”. El montaje lleva como protagonistas a dos bailarinas. Como utilería, un corazón; la música es de la banda mexicana Porter, la cantante Regina Orozco y un compositor queretano, Félix Huerta, de Bellas Artes.

¿Polette ha pensando en conformar una compañía?

“Todavía no lo sé, esas son palabras mayores. Requiere mucho trabajo y yo apenas estoy saliendo de la universidad, todavía no me siento preparada. Ganas hay, pero se necesita colmillo”. Además, la coreógrafa explica: “tengo muchos planes en mente: viajar, estudiar una maestría en Arte Contemporáneo, hacer un diplomado en Escenografía. Quiero ir a España, conocer otras técnicas de danza. Todo lo que me ayude es bueno. También quiero investigar sobre iluminación, vestuario, dramaturgia, música… no para ser una todóloga, sino para saber pedir las cosas cuando llegue un iluminador, por ejemplo, y entonces pueda explicarle qué es exactamente lo que quiero”.

Polette afirma: “siempre he creído que tienes que estar apasionado por lo que haces” y en su caso es cierto. Elegir a Puccini para una obra sobre danza tiene fundamentos en el hecho de que su primer amor haya sido la ópera: “Yo crecí escuchando la ópera Turandot o la Tosca y yo quería ser una bohemia y darles vida a estos personajes”. “Puccini siempre ha sido mi compositor favorito. Para todo mundo siempre son Mozart, Chopin, Beethoven, Tchaicovsky, etcétera. En cambio, las obras de Puccini son muy conmovedoras, aunque no hay relación con la danza, pero precisamente de ahí se puede sacarle el jugo”

“Puccini era muy popular en su época, pero gracias a la gente común que no sabía, porque a los críticos no les gustaba. Tiene óperas ambientadas en China, en Japón, en el Medio Oeste, en el Renacimiento y a cada una de ellas le da un enfoque particular, una gama de colores. Su vida me inspiró mucho, porque él fue muy liberal y apasionado por las mujeres. En pocas palabras: gozaba la vida”.

Respecto a la obra, Polette dice que “no hago esto para un círculo muy restringido de personas, ni para que los compañeros de danza lo vean, como es el caso en toda obra artística: los actores van al teatro, los pintores a las galerías, y los bailarines a los ballets. Yo lo hice para toda la gente, para que lo entendiera desde un niño hasta la señora que vende las gorditas”.

Y explica: “los artistas hemos estado relegados, es hora de salir y compartir lo que hacemos. Que se sepa que creamos, que esta es una profesión como cualquier otra en la que trabajamos de 8 a 8 y por lo mismo es igual de exigente”.

Danzando Puccini lo demuestra. Arzola López concluye: “Actualmente tengo terminadas todas las coreografías y ya sólo queda ensayar. Estoy muy satisfecha con los resultados. La obra es justo como la visualicé y logré que los actores y las bailarinas hicieran lo que yo quería. Siento que aunque soy joven e inexperta, estoy haciendo algo. A lo mejor me equivoco, pero de igual forma lo hago y trato de sacar lo mejor de cada situación. Me gusta bailar, pero más allá de eso: me gusta crear”.

Danzando Puccini:

Presentaciones:

13, 14, 20. 21, 26 y 27 de noviembre.

Museo de la Ciudad, Foro de usos múltiples, 8 de la noche, entrada libre con cooperación voluntaria.

Mulholland Drive

Alrededor de Mulholland Drive hay muchos mitos. Además, desde luego, del propio que la trama propone: la prueba fehaciente es la lista de diez pistas que David Lynch (director y autor del guión) presenta paralelamente a la trama. La versión más aceptable es que el estudio –los franceses de Studio Canal– obligó a Lynch a producir un método alterno que explicara una película cuyo argumento, sencillamente, era incomprensible: en las primeras semanas de exhibición la cinta provocó pérdidas millonarias a Studio Canal. El otro mito, más bien una innegable realidad, es que la película fue concebida en un principio como un proyecto exclusivo para televisión. Cuando David Lynch encontró quien produjera la cinta que él originalmente imaginó, el formato cambió y se hicieron los ajustes necesarios; de ahí que los detractores del filme afirmen que algunos cabos sueltos (como, por ejemplo, la escena de los dos hombres en Winkie’s) son resultado directo de una supuración de personajes que, en una serie de televisión, llevarían cierto seguimiento. En realidad la afirmación anterior puede invalidarse de inmediato al reconocer que la película, aún cuando requiere un mínimo de dos veces para entenderse a profundidad, no tiene un solo cabo suelto: el misterio propuesto se resuelve en varios niveles y siempre con la discreción casi elitista de quien es un cineasta de culto y por ello puede darse el lujo de dirigir una historia complejísima y oscura. Pero jamás absurda o sin sentido.

En realidad no hay un argumento tangible sobre el cual construir la premisa de la cinta. Podría acotarse que la protagonista –una Naomi Watts sorprendente, que actúa mal a propósito y que luego, atada a las exigencias del guión, logra una transformación incluso física, temperamental– es una actriz canadiense venida a menos en un Hollywood banal y a veces tenebroso. La antagonista (la actriz de origen mexicano Laura Elena Harring) es una misteriosa mujer alrededor de cuya identidad gira la primera parte de la cinta. Y luego viene el golpe, el punto sin retorno a partir del cual las diez pistas parecen inminentes, aunque difícilmente necesarias. De hecho, cuando se logra la completa dilucidación de la historia, la lista de Lynch se antoja un mal chiste, un guiño evidentemente burlón para el espectador que espera las respuestas en bandeja de plata. La cuarta pista (“un accidente es un evento terrible, note el lugar en el que ocurre”) parece una bofetada con guante blanco: lo primero es indiscutible y lo segundo, el título de la película. Y en realidad no ayuda en lo absoluto para resolver el misterio. La función de las pistas es, luego de comprendida la cinta, comparar lo expuesto con lo explicado.

[Spoilers mayores a continuación]

Mulholland Drive, revelada

Dos pistas son reveladas antes de los créditos iniciales: la cámara sigue los contornos de una cama (sábanas y cobijas que veremos de nuevo, más adelante) y, luego de una respiración entrecortada -¿producto de una ingestión exagerada de drogas, alcohol? ¿una crisis emocional? Las probabilidades son infinitas y, lo mejor, opcionales-, una cabeza parece colapsarse contra la almohada. El sueño comienza.

La anécdota del sueño ha sido explotada por el cine incontables veces y sí, se ha convertido en un cliché. Baste recordar Abre los Ojos, de Alejandro Amenábar y su contraparte hollywoodense, dirigida por Cameron Crowe, Vanilla Sky. La diferencia es que, contrario a la mayoría de filmes apoyados en vueltas de tuerca, Mulholland Drive nunca explica el recurso deliberadamente. A pesar de que en momentos es obvio: cuando Diane Selwyn/Betty está a punto de despertar, el vaquero aparece sin más frente ella y le dice “despierta”. Ello sin contar que la atmósfera de la primera parte –el sueño– es indudablemente inverosímil, casi onírica. El espectador comprende de inmediato que algo está mal: la ingenuidad superlativa de Betty, los personajes acartonados, las situaciones absurdas, los misterios sin resolver.

La verdadera historia, la real, es simple. Se trata del amorío frustrado entre dos actrices: Diane Selwyn y Camilla Rhodes. Gracias a los flashbacks (y cuyo espacio temporal puede inferirse a partir de un objeto que Lynch menciona en las pistas: el cenicero que aparece y desaparece de la mesa) se descubre lo enfermizo de la relación, la insistencia de Diane por continuarla y la resistencia de Camilla, su traición. Después de que Camilla consigue el papel estelar en la cinta The Silvya North Story (pistas 3 y 8: el talento por sí solo no ayudó a Camilla) la ruptura es ya evidente: sostiene un romance con el director, Adam Kesher, y abandona a Diane –quien, para complicar el panorama, ansiaba el rol de Camilla–. Una situación desencadena el trágico final: Camilla invita a Diane a la cena en que anunciará su compromiso con Kesher y la humillación extrema en que se convierte la escena para Diane es luego sufrimiento desmedido: para ella, para quien la invitación significaba quizás una reconciliación. La desesperación la lleva a contratar un matón y, aunque nunca son explícitos, se sabe que es para matar a Camilla. El matón le da una llave azul, “cuando la veas en el lugar que acordamos significará que el trato está hecho”, verla en la mesa (fría, hermética y tonta; una llave que no abre nada pero que encierra un simbolismo insoportable) significará que Camilla está ya muerta. Y la anécdota es circular: la mañana en que Diane descubre la llave en su mesa, y especialmente después de un sueño sobrecogedor, es el final y principio de la historia. Su neurosis, sus demonios, su culpa, el sueño… finalmente Diane no puede con el peso de la situación y se suicida.

El sueño, una vez aceptado que es sueño, tiene mucho sentido y lógica. Roba elementos de la realidad y los mezcla y confunde. Diane se sueña como una idealización de sí misma: la inocente y bondadosa mujer que, en la vida real, jamás fue. La talentosa y amada mujer que nunca supo ser. Idealiza a su amante, le roba su identidad y la sueña como una mujer desprotegida y casi inválida. En la vida real Camilla llevaba las riendas de toda relación, era poderosa, seductora e insidiosa. En el sueño de Diane la razón por la que nunca obtuvo el papel se reduce a una mera confabulación, jamás explicada, de una mafia que insiste, sin razón aparente, colocar a cierta actriz (el nombre de Camilla y el rostro de una mujer vista en alguna parte, que le robó algo más que un papel: la atención mínima y un beso poco inocente de quien Diane ama) en la película de Adam Kesher. Él, de hecho, es un perdedor en su sueño. En la vida real fue su rival y el único ganador. El fajo de billetes (con los que le paga al matón) aparece en el sueño, de pronto, en la bolsa de Rita/Camilla. El matón mismo protagoniza una escena cómica y aparece como incompetente y torpe. La llave simbólica es en el sueño una llave de aspecto peculiar que abre una caja… o nada en realidad, solamente abre o cierra las realidades alternas. La anécdota que le escucha a Adam de pasada en la cena se convierte en otra escena cómica: la de él cuando descubre a su esposa y el limpia-albercas en la cama. Y los rostros que vio en la cena (sin duda el evento que más la afectó): el hombre que luego se convierte en el mafioso Castigliani (por cierto, un cameo del compositor Angelo Badalamenti), el vaquero, la falsa Camilla Rhodes, la madre de Adam/Coco. Todo ello se mezcla magistralmente en el sueño con el inconsciente y anhelos más íntimos de Diane. Y es que es evidente, en su sueño, el amor inenarrable que siente por Camilla: su visita al Club Silencio, las palabras que le dice, la historia entera que le dedica. Al final, Mulholland Drive no es más que una historia de amor.

La cinta de Lynch es también un homenaje al cine mismo: algunas escenas y personajes están construidos especialmente como una respuesta a diversos géneros cinematográficos. El trabajo de un hombre (podría decirse que es una antipelícula, en cierto grado) que conoce la industria fílmica a la perfección y que retrata sus secretos, sus misterios… y algunos sueños.

Tú Ríes

En el filme Tú Ríes (‘Tu Ridi’), de los hermanos Taviani, se analizan dos historias, en contextos y épocas diferentes, unidas por la intensidad del mensaje: la risa. La primera de ellas, Felice, versa sobre la improductividad de una vida desprovista de todo sentido y propósito. Felice, otrora grande estrella de la ópera italiana, es ahora un barítono venido a menos que trabaja de contable en el teatro que alguna vez auspició su talento. Los recuerdos de su pasada gloria, la inminente amenaza cardiaca que lo aflige y su ahora trivial ocupación lo mantienen en perpetuo estado de apatía e indolencia hacia la vida. Felice es, sin embargo, un hombre sincero, un artista sensible y noble; ofendido ante la ridiculización de la dignidad humana. De noche y mientras duerme, a pesar de su amargada e insípida existencia, Felice ríe a carcajadas, sin advertirlo. Dos incidentes modifican e inciden en la decisión crucial que toma al final del relato: el abandono de su esposa y el descubrimiento del motivo de su risa. La ausencia de su esposa no es necesariamente un hecho de vital importancia para la historia (no tanto como, por ejemplo, la muerte de su mejor amigo), pero introduce el elemento de libertad –entendida como una carencia total de lastre en el curso de la vida de Felice. Ahora no tiene nada que perder, puesto que ya lo ha perdido todo. La familia es ya sólo un reflejo; el deber, la gloria y la felicidad también lo son. No hay motivo de risa ni de lágrimas: es libre. Cuando Felice descubre que las carcajadas nocturnas son el resultado de lo que, lúcidamente y despierto, le incomoda y le parece grotesco en grado sumo, decide que los últimos rastros de humanidad en él han muerto. Que él ya ha muerto. Como último acto –digno y glorioso, cual clímax teatral–, se propone dotar de sentido y honor la muerte de su mejor amigo (cuya influencia sobre Felice es, evidentemente, trascendental). Conservando su integridad intacta –e ignorándolo, por cierto– Felice obra de un modo épico, aún a sabiendas de que el suicidio está a la vuelta de la esquina. Sucede después que el destino, la casualidad o las meras circunstancias lo salvan. Ha resurgido una nueva e inesperada razón de vivir: Felice tiene la oportunidad de elegir su porvenir, de modificarlo a su antojo. Pero algo dentro de él se ha roto o, mejor dicho, al fin está en su lugar, después de muchos años. Ya no puede abandonarse a las eventualidades que surjan: el destino que él había elegido con anterioridad está ya trazado. No es impostergable, como se descubre mediante la historia avanza, pero sí ineludible.

La segunda historia, Dos Secuestros, toca temas inherentes al ser humano: el temor, la ignorancia, la esperanza, la traición y, ante todo, la muerte. Esta historia se bifurca en otra más: la primera está ubicada en la Sicilia actual y abre con la atípica y cómica escena de un hombre maduro, de gruesas proporciones, que baila un número con la gracia de un elefante. En mi opinión, los realizadores buscaron obtener la risa del espectador con esta escena, de manera intencional y apoyándose en ninguna información más que el hombre mismo y su torpeza. Después de este primer y ligero impacto, se introduce un segundo personaje: un niño en apariencia introspectivo y confundido. Parecen padre e hijo, estrenando estancia, computadora, una nueva vida. Y luego viene el golpe: el hombre es su tío y lo ha secuestrado. Busca protegerlo y mantenerlo satisfecho, en situaciones y circunstancias completamente anómalas. El niño acepta, reticente, y se deja llevar por su inocencia infantil. Recluidos en un hotel abandonado, el niño y el hombre buscan otorgar un halo de normalidad y bienestar a su entorno y ahogar las horas que los separan del próximo evento crucial: la liberación, el rescate, la muerte o el encarcelamiento. Cualquier opción posible. Dentro de este contexto, toma lugar la historia dentro de la historia, el segundo secuestro. Cien años antes, en los mismos parajes, un anciano doctor es secuestrado por tres hombres encapuchados. Lo obligan a subir el monte y permanecer enclaustrado en una choza austera. El doctor los reconoce y cuestiona los motivos del repentino rapto. Y sucede que no hay razones, que fue una equivocación. Pero los hombres –hombres de campo, sin educación, con una dura vida a cuestas– no pueden enmendar la acción, no pueden componer lo hecho ni retractarse. La única solución viable –no razonable ni sensata, sin embargo– es dejar que las aguas tomen su curso, que suceda lo que tenga que suceder: que el viejo permanezca recluido todo el tiempo necesario, hasta la muerte, incluso. Y ante esta coartación de la libertad y de la dignidad humana, el anciano, que es sabio, reacciona con entereza y con vigor. Su esencia no ha sido socavada; la vida, que para él ya dejó de ser expectante y sorpresiva, se convierte en un motivo para nutrir otras vidas, y no para luchar por la sobrevivencia. El viejo ya no teme; la comunicación con sus raptores es más sincera, más cínica incluso, porque no les pide una oportunidad para vivir, no depende de ellos ya. La relación se fortalece mediante el conocimiento y sabiduría que él les transmite. Ahora los captores lo visitan y lo alimentan porque necesitan de él, de su enseñanza, y construyen una microsociedad alrededor de él. Y cuando la situación roza los límites de lo absurdo (convencionalmente hablando), el anciano muere. Jamás alcanza su libertad, ni siquiera cuando tuvo la oportunidad de hacerlo, quizás porque para él la libertad y la vida son dos conceptos antagónicos a su realidad y se ha rendido ante ella: no le teme. De regreso al secuestro del niño, ambas historias ya se han hilado de manera trágica y con un tema interesante como trasfondo. Ambos secuestrados (el niño y el anciano) posiblemente han desarrollado un fenómeno conocido como síndrome de Estocolmo, en el que entablan lazos de simpatía y afecto con aquellos que los privaron de su libertad. Este apego es recíproco, pero no proporcional. El captor experimenta una amplia gama de emociones y sentimientos encontrados, que por un lado lo llevan a compadecerse de su víctima y por el otro lo obligan a mantener una distancia y una frialdad prudentes, a ser cruel si es necesario. El tío ama al niño y, sin embargo, no puede ser condescendiente con él, no puede desviarse de su propósito y regresarle su libertad. Y entonces lo mata. De una manera absurda y aterradoramente fría, pues aunque la historia exige una razón (la nota del periódico, la traición), en realidad es un acto exento de motivación; en ello reside la monstruosidad del acto: en el amor que le profesa. La última escena de esta historia evoca deliberadamente a la primera: el hombre, con todo y su torpeza, bailando al ritmo de una música conocida, ahora detrás de los barrotes de una cárcel.

Es en esta última escena en que la película adquiere un sentido circular. El espectador ha experimentado toda clase de sensaciones y es sólo ahora que comprende el tormento de Felice y, más aún, el mensaje llano de los realizadores que, dada la complejidad y profundidad de ambas historias, no deja de ser atroz: la risa humana es grotesca. No tiene propósito, no tiene sentido y es, en cambio, absurda, brutal.

A menudo se desdeñan los aspectos fundamentales de una cuestión tan común y banal como la risa. Un gesto enteramente humano que, analizado desde cierta perspectiva, adquiere matices insospechables. En primer lugar, se descubre que la risa no es un acto universal: lo que a uno le causa gracia, a otro le resulta repulsivo. La risa es, luego entonces, subjetiva. En segundo lugar, la risa, como la comunicación, está condicionada por un contexto determinado. La risa parte de las experiencias, de la percepción individual, del humor, de la sensibilidad y susceptibilidad y, en general, de las circunstancias. Es una reacción inmediata a un cierto estímulo, como el temor y como cualquier emoción humana. En la historia de Felice, la risa se convierte en un acto indigno, dadas las circunstancias (Felice se turba al descubrir que su risa es en realidad una burla a lo que usualmente le ofendería: ha cruzado una línea moral). La risa, en la historia de los secuestros, no es explícita, no se encuentra como elemento temático. Esta historia es, sin embargo, interactiva con el espectador. Arranca provocándole una risa (escena que, según la percepción colectiva, es cómica) y, conforme avanza, va revelando detalles que restan toda comicidad al acto. La risa se convierte, eventualmente, en culpabilidad. Al final, la misma escena, bajo un contexto completamente diferente, es macabra y desagradable. El espectador, como Felice, descubre que su risa es indigna, que lo que alguna vez le provocó placer ahora se ha convertido en auténtica repulsión.

Opinión Pública: ¿Dirigida por el Poder Mediático?

El hombre nace libre. Libre en sus ideas y libre en las garantías individuales que el Estado protege. Sartre declara en su Crítica de la Razón Dialéctica que el hombre como individuo es libre al integrar la praxis (la reacción ante todo hecho material) con la acción, y busca luego otorgar un sentido colectivo a la compleja noción de libertad. El hombre es libre mientras forme parte de la sociedad y le dé un sentido lo suficientemente amplio y válido, pues la libertad no debe, no puede ser resultado de la sinrazón, de la nada y el vacío. El hombre que es libre y no sabe qué hacer con su libertad está condenado a vivir en la sombra.

Aceptando la teoría de que el hombre es libre de elegir su destino, de que la vida es un constante debate entre una decisión u otra; de que la libertad nos es inherente, intrínseca, congénita e irrevocable, surge una cuestionante sombría sobre el derecho que suponemos irrefutable: ¿es el hombre realmente libre en su pensamiento, su temple, su juicio y su modo de conducirse por la vida? La incertidumbre se inserta con la funesta tesis de que el hombre no es libre por ser hombre: que la libertad no es más que un paradigma exterior a él, ajeno. El hombre cree ser libre y con esta creencia alivia sus luchas internas, la eterna adversidad humana y los atentados mismos contra esta libertad ilusoria que defiende a toda costa.

Parte innegable de la libertad es poseer un pensamiento crítico, autónomo, desprovisto de ataduras ideológicas y convencionales. Opinar, sin embargo, no significa ser libre. Tener una opinión respecto a todo no es necesariamente una cualidad positiva de las sociedades modernas, sobre todo cuando el individuo en cuestión no advierte que esa opinión que cree tan íntima, personal y auténtica no es más que una respuesta mecánica a un estímulo dado, que su percepción sobre determinado tema está terriblemente influida por organismos conductores del pensamiento, que controlan y dirigen su modo de ver las cosas. Naturalmente, hay casos mucho más afortunados, pero son aquellas opiniones cuyo fundamento se basa en el estudio y el análisis profundo –y ante todo, personal– de un tópico o circunstancia.

Si la opinión individual es un asunto lo bastante complejo en sí, la opinión de una colectividad es un elemento aún más complicado de discernir. La opinión pública es un concepto utilizado con cierta ligereza dentro del ámbito social y periodístico. Con frecuencia los medios de comunicación definen como opinión pública lo que para ellos refleja el sentir de un determinado sector de la población. Al limitar tan pobremente el concepto, merman su definición misma y deforman de alguna manera los variados matices que componen a la opinión pública.

Lo primordial seria delimitar el carácter público de la proposición, en cuya significación se excluye la acepción de público entendido como una situación de conocimiento popular y manifiesto. Público se refiere a una masa heterogénea de individuos, un auditorio anónimo que extiende un juicio determinado, resultado de una serie de factores sociales, el más importante de ellos: que exista un motivo de debate, el germen a partir del cual nacerán los juicios. Estos criterios se bifurcarán: algunos adoptarán posiciones antagonistas y otros permanecerán neutrales. Salvo honrosas excepciones, pocos se abstienen de opinar y es que de hecho el principal problema de la sociedad mediatizada es que todos tienen algo que opinar, sobre cualquier tema, sin importar lo infundamentado o ignominioso de su juicio. En la práctica se descubre que no hay un asunto sobre el cual el mexicano medio no tenga una opinión, por más ociosa e incompleta que ésta sea. Según K. Young la opinión es una creencia lo bastante fuerte o más intensa que una mera noción o impresión, pero menos fuerte que un conocimiento positivo sobre pruebas completas o adecuadas[1], es decir que la opinión no es una dilucidación experta y extensiva –ni pretende serlo–, pero tampoco está exenta del análisis y la profundidad: una opinión no puede ser buena o mala (juicios maniqueos), sino válida o adulterada, estudiada o precipitada, auténtica o influenciada.

Por otro lado, la opinión pública surge como respuesta a un evento (controversial, en la mayoría de los casos y más aún si se le da un tratamiento sensacionalista) que divergirá las conciencias. Tiene, por lo tanto, un momento. La opinión pública es, evidentemente, transitoria; evoluciona, se consensa y busca incluso soluciones a la problemática suscitada. A veces se le otorga una importancia excesiva, imprudente. Un escándalo, por ejemplo, provoca acaloradas discusiones cuyos propósitos son ambiguos o, en el mejor de los casos, absolutamente inútiles. Gianfranco Bettenini y Armando Fumagalli sostienen, en la obra Lo que queda de los medios, que el gremio periodístico es el más necesitado de una cierta ética (deontología) que le permita garantizar una óptima tasa de información y transferencia de la misma. Gran parte de la “información” que circula en los medios es irrelevante, trivial. ¿Será cierto que, como la sociología del conocimiento establece, las sociedades evalúan –o clasifican– la información como conocimiento, aún cuando los medios presentan notas que sólo a su juicio (y por ende, al del público sometido a su discernimiento) son apreciables? El individuo raras veces repara en la importancia de aquello que lee en los periódicos, mira en la televisión o escucha en la radio, y lo toma sin más como los hechos –indiscutibles– del acontecer actual, ignorando acaso que las agencias de noticias hacen una selección, si no arbitraria, sí por lo menos jerárquica de la información; que la televisión presenta únicamente lo que puede traducirse en imágenes (y la imagen debe ser, por principio de cuentas, atractiva y persuasiva) y que la radio carece de la protocolariedad intrínseca de la prensa escrita. Para los autores italianos “en una sociedad democrática una información correcta es aún más necesaria que en una sociedad dictatorial”[2]. Yo agregaría que, en la sociedad que fuere, la información correcta es indiscutiblemente necesaria, en todos los casos. La información no es conocimiento: pero el conjunto de datos adecuados tiene la capacidad de desarrollar en el individuo juicios y apreciaciones. Puede ser que el problema no radique en la información en sí misma, sino en el tratamiento que se le da. He aquí el papel preponderante de los medios de comunicación. K. Young revela la realidad de los hechos (que, dicho sea de paso, derriba algunos mitos románticos respecto a la prensa escrita): el periódico no es una institución de caridad ni reformista. Sí, es un servicio público, pero en realidad es una empresa comercial que vende noticias y propaganda. En la historia de todas las naciones se encuentra implícita la labor conciliatoria, moral o incluso subversiva y revolucionaria de los medios de comunicación, especialmente de la prensa escrita. La prensa misma nace como una necesidad de alivio ideológico, de emancipación de los imperios o gobiernos autoritarios. En el caso de México, como lo describe Monsiváis en Tiempo de Saber, la prensa fue un parteaguas y aliciente de los ideales revolucionarios e independentistas; sin embargo, también es cierto que durante el porfiriato las publicaciones se circunscribieron a la política (apolitizada, por decirlo de alguna manera) de Díaz, y la suma administración –entre otras cosas– procuraba mantener las opiniones a raya. El lector no podía confiar del todo en la entereza y legitimidad informativa de los periódicos, puesto que éstos estaban manipulados por el gobierno: financiados por él, no les quedaba otra opción más que alabarlo. En la actualidad existe una pluralidad, ya no de ideas solamente, sino de estatutos y preceptos bajo los cuales se rigen los periódicos: los que bajo financiamiento gubernamental subsisten, los patrocinados por empresas privadas (propagandísticos), los que sobreviven de la mera venta y publicación, y también aquellos cuyos ideales –a costa de un arduo trabajo y no pocas penurias– se mantienen intactos. Los últimos, para el infortunio del periodismo, escasean.

Entendiendo lo anterior, puede inferirse que los medios de comunicación obedecen normas sumamente alejadas de la llamada ética periodística. Para la periodista Juana Gallego el campo periodístico se dota de un sustrato de valores, creencias, presupuestos y principios que dotan de sentido y justifican las acciones emprendidas por los profesionales que lo conforman, constituyendo la auténtica ‘cultura’ compartida[3]. Durante algún tiempo se le concedió el papel de conciencia del pueblo a la prensa, salvación de los analfabetas, refugio de los subyugados, portavoz de la sociedad. La clasificación no era gratuita, pero tampoco exacta. La opinión del periodista no carece de valor: se ha formado dentro de una auténtica cultura a la verdad y la razón. Los medios, sin embargo, obedecen intereses ajenos y dependen de organizaciones exteriores, lo que no debiera condenarse del todo. Como ya se mencionó, los medios son un negocio: no una utopía, no una redención de la ilustración. El individuo tiene como responsabilidad asumir el pertinente escrutinio de aquello que ve y sobre lo cual forma su opinión. La devaluación de la información se convierte en un proceso tautológico en el que la media, en su calidad de industria y dependencia (privada o no), modifica a su conveniencia los contenidos, porque son suyos, porque es el producto que vende y en esta transacción las virtudes del periodismo y la comunicación pierden todo sentido.

La visión no es pesimista, pero sí crítica. La opinión pública se moldea de acuerdo a los tamices que la conciben: su producto no es sólo la reacción, sino la generación de ideas preconcebidas. Monsiváis declara que una denuncia mínima, con el tratamiento necesario, logra transformarse en catástrofe ministerial[4], lo que puede interpretarse como un proceso en el cual los medios, por ser ellos los medios (el cuarto poder, según algunos ideólogos), seleccionan y, más importante aún, deciden lo que es relevante o no, trascendental o no, escandaloso o no, efímero o no. Manipulan la información, la generan si es necesario (notable es el caso del periodista estadounidense, William Hearst, precursor del periodismo sensacionalista, quien inventaba potenciales guerras y hostilidades con tal de conseguir la exclusiva) y la muestran en el momento y la circunstancia que deseen. El espectador o lector, seguro de ser privilegiado al tener acceso instantáneo y global de la información, acepta sin prejuicios lo que los medios le ofrecen.

Entonces cabe debatir a profundidad el concepto de libertad en el hombre, si verdaderamente elige su postura ante un hecho determinado o en realidad ha sido dirigido, no sin entusiasmo y sutileza, por los medios. Natural en el individuo es defender su libre albedrío; apoyarse en la certeza de que el hombre no está desprovisto de criterio y circunspección y que estos conceptos aparecen constantemente en sus opiniones. Ser hombre implica la inexorable facultad de discernir y razonar. Ser hombre es también sinónimo del absolutismo de la conciencia; el ser humano es lo suficientemente tenaz como para imponer su visión y perspectiva del mundo. La historia también ha demostrado que el autoritarismo es inherente a la naturaleza del hombre y quienes han tenido la facultad para ello, lo han ejercido sin dubitaciones. Si los medios de comunicación tienen el poder para orientar la opinión pública, no titubearán al respecto.

Es compromiso ineludible del individuo resguardar, precisamente, su singularidad de ideas. En el mundo actual parece no haber cabida para la individualización del hombre; sin embargo, es menester reconocer de igual forma que si bien los medios han desvirtuado su concepto, el mundo mismo aún posee la capacidad y derecho humano de la libertad y hasta que las profecías orwellianas no se cumplan, el hombre aún es dueño de su propio pensamiento.

Bibliografía:

  • Gianfranco Bettenini y Armando Fumagalli, Lo que queda de los Medios, Ediciones La Crujía. Colección Inclusiones. Primera edición en castellano, julio 2001. Buenos Aires, Argentina

  • K. Young, La Opinión Pública y la Propaganda, Editorial Paidós, México, D.F. 1995.

  • Juana Gallego et al. La Prensa por Dentro (producción informativa y transmisión de estereotipos de género), Editorial Los Libros de la Frontera. Barcelona, España, 2002.

  • Carlos Monsiváis y Julio Scherer García, Tiempo de Saber: Prensa y Poder en México, Editorial Nuevo Siglo-Aguilar.


[1] K. Young, La Opinión Pública y la Propaganda, Editorial Paidós, México, D.F. 1995. pp 10

[2] Gianfranco Bettenini y Armando Fumagalli, Lo que queda de los Medios, Ediciones La Crujía. Colección Inclusiones. Primera edición en castellano, julio 2001. Buenos Aires, Argentina. pp 21

[3] Juana Gallego et al. La Prensa por Dentro (producción informativa y transmisión de estereotipos de género), Editorial Los Libros de la Frontera. Barcelona, España, 2002. pp 378

[4] Carlos Monsiváis y Julio Scherer García, Tiempo de Saber: Prensa y Poder en México, Editorial Nuevo Siglo-Aguilar. pp 215

El ojo femenino

Mujer. Mujer al fin y al cabo. La literatura de Inés Arredondo es femenina y delicada, sugestiva cuando la dedica a algún hombre, algún contemporáneo; es nostálgica cuando trata sobre el recuerdo y los años pasados. En Orfandad, dedicada quizás a un pariente no poco lejano, es cruel y desalentadora. Es de los pocos cuentos de Río Subterráneo (1979, Premio Xavier Villaurrutia), en donde las palabras evocan imágenes grotescas y terribles, sin razón ni esperanza. En Las palabras silenciosas, en cambio, la tristeza del chino no viene de una condición exterior, sino de una incomprensión interior que se pone de relieve al encontrarse con la torpeza inexplicable de su paladar. Porque las palabras que no puede pronunciar –en una lengua que le es extraña y ajena– son a la vez conceptos que a él lo enternecen profundamente y que, sabe muy bien, los demás no pueden comprender. Lo que él admira y siente incluso más que los que se burlan de él o lo tratan como un inferior.

El cuento 2 de la tarde, dedicado a otra mujer (Inés Segovia), trata precisamente sobre el enaltecimiento del poder y dignidad femeninos ante la practicidad casi burda del hombre. La anécdota es citadina y ordinaria: en espera del camión un hombre juzga a una mujer por sus proporciones y aspecto sin saber que, minutos después, su mirada altiva durante el inevitable manoseo la reivindicaría en un nivel inalcanzable de pureza y superioridad. Los Inocentes (a Ernesto Mejía Sánchez) es relatado en primera persona por la madre: la historia son sus cuitas y a la vez regocijos. “Un equívoco”, dice la protagonista en algún momento y es que en realidad sus pensamientos son meras transiciones al momento verdadero del funeral de su hijo, que nadie puede anticipar después de que ella trasluce una especie de felicidad templada en sus palabras. “Mujeres veladas que no entienden nada, como yo. Que sólo tienen un muerto. Es mucho tener lo que tengo, un féretro, un cadáver ante el cual llorar”... pues el equívoco era esa felicidad incorrecta del extranjero intercambiado por su propio hijo.

Hay cuentos en apariencia sencillos, por su corta longitud. En realidad son algunos de los más profundos. En Las Muertes (dedicado a Juan Guerrero, probable protagonista trasladado), Arredondo toma la pluma como un hombre y habla en primera persona de dos muertes que le afectan: una por lo absurdo, otra por lo lógico. Las reacciones de la gente, de la prensa, de su familia lo atormentan y persiguen. Y es que no puede entender que sucedan así, juntas, la muerte de un guerrillero alzado en armas en contra del gobierno y la otra, la inútil del cuñado de Ángela, su secretaria (una mujer que le importa honestamente). En Año Nuevo, el cuento más corto y quizá el mejor de la compilación entera, Inés dice que “la mirada es lo más profundo que hay”, el entendimiento ciego entre un extraño y una mujer triste que acepta el consuelo del otro, sin palabras.

Apunte gótico, dedicado a su compañero –y director–– de la Casa del Lago, Juan Vicente Melo, es un cuento velado y, si se le mira con cierto detalle, transgresor. Es velado, ambiguo, críptico quizás a propósito... pues evoca la personalidad del autor de La Obediencia Nocturna y de un amor callado, lento, lleno de matices y detalles: la felicidad de una pareja tendida en la cama y la incertidumbre de la muerte de él, de su padre.

Río Subterráneo está dedicado a Huberto Batis, también miembro del movimiento cultural de la Casa del Lago. Es el cuento que le da título a la compilación y también uno de los más íntimos y nostálgicos. En él están los recuerdos de la niñez, de la locura, de los hermanos y el tiempo que se vive en provincia donde, lentamente, intentan comprenderse las cosas dulces, las cosas terribles y las cosas inexplicables. Es un cuento vívido en esa descripción casi inconcebible de un río que pasa debajo de una casa, de la escalinata que lleva a él y de las locuras compartidas de quienes se deben más allá de la sangre y el apellido.

En Londres describe otro tipo de soledad que no sólo existe por la renuencia de una niña a vivir en un lugar apartado, extraño y diferente del México que tan bien conoce, sino por una separación evidente con el resto del mundo, con sus hermanos, con la humanidad entera. La niña –ingenua, inocente– no comprende esta ruptura, aunque es consciente de su existencia y sólo hasta la revelación absoluta de su compañero sabe que, en adelante, sus vidas estarán unidas, pertenecidas una a la otra. Advierte que ya no estará sola más... en Londres.

En Las Mariposas Nocturnas (a Ana y Francisco Segovia y el único con un epígrafe de Edgar Allan Poe) aparece el único personaje recurrente de la colección de cuentos/recuerdos: don Hernán. El mismo, quizás, de Las palabras silenciosas. Un cuento elegante, cosmopolita: las andanzas de esa amante virginal y culta por Europa relatadas desde el ojo cansado y aburrido de un hombre que también ha sido amante y también ha sido ultrajado por la pasión hiriente de don Hernán. Y aunque toca temas oscuros y más bien terribles, el cuento es hermoso por las imágenes que construye y por su cualidad circular: cuando todo termina justo como al principio.

Atrapada, dedicada a Esteban Marco y conteniendo como personaje catalizador a otro Marco, trata sobre la constante búsqueda de Paula: una mujer socialmente vista como pura, pero atrapada entre el deber y el ser, entre el amado enemigo (Ismael, su esposo) y la felicidad que no se siente correcta, adecuada. La felicidad que sólo consigue al final, a expensas de un acto impuro y condenable, pero eso precisamente –renunciar a lo que la hace feliz y la convierte, al mismo tiempo, en una mala persona– la lleva a la pureza absoluta... la que siempre ha buscado.

Y uno de los cuentos más importantes, En la sombra, es una respuesta no sólo a Atrapada sino también a otro relato, de un escritor perteneciente al mismo tiempo a la Casa del Lago: Juan García Ponce (Enigma). Es la mirada femenina sobre el no menos delicado asunto de la infidelidad. Es el encuentro de la felicidad del otro y el ser testigo de los hechos, los detalles que la provocan y en los que ella –la engañada, la que no podría saberlo– no tiene injerencia alguna. Y de ese sufrimiento callado y angustiante surge la posibilidad de redención: se lo dedica a Juan García Ponce para demostrarle que la transgresión, aunque reveladora, también duele y causa estragos, también se sufre del otro lado. No es insólita ni osada desde el punto de vista liberal, sino precisamente lo que es: una ruptura, un dolor provocado. Y eso es lo que Inés comprende, vivir en la sombra... de la felicidad del otro.

A través de los cuentos se observa una mujer profundamente sensible y analítica, que no puede observar la vida desde una posición romántica y ciega... pero que tampoco evita las vendas: la ventaja invariable de ser mujer, de poseer un ojo femenino.

lunes 24 de septiembre de 2007

Periodismo border, ¿nuevo periodismo?

Emilio Fernández-Cicco se pregunta ¿qué diablos es el periodismo border? Y luego relata su experiencia como periodista marginado (paraperiodista, como no se salvó de ser tildado) y los excéntricos avatares –emplearse como enterrador, actor pornográfico o asistente de un boxeador– que lo llevaron a escribir crónicas nítidas, enriquecedoras y no pocas literarias con el único objetivo de presentarle certezas al lector. Y darle la vuelta al periodismo tradicional, en el ínter.

El texto es una suerte de manual exprés para convertirse en un periodista border: aquel que rechaza los dogmas del periodismo más rígido y echa mano de la ficción, la vivencia y la elocuencia para relatar situaciones y circunstancias muy cercanas a la temática periodística clásica, pero desde un enfoque alternativo. Vivir el reportaje, engatusar al entrevistado, interesarse por la “escoria” de la sociedad y comprender que, al final, no se puede ser parte de ningún movimiento cultural o artístico es lo que conforma a un verdadero periodista border. Y eso es sólo el comienzo.

Martín Zubieta, en su Apuntes sobre el nuevo periodismo, enumera los primeros indicios del llamado “nuevo periodismo” a través de sus exponentes originales y las corrientes sobre las cuales construyeron el género que ya nada le pedía a la literatura novelística o “respetada”. El periodista era también un hombre de letras que igual vivía al filo de la aventura y escribía con ímpetu lo experimentado como conservaba el compromiso social de hacer periodismo.

Ambos textos son clarificadores, sobre todo el escrito por Cicco. Descubrir que el periodismo no tiene por qué aferrarse a las reglas de manual que dictan objetividad y anonimato es sumamente liberador. De pronto el periodista no es el encargado de relatar una noticia (y elegir entre lo noticioso y de interés entre lo poco relevante o inverosímil) que se esconde tras un texto pulcro, políticamente correcto y neutral. El periodista participa de su sociedad (quizás más intensamente que cualquier ciudadano común) y es por tanto libre de incidir en ella a través de sus palabras: actúa como un espía al acecho que, terminada la jornada, regresa a su morada para escribir lo visto y sentido.

Y en especial comprender que el periodismo no es una ciencia exacta, sino humanística, que nace de las personas y no por el contrario, como se intenta establecer con las normas impuestas por quien relata una noticia y no la interpreta. Que es manipulable, aunque no corrompible, y admite transformaciones (aún las perjudiciales) de modo que evolucione naturalmente. Y, por supuesto, en lo particular éste es un hallazgo sin precedentes. No porque de ahora en adelante se elija al periodismo gonzo o border como el arquetípico, sino porque en lo sucesivo se cuenta con la alternativa siempre viable (y enteramente respetable también) de hacer un periodismo diferente, literario, desafiante, crítico, autónomo.

Y no, esta clase de periodismo no es para cualquiera. Cicco lo advierte: no sólo son agallas y valentía. El periodista border asume las responsabilidades y desafíos de convertir su propia vida en un campo de experimentación y, desde luego, no resguardado bajo el manto del periodismo tradicional. Ello quizás suena atractivo para el que busca algo más allá del anonimato y la rigidez de buscar la noticia y presentarla en bandeja de plata, pero tampoco garantiza las loas instantáneas. El periodista border es susceptible de sufrir lo indecible por conseguir tres, cuatro cuartillas de prosa irreverente, provocadora y sagaz, pero real. Siempre real.

La Ley Federal de Radio y Televisión: Cultura y Comercialización en Abierto Embate

El 30 de marzo de 2006, el Senado de la República aprobó más de 20 reformas sustanciales a la Ley Federal de Radio y Televisión, expedida por primera vez el 19 de enero de 1960. Cinco días después, en su columna De Aquí para Allá del periódico de circulación nacional Reforma, Germán Dehesa escribe una carta al entonces jefe del Ejecutivo, Vicente Fox Quesada. Resume sus tropezones a lo largo de un sexenio que, sabe, nada cambiaría 71 años de hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI); reprocha su servilismo desmedido y el crecimiento inconsecuente de la primera dama, Marta Sahagún. Y luego es contundente: recuperaremos la fe en usted y acaso podrá salvar su mancillada reputación si veta, de raíz, las reformas aplicadas a la Ley Federal de Radio y Televisión. Más de 200 intelectuales, académicos y especialistas –entre ellos Carlos Monsiváis, Francisco Toledo, Hugo Gutiérrez Vega, Margo Glantz, David Huerta, Dolores Béistegui y Ernesto Velázquez– se manifiestan abiertamente en contra de la bautizada por muchos Ley Televisa.

La polémica de poco sirve. El 20 de abril de 2006, con 62 votos a favor y 24 en contra, se aprueba una iniciativa paralela a la Ley. El presidente Vicente Fox tiene 180 días para expedir un reglamento que contemple a los medios públicos y permisionados... pero nada más. Las correcciones –que, en teoría, imposibilitarían las prácticas monopólicas– son hechas a un lado y, pese a las marcadas oposiciones de los senadores Manuel Bartlett Díaz, Javier Corral Jurado y Raymundo Cárdenas Hernández (del PRI, PAN y PRD, respectivamente), la Ley Televisa se desliza sin dificultad por las aguas de la legalidad.

Un año después, apenas el primer día de junio de 2007 y ahora con un nuevo presidente de la república (del mismo partido y de la misma afiliación ideológica, sin embargo), la ley es declarada inconstitucional. En buena parte debido a la lucha que más de cuarenta senadores emprendieron, entre los que destacaron los ya mencionados y un acto sorprendente calificado por algunos de mea culpa por parte del senador Santiago Creel –habiendo declarado que la legislatura aprobó los artículos bajo numerosas “presiones” ¿Las razones? La Corte consideró inconstitucional el refrendo automático que se da a los concesionarios de radio y televisión. El pleno consideró que para que los actuales concesionarios obtengan el refrendo, deberán someterse al requisito previsto en el artículo 17 de la ley de medios: una nueva licitación pública. Dicho artículo, luego de modificado el año pasado, dictaba a la sazón: “Las concesiones previstas en la presente ley se otorgarán mediante licitación pública. El Gobierno Federal tendrá derecho a recibir una contraprestación económica por el otorgamiento de la concesión correspondiente”. ¿Traducción? Las concesiones, antes otorgadas por 99 años y a un costo de 99 pesos, serían subastadas al mejor postor y por un periodo de 20 años. Esta reforma permitiría que los grupos que presenten las pujas más altas se lleven las concesiones, sin necesidad de esperar la aprobación de solicitud de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Los beneficiados con este nuevo método serían, evidentemente, los grupos televisivos y radiales que cuenten con los medios necesarios... es decir, las ofertas más jugosas. En el caso de la televisión, Televisa y Tv Azteca (con 126 y 177 concesiones, respectivamente) conforman el denominado “duopolio” que acapara más del 90% de las frecuencias. Y con la nueva Ley, la posibilidad de adquirir subcanales concesionados incrementa considerablemente.

¿Por qué, sin embargo, la ley Televisa fue por muchos considerada antidemocrática y un obvio retroceso en la libertad de expresión del país? Porque, según especialistas e intelectuales, los contenidos de la televisión mexicana se verían supeditados a los intereses, no de las compañías que los generan, sino de los anunciantes que compran espacio para publicidad. En otras palabras: la televisión y la radio cultural desaparecían en automático, pues al no poder renovar su concesión y por lo tanto ser subastadas en el mercado, compañías con el suficiente poder adquisitivo tendrían el pleno derecho de adquirirlas y programarlas a su conveniencia. Es bien sabido que la televisión y la radio cultural no atraen las inversiones de los anunciantes; de ahí que para el gremio empresarial sea más oportuno y rentable transformar los contenidos en aras de conservar los espacios publicitarios.

Otro giro importantísimo que surgiría a raíz de la aplicación de los artículos que ya fueron declarados inconstitucionales es el tecnológico. Con los nuevos parámetros que regirían el modo de difundir los contenidos radiales y televisivos, las estaciones de radio y televisión que no cuenten con tecnología de punta se verán relegados a último término. Y, como de nuevo todo se reduce a la cuestión económica, las radios y compañías televisivas independientes tendrían que ampararse ante la Corte para evitar que su concesión sea subastada y en el acto perder la posibilidad de transmitir sus contenidos originales.

¿Por qué la Ley Televisa es un ataque frontal a la cultura? Ésta parece la pregunta clave en el proceso. Según el maestro Vicente López Velarde, exdirector de Radio Universidad Querétaro, “el daño que los medios de comunicación orientados por la cultura de masas le han hecho al pueblo de México es verdaderamente irreparable”.[1] La injusticia, además, de que las ganancias inconmensurables del espectro televisivo se reparta en dos empresas solamente, presididas por dos hombres: Emilio Azcárraga Jean y Ricardo Salinas Pliego. El interés privado que pretende pasar como interés público es el estandarte bajo el que militan ambos consorcios, sin que exista jamás una verdadera lucha por la libertad de expresión y la democratización de la cultura. Al contrario: con opiniones facciosas introducidas como editoriales en sus noticieros, Televisa y Tv Azteca pugnan por una concesión libre del interés del gobierno y ponen por ejemplo el caso venezolano, donde a pesar del reciente cierre de RCTV, el crecimiento de las radios y televisoras locales (portavoces de la voz popular) ha ascendido a más del 80%.[2]

Hay datos, sin embargo, que orillan a creer que las apresurados reformas introducidas a la Ley Federal de Radio y Televisión en el primer semestre del año 2006 fueron en realidad una especie de previsión por parte de las televisoras ante un escenario político que, según las encuestas de entonces, favorecía notablemente al candidato de la Coalición por el Bien de Todos, Andrés Manuel López Obrador. Es notable que, hace tres años, especialistas en la materia urgieran una reforma sustancial a la entonces intocable Ley Federal de Radio y Televisión. Ya en una entrevista hecha a Enrique Velasco Ugalde, investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), por el periodista Álvaro Delgado para la revista Proceso del 4 de julio de 2004 (1444), se decía que “es prácticamente imposible reformar el marco legal que regula los medios electrónicos”. Delgado, en el reportaje titulado Concesiones en Juego, escribió: “pese a que el presidente Vicente Fox firmó los acuerdos de la Mesa para la Reforma del Estado (...), entre los que se encontraban adecuaciones al marco legal de los medios de comunicación, no se prevé modificar, en el corto plazo, la Ley Federal de Radio y Televisión vigente desde 1960”.

En el próximo sexenio se renovarían las concesiones de Televisa y Tv Azteca: el XEWTV (canal 2) y el XHTV (canal 4) expirarían el 26 de noviembre de 2009; el XEQTV (canal 9), el 11 de julio de 2009. El XHDF (canal 13), el 9 de mayo de 2008. La antigua Ley Federal de Radio y Televisión confería al titular del Ejecutivo la decisión discrecional de refrendar o revocar los títulos de concesión. Durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, se les refrendó de manera automática a la industria de radio y televisión medio millar de concesiones. Era evidente la alianza entre el entonces partido oficial y la empresa comandada por la familia Azcárraga: “Televisa está con México, con el Presidente de la República y con el PRI... somos del sistema” se le escuchó una vez decir al Tigre Azcárraga.

¿Y la ley? Antes se le consideraba inoportuna y obsoleta, pero los intentos por reformarla se veían aún muy lejanos. Velasco Ugalde, aún en 2004, opinaba: “es una ley que impide cualquier avance democrático”. Un fraude, también, pues según el especialista “no se pagaban los mensajes del Estado y Gobierno y además se pasaban de madrugada”. Todo ello, en el sexenio presidido por Vicente Fox, adquirió un nuevo matiz a partir del llamado Decretazo: el 10 de octubre de 2002, en la Semana Nacional de la Radio y la Televisión, Fox anunció la derogación del decreto relativo al tiempo fiscal. El decreto desde 1968 obligaba a los concesionarios y permisionarios a pagar 12.5% del tiempo fiscal.

Afortunadamente para algunos y cuando el debate parecía haber entrado en una etapa incubatoria, el pleno de la Suprema Corte de Justicia mexicana asestó el 5 de junio lo que algunos han definido como un golpe definitivo a la Ley Televisa. Todo ello con sólo invalidar cuatro artículos que suprimirían el proceso de participar en licitación pública sin tener que pagar al Estado, así como la obtención de concesiones con vigencia de 20 años.[3] Y aunque la anticonstitucionalidad se concentra en la supresión del llamado triple play (la posibilidad de ofrecer con la misma compañía los servicios de Internet, telefonía y televisión por cable), el logro es ya en suma visible. Según los nueve ministros de la Corte, las reformas vulneran seis preceptos de la Carta Magna que tienen que ver con los principios de libertad de expresión, igualdad, rectoría económica del Estado sobre un bien público, utilización social de los medios de comunicación y la prohibición de monopolios[4].

Así, por fin el artículo 17 es tasado en su debida medida: el mejor postor está concentrado en unas pocas manos (o más específicamente: dos), que jamás consentirían una libre competencia ni el derecho a la información que todo ciudadano mexicano tiene. La cultura, por lo tanto, es un bien común y no de unos cuantos: la obligación de protegerla, como los críticos de la Ley Televisa siempre propugnaron, es inalienable aún cuando la ley dicte aparentemente lo contrario.

Bibliografía:

§ Proceso del 4 de julio de 2004 (1444), artículo escrito por Álvaro Delgado.

§ Flores Olea, Víctor. “La Ley Televisa”. Artículo de opinión publicado en El Universal, el 8 de junio de 2007.

§ Diario Colatino. 7 de junio de 2007.

§ Entrevista realizada al maestro Vicente López Velarde.



[1] Entrevista realizada en mayo de 2006, en las instalaciones de Radio Universidad.

[2] Flores Olea, Víctor. “La Ley Televisa”. Artículo de opinión publicado en El Universal, el 8 de junio de 2007.

[3] Diario Colatino. 7 de junio de 2007.

[4] Íbidem.

El hombre con dos rostros

No, no diré que entré a trabajar al café para conseguir una entrevista con él. Aunque esto, desde luego, constituiría una proeza periodística de un realismo impecable. Pero la realidad es otra y no fue sino luego de unos días que descubrí quién era: el flamante gerente de ventas de Multimundo Radio... y dueño de Dos Minutos Café.

¿Cuál es la historia de este hombre de perfil griego, delgado como una flauta y de ojos color menta que defiende su derecho a escuchar la radio en el momento y sitio que le plazca? En el número 22 de la revista Giro comercial, publicada por la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Querétaro (Febrero de 2003) aparece una breve semblanza del sujeto que constituye el meollo de las siguientes disertaciones: Ángel Sánchez Baños, también vicepresidente de Grupos Especializados Canaco Servytur Querétaro. Sin embargo y para evitarnos el socorrido recurso de echar mano del trabajo que otros hicieron antes, diré sin más rodeos que su historia de vida está plagada de eufemismos, a saber: Ángel Sánchez Baños inicia su carrera profesional dentro de los medios de comunicación a la conclusión de sus estudios superiores en el año de 1984. Error: en confesiones llegada la hora de levantar las sillas y limpiar las mesas me revela, con una mueca de resignación, que no terminó la carrera de contador público en el Instituto Superior de Estudios Comerciales (ISEC). ¿La razón? “Las mujeres me distrajeron: siempre andaba atrás de una. Era de lo peor”. Está bien, quizás estas no fueron las palabras que usó, pero el sentido es indudablemente el mismo. Sin embargo, no deja de actualizarse: cursos de capacitación en administración, ventas y mercadotecnia en la Universidad Iberoamericana, así como en calidad total, calidad en el servicio, publicidad, administración de empresas radiofónicas y otros más, que seguramente su estadía en Galicia, España –por un periodo de ocho meses en 1981– no le sirvieron de mucho. Prosigamos con la revisión: Es en esa época, en la que por diversas necesidades y negociaciones, entra en contracto con Multimundo Radio Querétaro y es precisamente cuando es invitado a integrarse a la empresa queretana. Demasiadas ambigüedades: la necesidad fue que lo despidieron abruptamente de Grupo Radiorama (donde empezó archivando toneladas de carpetas y, luego de escalar posiciones, tuvo el atrevimiento de corregir a su entonces jefe: “me despidió en el acto”, asegura) y, gracias a una invitación de Jaime Robledo Castellanos, se le ofreció un puesto en la empresa queretana… pero debía decidirse en tres días (suena peliculesco y lo es). Entonces le planteó la situación a su esposa lo más sutilmente posible.

- ¿Quieres irte a vivir a Querétaro?

- Sí –respondió ella, sin pensarlo dos veces.

En una semana Ángel estaría hospedado en el Real de Minas durante todo el mes siguiente.

¿Quién es el mentiroso?

Después de dos años y luego de rechazar la oferta de laborar en Acapulco, Guerrero, Ángel Sánchez decide independizarse. Y le da un giro a su trayectoria hasta entonces ligada intrínsecamente a la radio: incursiona en el ámbito del reciclaje industrial. Siete años de su vida dedicados a separar el cartón del vidrio y otras tareas igualmente excitantes (él no lo dice, pero yo lo imagino: del radio al reciclaje hay un largo trecho, infortunado para el último). Pasa el tiempo y su antiguo jefe lo invita a reintegrarse a Multimundo (“pues va”, dijo Ángel, seguro quizás de que la tercera es la vencida). Ahora se dedica a vender espacios publicitarios y maneja cifras estratosféricas –para cualquier cristiano común y corriente– con empresarios que deciden confiar en él y sus estrategias. Constantemente repite que lo más difícil de su trabajo es vender sustancia intangible: tiempo aire que no se mide ni se toca, pero que paga y muy bien.

Cuando le pregunto la frecuencia con que miente en su trabajo, abre los ojos desmesuradamente y me mira con una furia cómica. “Nunca miento”, contesta tajantemente. “¿Pero acaso la publicidad no es pura mentira?”, pregunto. No, no –contesta y prosigue a darme un sermón kilométrico sobre la mercadotecnia. Lo recalca incontables veces y me da ejemplos de los enganches de un automóvil, de las casas que vienen escrituradas “por sólo diez mil pesos”, del “compre dos y llévese tres”. Me dice que no puede mentirle al cliente porque entonces no regresaría. Datos interesantes: McDonalds gana mucho más por la venta de Coca-Cola que por las hamburguesas en sí; te enganchan el refresco y las papas por unos pesos más. Nada tiene qué ver con su historia de vida, pero insiste con lo mismo. “Por ejemplo, la oferta que tenemos: capuchino más dona por dieciocho pesos. En realidad el capuchino cuesta trece pesos y la dona ocho, pero en un principio costaban doce y siete, respectivamente. En realidad no pierdo nada y en cambio engancho el producto con el cliente”. Y sus observaciones vienen a cuento, porque es el momento idóneo para hablar del café que administra desde hace año y medio. “El concepto y la idea son de Marbel (su esposa): ella diseñó y decoró todo porque tenía amigos en el DF con cafés. Ella, como cualquier mujer… inquieta, que no puede estarse en su casa y atendiendo a sus hijos, quiso tener su negocio y yo la apoyé”. Y vaya que lo hace, porque desde mi punto de vista Ángel es un trabajohólico que ha tenido la puntada de abrir en domingo, aunque la venta total del día sea de un americano y un cigarro suelto (Dos Minutos es, evidentemente, un café oficinesco y con todo lo que ello implica).

Frases Célebres… más que las de Fox

Es un placer oír su plática regular. Majadero con clase y elocuente sin querer, suelta a diestra y siniestra comentarios sardónicos sobre cualquier tema o asunto. En la entrevista apresurada (que sería un ensayo, aunque se convirtió luego en el material medular del presente escrito), afirma cosas como que “todos los medios están prostituidos”, cuando se le pregunta sobre la situación de los medios en Querétaro. “La única prensa realmente buena que hay en México es la de Torreón, Coahuila: ahí hasta el más pendejo le piensa” dice y suelta una bocanada de humo sin despegar los dedos de la sección principal del Diario de Querétaro, que compra diariamente. Le gusta leer el periódico y las revistas, pero como todo el día “está como trompo” ya no tiene tiempo de leer literatura. “Me gustaba Agatha Christie cuando era joven” dice y parece sentir un poco de nostalgia por aquella época. Luego regresa a su humor usual: “el que no usa la publicidad en todos sus ámbitos está jodido” y sigue con el ejemplo de las papas fritas y los productos ligados y el jamón al 40% y otros asuntos que en nada se relacionan con lo que acabo de preguntarle. “¿El cliente miente? Seguramente sí. Promesas no cumplidas hay muchas”, concluye con arrobadora inspiración.

¿Y la parte seria?

Pasan los días y se olvida por un rato de la condenada entrevista. Le digo que ya la hice, que no hay de qué preocuparse, que puede seguir pensando en sus Mcpapas. Un día me aparezco con grabadora en mano. Sonríe desconfiadamente. “No, no” y se aleja con las manos al frente. “¿Qué tiene? –le digo– Sólo son preguntas como las que ya te he hecho”. Parece prepararse mentalmente, recomendarse a sí mismo no meter la pata (lo que no sabe es que -triste realidad- he tomado sus palabras soltadas sin premeditación ni delicadeza como respuestas definitivas de la entrevista de semblanza que le he planteado… sí, el trabajo periodístico es tan difícil como macabro). Se pone serio. Las preguntas son muy estiradas, pero él encuentra cierta comodidad en resguardase bajo estas concepciones trilladas de que “el radio es un medio muy noble” y “Querétaro no es una ciudad mocha” (niega una pregunta a todas luces dirigida del tipo de “¿no te parece que Querétaro es una ciudad muy mocha?”). La gente que ha venido de fuera la ha transformado, contesta convencido. ¿Y los medios de comunicación? “Son buenos –responde indulgente–, están bien hechos”. ¿Todos? “No, la televisión sí es otra cosa. Nunca me metería en eso”. Pregunto si no le gustaría que sus hijos (Ángel, de quince años; Andrés, de doce y Aranza, de ocho meses) se dedicaran a lo mismo que él. Dice que no. ¿No te gusta lo que haces? “Sí, sí, pero ser vendedor no es un hit”. De espacios publicitarios, de café… Afirma que él no tiene talentos, sino habilidades. Y que se dedicará a lo mismo mientras dure: si lo corrieran mañana mismo, se pondría a buscar otro trabajo. Así de fácil. Decir que los medios están prostituidos y luego que son buenos, insistir con la comida rápida, creer en la publicidad, ser atrevido en lo que dice y hace, pero en el fondo ser un hombre conservador y tradicional: simple. Ser el hombre con dos rostros.


lunes 10 de septiembre de 2007

Ignacio Solares: su Columbus y su Espía del Aire

Ignacio Solares estudió Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de México. Escritor desde siempre (o desde que su escritura automática se reconcilió con los signos de puntuación) y con una vocación bastante notoria de historiador, Solares es elocuente y sencillo sin abandonar la profundidad y el más sagaz estilo literario. También puede advertirse una cierta inclinación hacia el trabajo periodístico, y dos de sus novelas más conocidas lo prueban con exactitud. Columbus, “crónica” puntual de la única invasión mexicana a territorio estadounidense, es una sátira a ratos desenfadada y a ratos nostálgica contada desde la óptica de un periodista. Y la paradoja, como en toda vuelta de tuerca que se precie de serlo, es que la entrevista como meollo y catalizador de la trama no es más que un espejismo… producto de la ebriedad, la confusión, la melancolía o el guiño siempre identificable de uno de los mejores escritores mexicanos de la actualidad. El Espía del Aire, por otra parte, es en cierto modo más autobiográfica y más fantástica también. Él, quien sabemos es un Ignacio jovencísimo e idealista en plena década de los sesenta, planea escribir el más vívido y humorístico reportaje en torno a la historia del cine Olimpia. Naturalmente, no sabe por dónde comenzar. Pero una credencial antiquísima encontrada (y regalada por el celador, después) en una de las butacas se convierte en el motivo siempre anhelante de correr las manecillas del reloj hacia atrás y convertir el reportaje en una precipitada y anacrónica historia de amor. La oportunidad de regresar veinte años en el tiempo y encontrarse con ella, Margarita, vale más que mil reportajes sobre el cine y sus anécdotas históricas: único sitio de la ciudad donde cantó Enrico Caruso –el tenor italiano– en 1919, exhibición de la primera película hablada que llegó a México, Sonny boy; montajes de obras de teatro, algunas con María Teresa Montoya y la primera versión cinematográfica de Santa, de Federico Gamboa. Nada de eso importaba si una tarde cualquiera, una muchacha –de complexión no muy delgada pero rostro angelical– veía una versión ridiculísima de María Magdalena, de Miguel Contreras Torres, y se besaba con su novio ante la mirada iracunda y celosa de Ignacio. Veinte años antes de que él lo escribiera.

El narrador de Columbus revela, desde el inicio, que se unió a Villa más por joder a los gringos que por otra cosa. Un tipo en constante lucha interna, inmerso en los cuestionamientos de la fe, de las ideologías políticas y sociales y también de las eventualidades del amor. Un intelectual frustrado de ciudad Juárez, Chihuahua, que sobrevive con trabajos infructíferos en un hotel y en un burdel, sobajado de nacimiento: por el sólo hecho de ser mexicano y vivir en una ciudad fronteriza, el narrador experimenta el renacimiento de la fe perdida al observar en Villa los ideales libertarios que acaso podrían dotar de sentido su insípida existencia. Decide dejarlo todo atrás (quizás, como él mismo intuye, no hay nada que dejar en realidad) y aventurarse a la lucha revolucionaria, con sus ilusiones, con sus ideales y desesperanzas y, sobre todo, con su chavala Obdulia. Lo hace por joder a los gringos, de eso no le cabe duda, y como Villa va por lo mismo, decide ignorar las bienintencionadas advertencias de aquellos que han llegado a conocer a Villa a fondo. Odia a los gringos; ha convivido con ellos desde siempre, los comprende y los desprecia al mismo tiempo; se siente profundamente afectado por la muerte de uno de ellos, un norteamericano que muere ante sus ojos, solo y abandonado en un hotel de Juárez. Esta imagen y la del primer gringo que mata (símbolo de su aparente superioridad sobre el otrora yugo) inciden poderosamente en su temple, evolucionan su ideología, lo preparan para la rendición. Consolado por algunos pasajes del Bhagavad Gita, el narrador comprende (o se obliga a comprender, más bien) que la muerte no existe, que el alma trasciende y que él mismo puede acabar con cuantas vidas quiera (gringos, carrancistas, Obdulia incluso), aunque el pensamiento de la perdurabilidad de estas almas corrompidas lo atormente aún más.

En la hazaña que persigue, con los más francos tintes revolucionarios, conoce a personajes de elemental importancia, como Pablo López, que muere fusilado a mano de los carrancistas, tachado de pernicioso bandolero capaz de atentar contra la soberanía de los buenos vecinos del norte. El narrador trata de buscarle un sentido a cada acción (como el episodio de Santa Isabel), una razón válida. No lo consigue, pero no se rinde aún. Llegará a Columbus para llevar a cabo su primordial objetivo: matar unos cuantos gringos. Durante el ataque, improvisado y frustrado por el miedo y la desorganización, surgen las preguntas e inseguridades. El narrador, sintiéndose de pronto vacío y ausente, desprovisto de toda identidad, corre por las calles con un miedo y una angustia insondables (¿qué carajos hago aquí? se pregunta como lo ha hecho antes y como, probablemente, seguiría haciéndolo hasta el final de sus días)… Finalmente, al menos para él, la lucha no fue –no puede ser– en vano. Relata sus memorias después de muchos años de imaginarlas, recrearlas, enriquecerlas y hasta inventarles detalles adornativos. Anciano y propietario del bar ‘Los Dorados’ en el Paso, Texas, desdobla su personalidad en esa otra, la ya perdida, el periodista comprometido, nacido en Juárez, aguantador y ambicioso, escrutador de la realidad, recopilador de información, mexicano de sangre y de honor. Por eso dijo que su identidad estaba perdida: la perdió en Columbus, la perdió al alimentar la paradoja de terminar viviendo en Estados Unidos, rememorando la lucha de antaño, contándole sus memorias a un espejismo– el espejismo que alguna vez fue.

El Espía del Aire es, como ya se había dicho, más íntima y biográfica. No se cuida de caer en la ficción más confusa, pero tampoco abandona los límites de lo lógico. Ignacio escribe un reportaje imposible sobre un México que a él se le antoja idílico y romántico: en ese contexto sólo podría visitar las construcciones apenas nacientes del edificio de la Lotería Nacional (no ver la Torre Latinoamericana le hizo pensar que quizás él tampoco estaba ahí y es que, en efecto, la ilusión era intensa pero intangible) y las aulas de su queridísima facultad de Filosofía y Letras. Hablaría incluso con su profesor José Gaos sobre la teoría de las cuatro vidas que el profesor encumbraría años después. Ya sentía a los elegantes y taciturnos estudiantes de entonces como sus compañeros. Y luego ella… con quien la química fluiría rápida y fugazmente. El frío en los pies, la calidez de sus besos, el sentimiento beatífico de estar a su lado y no querer nada más, nunca más. Sensaciones reales y, sin embargo, tan ilusorias y metafísicas. Sensaciones que sólo un espía del aire puede imaginar y vivir al mismo tiempo. Sensaciones que décadas después (incluso después de su etapa estudiantil) serían rememoradas como una trama perfecta para novela, biográfica y fantástica. Histórica y romántica.

Los cinco sentidos del periodista

Entre el 7 y el 11 de octubre de 2002, Ryszard Kapuściński ofreció un taller de periodismo en Buenos Aires, Argentina. El periodista polaco, quizás el mejor de todos cuantos sobreviven actualmente, compila en una voz las lecciones más humanas de periodismo, del Nuevo Periodismo. Precisamente, la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (Fundación Proa) edita el primero de cinco libros acerca de la experiencia del periodista en los albores del siglo XXI.

Los cinco sentidos del periodista (estar, ver, oír, compartir, pensar) es un libro que se lee como agua. En la lectura, visiblemente compuesta por las charlas de viva voz de Kapuściński, se encuentran las lecciones de humildad y magnanimidad de quien ha recorrido los cinco continentes y ofrece a través de su experiencia la verdadera voz del mundo. Corresponsal de guerra en África, enviado en Asia y América Latina, el periodista polaco ilustra sobre el cazador furtivo que convive y se mimetiza con el ambiente del que escribe, de esa escritura furiosa que sólo puede provenir de la experiencia, la observación y la comprensión de la gente y los hechos; del acto de interpretar el mundo pese a los inconvenientes de la prensa escrita, de la inmediatez de la nota informativa, de la censura y la mass media.

Preocupado por las inquietudes de los jóvenes aspirantes a periodistas, Kapuściński revela los trucos de la profesión, otorga perspectivas a largo plazo respecto a la situación de los medios de comunicación, tanto electrónicos como escritos, y brinda panorámicas realistas sobre la situación política y social del mundo. Conocedor de ese mundo que ha recorrido incansablemente, es revelador en tanto que adquiere el sentido proporcionado de los acontecimientos: no demerita la guerra en Irak, pero habla, en cambio, de la tragedia en Ruanda, del poder antinorteamericano de la nación china, de la guerra de Estados entre Irak e Irán, del encono en el territorio musulmán a causa de las insoslayables diferencias dentro del Islam. Nos dice cómo mirar el mundo, ese cúmulo incansable de sucesos y probabilidades, de etnias y culturas, de conflictos y situaciones.

El periodista de origen polaco, que creció en medio de la guerra y de pronto la encontró como la cosa más natural del mundo, considera la realidad como fuente inagotable de recursos literarios. No por la ficción o importancia dentro de sí, sino por el alcance y la repercusión social. Hombre letrado, leído, viajado, escucharlo hablar debe ser una delicia. Leerlo, por lo menos, resulta el más esclarecedor de los viajes: el sabio de los libros, las observaciones y las experiencias.

miércoles 5 de septiembre de 2007

Periodismo Narrativo: la realidad a través de la literatura

El Nuevo Periodismo (así, con mayúsculas) se encara con la objetividad y parece decirle, en el ínter, que para escribir periodismo se necesitan pasión, coraje, agallas y la decisión de derramar sangre y sudor por él. También que, como lo dejó asentado Ryszard Kapuściński en Los cinco sentidos del periodista, por cada cuartilla escrita deben haberse leído cien con antelación. Así de intenso y contundente es el rigor del periodista.

El Premio Nacional de Periodismo, René Avilés Fabila -periodista y escritor de amplio bagaje en las letras- cita a su homólogo polaco para ilustrar la condición del periodista como traductor de la realidad. Y en esta tarea es imposible excluir la subjetividad en su forma más acabada: el Nuevo Periodismo, ya francamente aliado con la literatura, busca difundir información sin caer en el vicio de la frialdad, el pragmatismo y la distancia. En el Nuevo Periodismo cabe la pluma prodigiosa, lírica; cabe el relato exaltado, elocuente; caben, en fin, la pasión y el entusiasmo, la conciencia y el compromiso, la belleza y el encanto de la más fina literatura.

A propósito del periodismo narrativo, Avilés Fabila -fundador del suplemento cultural El Búho en el diario Excélsior y autor de novelas, ensayos y compilaciones de cuentos- es rotundo cuando dice que la diferencia entre los géneros periodísticos y los literarios se ha reducido de tal modo que hoy la mezcla es ya inminente. A autores como Truman Capote, Ernest Hemingway, Norman Mailer, Curzio Malaparte y Gabriel García Márquez se deben no sólo impecables trabajos periodísticos, sino el legado de lo que hoy se conoce como nuevo periodismo. A la obligación de entregar retratos fieles de la cotidianeidad se sumó la necesidad de construir aproximaciones lo más nítidas y vívidas posibles: la veleidad de los detalles, la intensidad de las emociones, los retratos de los personajes activos y pasivos, el marco general del hecho a relatarse. De pronto el periodismo se encontró a la altura de la literatura más exigente y demandante, la literatura más profunda y realista.

Y es que, como dice Kapuściński, la realidad es más excitante y recóndita que la ficción. El periodista, para quien el cinismo no puede formar parte de su espectro de emociones, busca trasladar su visión cosmogónica en un escrito que recoja impresiones, pensamientos, reflexiones y sentimientos. Un escrito que perdure, que sea producto de la observación, del estar, ver, oír, compartir y pensar.

Por ello el periodismo narrativo se vale de lo escrito para ser material trascendental en potencia. El periodista, el que convive con la gente y sufre sus desavenencias, es sólo libre una vez que plasma en el papel la sabiduría que ha recolectado en el camino. Porque sí: el periodista es sabio, el periodista se reinventa día a día, el periodista aprende lecciones nuevas cada vez. El periodista comprende (o debe comprender, en teoría) el mundo mejor que nadie: es su intérprete y actor.

Para un hombre como René Avilés Fabila, para quien el periodismo se ha convertido en el oficio de toda una vida, la narración es el único campo de expresión posible. Al compartir experiencias en una conferencia con alumnos de Periodismo de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Querétaro, por ejemplo, es divertido y ácido a la vez. Habla del ambiente periodístico en México, de la realidad detrás del tiraje en los periódicos, de las presiones de la publicidad y la libertad de expresión (tema que, a últimas fechas, se ha puesto en boga), de los personajes que configuraron el periodismo cultural en México: desde Poniatowska hasta Vicente Leñero, de la princesa Monsiváis al indiscreto Dehesa; Avilés Fabila conoce su medio y lo desmenuza con irreverencia y conocimiento de causa, lo que se agradece en un hombre de su experiencia y talante.

Pero, además, es realista cuando dice que el periodismo fresco y dinámico es difícil en una era en que la información es un negocio. Sin embargo, defiende la profesión como representante digno de ella que es. Y esa es la mejor lección de periodismo que puede darse.

Los cínicos no sirven para este oficio

Dice John Berger, casi al final de Los cínicos no sirven para este oficio, que Ryszard Kapuściński es uno de los hombres que mejor conocen el mundo que habitan. Berger, escritor y crítico de arte, no escatima en la aserción que –dada su condición y tratándose de él—es un halago de gran calibre. Pero tiene razón: Kapuściński se ha convertido en el estandarte en cuanto a periodismo de investigación se refiere. Polaco de nacimiento, es además un escrutador de la realidad autónomo, libre, consciente, realista y, sobre todo, noble. Noble en cuanto que ha luchado porque el periodismo siempre sea un ejercicio por el bien común, en pos de una causa definida. Y por ello no es gratuito cuando afirma, al inicio del libro, que un cínico no puede ser noble, no puede ser periodista.

El libro se divide principalmente en tres partes. Una se compone de las notas introductorias de Maria Nadotti, periodista italiana, que ilustran ese vasto mundo del que Kapuściński se ocupa. Lo describe en sus contrastes, en su filosofía, en sus afirmaciones siempre cargadas de sabiduría, conocimiento de causa y agudeza social. Esta primera parte introduce al lector al mundo del periodista polaco: lo sitúa en un contexto histórico. Una conferencia de jóvenes aspirantes a periodistas también es una oportunidad para ser cómplices de los consejos del veterano periodista, que desde 1956 fue corresponsal de guerra. Hay en sus palabras una reflexión poderosa y sopesada, que no puede ser ignorada ni pasada de larga. Una reflexión de quien ha vivido en las trincheras del periodismo (el único lugar posible para su ejercicio) durante décadas.

La parte intermedia del libro es la entrevista hecha por Andrea Semplici al periodista. El tema central es la situación del postcolonialismo africano, tema que Kapuściński domina con rigor. Este apartado es interesante y revelador en el sentido de que esclarece una realidad cruda e ignorada: la del continente negro. A instancias del olvido mundial por dicho continente, Ryszard Kapuściński se muestra contundente con los datos históricos de naciones que apenas hace unos años alcanzaron su independencia: Ghana, Sierra Leona, Somalia, África del Sur. Y es verdaderamente importante su conclusión respecto a la figura decisiva que significó Mandela para el continente. También una lección invaluable: la del periodista como traductor del mundo, como un visitante que a todo momento debe permanecer oculto y rezagado en la enorme impoderabilia de que puede construirse el periodismo. Un europeo de clase B, dicen de los polacos, malintencionadamente. Pero en Kapuściński es un prejuicio insostenible: un ciudadano de clase A que busca un mundo de clase A.


*Escrito a principios de 2007, antes del fallecimiento de Kapuściński

Días de Furia

No es coincidental el hecho de que el subtítulo de Días de Furia, de Marco Lara Klahr, sea “Memorial de violencia, crimen e intolerancia”. Sobre todo porque en el libro –una compilación de reportajes minuciosamente construidos entre 1980 y 2002– se da cuenta de la condición humana en su presentación más cruda: Lara Klahr, periodista de El Universal y El Financiero, convive con violadores, narcotraficantes, asesinos, guerrilleros, comerciantes de fe y altos mandos de la cúpula política sin abandonar jamás su compromiso social de hacer periodismo. Un periodismo desafiante, autónomo y de denuncia, que no por ello es menos vívido o literario, menos escalofriante.

Sí, escalofriante puesto que la rápida revisión de los textos arroja imágenes insoportables de la realidad mexicana. Un país violento, intenso, contradictorio y en perenne embate con sus enfermedades, vicios y hostilidades. En México existe el tráfico clandestino de sangre; el lavado de dinero a gran escala; las sectas religiosas y subyugantes; las cárceles atestadas de pedófilos, suicidas, ladrones y homicidas, que esporádicamente incurren en botines acuáticos. Que, en fin, México está surcado por el conflicto y solamente resultaría ingenuo, cuando no contraproducente, cerrar los ojos y negar las llagas abiertas de su problemática.

El mérito de Marco Lara Klahr, y aún del libro, es el de presentar los hechos desnudos, objetivos; ofrecer una perspectiva que aún hoy –a ciertos años de distancia– parece tanto más realista e inmediata en tanto que el paso del tiempo no hace sino evidenciar lo que sólo un periodista como Lara Klahr pudo anticipar y exhibir en su momento. Es decir, personajes y figuras políticas desmenuzadas en sus páginas son aún “material periodístico” de la más alta factura y aún hoy modifican y transforman el destino de México como actores sociales que son.

La virtud de una obra periodística no es encapsular la novedad y reducirla en sus propios límites de caducidad e interés público. La virtud es lograr interpretar una realidad ineludible y asentar sus características de modo que aún años después resulten insoslayables, irrevocables; esto es lo que hace Lara Klahr en Días de Furia.

Pero además de la conciencia social que impone e ilustra, el autor es vehemente y hábil con su pluma. Recrea atmósferas, construye personajes, sitúa hechos exactos en lugares y tiempo que pueden ser fácilmente identificados por el lector. Sólo baste citar la prodigiosa entrevista, en plena selva lacandona, a un subcomandante Marcos rebosante de confianza y misticismo. La precisión con que Marco Lara Klahr delimita el momento, la delicadeza en los detalles, la contundencia de sus afirmaciones… eso es lo que hace a un buen periodista.

También lo hace el hecho de que exhiba una sociedad consumida por la fe ciega e ignorante, el afán inverosímil de consumismo, el analfabetismo, el tráfico ilegal de bienes, drogas, armas. Qué mejor radiografía del México contemporáneo que la presentada por Klahr… y que sólo pudo ser conocida como el memorial de violencia, crimen e intolerancia.

martes 4 de septiembre de 2007

El jazz, un estilo de vida. Entrevista con Alfonso López

“El jazz es una fuente inagotable de placer, de información y de riqueza. Cuando el jazz entra en tu sangre, es muy difícil que lo abandones”. Así define al género Alfonso López, músico autodidacta apasionado por el jazz, que el 21 de septiembre alternará con la banda Fuxé en un evento patrocinado por el Instituto Queretano de la Cultura y las Artes (IQCA). La cita será en la Escuela de Laudería a las 20:30 horas, donde el recorrido musical irá del jazz rock más radical a la armonía de piezas acústicas pertenecientes al último disco de la banda, titulado “Reptil”.

Fuxé está conformado por Cris van Beuren (guitarra), Omar Vázquez (bajo, contrabajo), Ricardo Pompa (teclados) y David Caspeta (batería). “Lo interesante de Fuxé es que plantean un concepto totalmente original dentro de las propuestas jazzísticas en México. Tienen un estilo muy libre, muy radical y autónomo ya que actualmente no hay grupos a los que les interese tener una voz única, particular. Fuxé tiene la convicción de crear un sonido muy auténtico”, dice Alfonso López, músico con una trayectoria de treinta años dentro del jazz, cuya relación con la banda surgió hace dos años. En 2005, el IQCA organizó un evento para niños donde estuvo Mitote Jazz, en el que conoció a David Caspeta y a Omar Vázquez, integrantes de Fuxé.

“Cris van Beuren -líder de Fuxé- es conocido de Arturo Cipriano, el director de Mitote Jazz, que es un grupo que en el futuro estará insertado no sólo en la historia de México, sino a nivel mundial”. De este último, cuenta que lo conoció a principios de 1980, con su entonces grupo La Nopalera. Después de perder contacto por muchos años, por fin en 1995 se reencontró con él en Quadros Galería Café. “Al día siguiente ya estábamos tocando juntos”, comenta.

Cris van Beuren estudió en el Berklee College of Music en Boston y antes de conformar el proyecto Fuxé, había grabado un disco con el apoyo de radio UAEM, titulado “Sobreviviendo al palomazo”. La relación con Alfonso López surgió en Cuernavaca, de donde es originario van Beuren, precisamente en una reunión con motivo del cumpleaños de Isabel Tercero, compañera sentimental de Arturo Cipriano y también miembro de Mitote Jazz. “Estuvimos tocando más de seis horas juntos y a partir de ahí Cris me invitó a tocar con Fuxé, pero es hasta este año que decidimos darle importancia a la colaboración”.

Los mismos Fuxé definen a su música como un género difícil de categorizar, pues mezclan el funk, rock, drum&bass, jazz, y hasta un poco de ritmos brasileños o latin jazz. El nombre del grupo da cuenta de esta fusión equis cuyo objetivo principal es renovar los ritmos del jazz en México. Para Alfonso López, esta cualidad resulta aún más encomiable puesto que todos los integrantes “no llegan ni a los treinta años” y es que, según él, “es difícil hacer grupos porque no todos quieren jalar a una propuesta diferente”. En el recital que se dará en la Escuela de Laudería mezclarán los sonidos de Fuxé con las percusiones de Alfonso López: yembé y bongós, por ejemplo. Sin un esquema de ensayo, los músicos tocarán con un estilo libre aunque estructurado, guiados principalmente por el oído. El mismo Alfonso López cuenta que se ha estado aprendiendo las canciones de Fuxé solamente escuchándolas y guiándose por la intuición para saber dónde introducir los ritmos de las percusiones.

“Yo he tocado con la filarmónica, pero era un latin jazz más cubanizado. La verdad es que estoy harto de que el jazz latino sea siempre referente a Cuba, porque crea círculos viciosos y al final los sonidos son bailables, inspirados en sones, pero de ahí no salen.”

Alfonso López se considera investigador de la música, del jazz, de la literatura y del arte en general. Tiene una trayectoria desde 1980, cuando colabora en radio en el Instituto Tecnológico de Celaya, donde estudió la carrera de Administración de Empresas y que es el campo en el que se desenvuelve de manera profesional. Sin embargo, la música es su verdadera pasión: “El jazz exige mucho como escuchante porque abarca todo tipo de música. En realidad es una palabra, pero el contexto es muy grande. Conecta todas las artes que hay en toda clase de lugares, desde Azerbaiyán, Cuba, África, EUA, Canadá o Japón hasta México. Se trata de un fenómeno social que es la representación del momento histórico que vivimos. También se manifiesta en el cine, en la literatura, en los discursos filosóficos. Pero la verdad, ¿realmente nosotros entendemos el jazz? ¿Le damos algún significado? Porque es un hecho innegable que no somos negros, ni vivimos en EUA y no estamos en la época en que nació como un método de rebelión. Apenas le damos una identificación, porque los que saben de él son los propios músicos”.

“El jazz surge como respuesta a la esclavitud. Existe incluso una teoría según la cual el jazz nace en México, a partir de todos los territorios mexicanos que pasaron a formar parte de Estados Unidos. Sin embargo, los gringos prefieren la otra teoría, más aceptada, de que surgió en Nueva Orleáns. Lo interesante es que el jazz ha trascendido sus fronteras: existe en Vietnam, en la India, en España y en prácticamente cualquier parte”.

Y es cierto, en su caso, que el jazz ha ocupado gran parte de su vida. La banda de Alfonso López, Ecotopía, nace con un ex-mitotero, Antonio de la Vega. “La idea del grupo surge a partir de la creación espontánea, se trata de tocar las piezas de manera improvisada, en un estilo libre. Pero lo más importante es explotar el instrumento”.

La suya es una historia siempre dedicada al jazz. Relata que el gusto por la música nació desde que era un niño, aunque desde entonces discriminaba a la que era “groseramente comercial”. Primero, su gusto se inclinaba por el rock europeo, hasta que después comenzó a conocer al jazz y primero investigó en libros, en revistas, en la literatura misma. Cuando, a los diecinueve años, le ofrecieron tener un espacio en Radio Tecnológico, decidió hacer un programa dedicado enteramente al jazz. Actualmente, dice no hacer radio porque “te arriesgas demasiado puesto que, en la radio cultural, no se te paga y existen las necesidades obvias. Por otro lado, en la radio hay un problema muy grande: hay mucha opinión no fundamentada y muy poca información. No existe objetividad sino calificativos que no te dicen nada sobre los géneros ni los músicos. En Querétaro, sin embargo, existe un programa bastante bueno en Radio Universidad que es Jazzmanía, con David Balderas Puga”. Alfonso también pondera sus experiencias al lado de músicos como Germán Bringas, quien según Alfonso López, “hace un jazz muy radical, con Luis Zepeda, con Fernando Toussaint, con Raúl Gutiérrez Villanueva (músico chileno) y con el mismo Arturo Cipriano, principalmente tocando con ellos en festivales como el del Centro Histórico del Distrito Federal, en giras por Michoacán, Guanajuato y otros estados de la república.

Ello lo ha llevado a expandir sus proyectos. “El año pasado conocí a Luc Delannoy, un doctor en filosofía belga, autor de libros como ¡Caliente! Una historia del jazz latino (FCE, 2001), que me invitó a ofrecer un curso dentro del proyecto llamado Neurociencias y Neuroartes. En él se intenta demostrar científicamente que la música es necesaria para la supervivencia de la humanidad. Se dividirá en tres áreas: la Neuroestética, la Neuromusicología y la Neurofilosofía”. Alfonso está encargado del módulo al que tituló El coraje creativo, que empieza con la siguiente sentencia: “El jazz está muerto”. ¿Por qué la sentencia? Según Alfonso López, “falta un compromiso tanto de los músicos como de los escuchas. En la sociedad, más que ingenieros, contadores, arquitectos... hace falta más gente dedicada al arte”. Pese a todo, está convencido de que la presentación el próximo 21 de septiembre tendrá una respuesta satisfactoria en la sociedad queretana. “Sí hay un público de jazz en esta ciudad, porque es muy receptivo, sólo que está disperso. Creo que debe haber una labor intensa para lograr un reconocimiento del género. Sería importante, por ejemplo, crear un Instituto dedicado enteramente al jazz: difundirlo, promoverlo, crear festivales, publicaciones, financiar discos...”. La historia de Alfonso López, sin duda, está consagrada al jazz.

viernes 31 de agosto de 2007

Los hermanos también aman

Decir que el incesto es una transgresión moral es caer en un lugar común. Y, sin embargo, cuánto hay de cierto en esta afirmación. El arte ha explorado el tema con tal singularidad y fascinación que de pronto nos parece tan trágico como romántico y tan erótico como repugnante. En The Dreamers (Francia, 2003), Bernardo Bertolucci –maestro del erotismo cinematográfico– dirige la parábola de un amor enrarecido y poco ordinario. Isabelle y Theo son dos hermanos gemelos que han crecido en un mundo aparte, construido sobre la inocencia de lo que existe afuera y no conocen, sustentado en la perversidad erótica del juego que crece en intensidad y peligro. El amor que no se llama así, que no puede reconocerse ni perpetuarse.

Y es por el incesto que dos escritores mexicanos convergen en una ruta poco transitada y hasta temida. Uno, decoroso y ambiguo. El otro, discreto en la lenta pero aviesa explosión. Carlos Fuentes (México, 1928), en algún momento de su cuento Un Alma Pura, dice a través de su protagonista “no necesitábamos decir que lo mejor del mundo era caminar juntos de noche, tomados de la mano, sin decir palabra, comunicándonos en silencio esa cifra, ese enigma que jamás, entre tú y yo, fue motivo de una burla o de una pedantería”. En el viaje que la llevará de regreso a México desde Suiza y con el cadáver de su hermano como peculiar equipaje, Claudia compone con sus pensamientos la historia separada, trágica y volátil del amor que desde siempre la ha unido a Juan Luis –el hermano de sangre, piel y destino. Fuentes no escatima en referencias, guiños y coordenadas. Planea seducir con el cuadro inamovible de una historia que, en ese contexto, sólo ha podido suceder una vez y en un momento. Porque Claudia y Juan Luis son individuales como su historia. Porque no es el incesto el que permea en la circunstancia sino la circunstancia la que se impone a esta particularidad. Que su amor sea incestuoso es una certeza que ni siquiera ellos pueden comprender del todo y aunque la intuyen, lo demás (el ambiente, la vida, el año y el presente que para Fuentes es todo lo que existe y sin cuyos límites no existen historias ni corazones rotos) es lo visible, lo tangible, lo que se puede comprobar. Fuentes confiesa el tabú con sólo sugerirlo. El incesto es una sombra que recorre un cuento escrito con la plena conciencia de que las historias suceden sin motivos ni trascendencias, que se ubican en un momento preciso y del cual no pueden escapar. Fuentes parece (o finge, más bien) no comprender que el tema que ha elegido para engatusar a sus personajes es universal e inherente a la condición humana, que no puede conceptualizarlo como una cualidad más, como un adorno cualquiera –aunque complejísimo–.

En Juan García Ponce (Mérida, Yucatán; 1932) el incesto, aunque sugestivo, es mucho más abierto y sensual. El marco del cuento Imagen Primera es discreto y recatado: los límites son aquellos que surcan una casa familiar y fuera de ella sólo suceden actos aislados que no parecen compararse en intensidad con los pequeños detalles que el entorno familiar aparta. Inés y Fernando son dos hermanos que, primero juntos y luego separados, crecen sin más idea que la presente y visible. Tampoco saben que entre ellos ocurre un fenómeno distinto al amor fraternal pero cercano, en cambio, al pasional y erótico. García Ponce no es cosmopolita como Fuentes (no lo es, al menos, en esta historia en particular) y por ello su relato es más universal y a ratos más íntimo y sencillo. No hay ni siquiera transgresiones al lenguaje ni a la cronología ni al orden ni a la literatura. Sólo hay descripciones concisas, diálogos, rectitud. Pero entre las palabras, en apariencia inocentes, se esconden la provocación y las miradas furtivas, el erotismo y los deseos reprimidos. Cuando, cercano el final, García Ponce confiesa que “Inés sintió su mano abandonar la suya y subir por su brazo para abrazarla por completo, y cerró los ojos para esperar la boca que respiraba apenas contra su mejilla…”, el lector sabe ya de antemano que no puede haber nada terrible entre un hombre y una mujer que se unen por el amor. Y que el amor no puede ser transgresor.

¿Por qué, si el tema es tan antiguo como las tragedias griegas, ambos escritores mexicanos fueron vistos como auténticos infractores de la tradición literaria del México de mitad de siglo? La respuesta no se encuentra en ellos como escritores, sino en la fractura entre las corrientes literarias. Los contemporáneos fueron vanguardistas, todos ellos. Y la vanguardia implica, a menudo, contravención.

Pero de regreso a los hermanos franceses, cuando Isabelle le dice a Theo que lo ama y que es para siempre, Theo no comprende al principio a qué se refiere ella con lo último. Porque la ama también y no puede concebir que no sea para siempre. “Dicen que somos monstruos, fenómenos” dice él, contrariado. “Pero es para siempre”, insiste su hermana. Porque un amor así, nos dicen Fuentes y García Ponce, no puede ser monstruoso. No puede ser irreal…